/ lunes 1 de junio de 2020

Al Bat | Ricos pasajes de beisbol

Hoy le voy a contras tres formidables historias.

Son capítulos históricos de hechos y personajes que seguramente muy bien recordará en el tiempo.

Mire usted:

En 1974 sucedió algo más que sensacional: Hank Aaron empató y rompió lo que parecía una eterna marca de Babe Ruth: sus 714 jonrones, siguiendo de largo hasta terminar con 755, cifra que fue récord de su tiempo.

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La proeza llegó cuatro días después de empatar los 714.

Era 8 de abril cuando a las 21.07 llegó el histórico jonrón 715 ante una audiencia nacional que seguía sus pasos por televisión y un lleno completo en el estadio de Atlanta.

Al Downing, dodger zurdo, fue víctima del trallazo.

Aaron había terminado la campaña del 73 con 713 vuelacercas, de modo tal que la mesa estaba más que servida para darse el suculento platillo que lo mandaría a la posteridad.

Hank Aaron había llegado en 1954 a los entonces Bravos de Milwaukee, siete años después de que Jackie Robinson rompiera la barrera de color en Ligas Mayores.

Traía una excelente reputación como bateador y en efecto, no quedó mal: al finalizar su carrera de 23 años (del 54 al 76) pegó 3,771 hits, 624 dobles, 98 triples, 755 jonrones y robaría más de 200 bases.

Todavía en el año de su retiro se dio el lujo de conectar 40 cuadrangulares.

Curiosamente, usted lo recuerda bien, no era un hombre excepcionalmente de notable musculatura, alto y fuerte. Incluso nunca pegó más de 50 jonrones en una campaña, truco que Babe Ruth sí hizo en cuatro distintas temporadas.

Más bien, Aaron aprendió una envidiable técnica de bateo -con un swing de alto nivel-, manteniendo una constante de 30 y 45 vuelacercas por año, además de una durabilidad a toda prueba.

Debo recordarle que Barry Bonds posee el récord de más jonrones de por vida en la Gran Carpa (762), así como el de la mayor cantidad en una temporada (73), hecho sucedido en el 2001 cuando rompió la marca de 70 de Mark McGwire impuesta en 1998.

La pelota viva

Aquí la otra historia; espero se ubique en el eterno tiempo:

En efecto, hubo una vez una “pelota viva” que sorprendió al mundo del beisbol por los récords ofensivos que se implantaron.

Cuando en 1930 una terrible crisis económica afectó a los Estados Unidos de Norteamérica, la gente buscaba un escape a tan grave depresión y precisamente encontró en los parques de beisbol de la Liga Nacional un excelente refugio para olvidar las penas y angustias de tal situación.

Incluso, recordará, grave crisis provocaría multitud de suicidios con gente, por ejemplo, tirándose de los edificios más altos de las principales ciudades del vecino país del norte.

Fue así que en ese año 5.5 millones de aficionados pagaron boleto para entrar a los estadios -medio millón más que un año antes-, estableciendo una nueva marca de asistencia para el beisbol de aquella época.

Tan sólo los Cachorros de Chicago metieron al estadio 1,463, 264 fanáticos para sentar también nueva marca en su propio parque de pelota.

Y claro que hubo un favor decisivo para que la Liga Nacional escapara de tan grave crisis: los propietarios de los equipos explotaron el interés y entusiasmo de la fanaticada decidiendo darle “más vida” que nunca antes a la pelota, fabricándola con un mejor material.

Los resultados no se hicieron esperar.

Nuevos récords aparecieron en el firmamento: seis clubes: Gigantes, Filis, Cardenales, Cachorros, Dodgers y Piratas lograron cada uno porcentajes de bateo por equipo sobre los .300. (En 1968 sólo seis peloteros batearon .300 o más).

En total la LN logró ese año average colectivo de .303.

Y mientras que Gigantes logró el mejor porcentaje ofensivo de .319, el equipo colero, Filadelfia, ¡.315 y 7.7 carreras por juego!

Esa temporada Hack Wilson sorprendió con 56 jonrones (récord vigente en la LN) y 191 producidas (marca vigente en las Ligas Mayores).

Debo destacar que en la temporada siguiente -1931- ese registro se vio amenazado por las 184 de Lou Gehrig, de los NYY.

Por segundo año consecutivo, Wilson, Kiki Cuyler y Riggs Sthepenson, batearon sobre .350.

En el caso de Wilson, le diré: fue un tipo chaparrón, musculoso y de gran capacidad para batear, hacer amigos... y beber.

Podía batear a prodigiosas distancias y jugaba con tal entrega y entusiasmo que era un tremendo favorito de la fanaticada.

Empero, no siempre iba en buenas condiciones para jugar.

Por ello, debido a su alcoholismo, sólo jugó 12 temporadas.

Bueno, también en esa inolvidable campaña de “depresión”, el segunda base de los Gigantes, Bill Terry terminaría con un súper .401, seguido de Babe Hermann, de Brooklyn, con .393 y los Filis Chuck Klein y Lefty O´Doul, con .386 y .383, respectivamente.

Fueron once peloteros los que terminaron sobre los .350 y 17 más empujaron 100 o más carreras.

Ponchadores de alcurnia

Vea usted:

Primero fue Rube Wadell, quien en 1904 abanicó a 343.

Luego llegó Bob Feller, quien en 1946, lograría 348.

Más tarde, en 1965, apareció en el firmamento Sandy Koufax para imponer una nueva marca: 382.

Pero la historia no iba a terminar ahí:

En 1973, Nolan Ryan sorprendió al mundo con 383.

Y, desde entonces, es el récord vigente.

El texano en esa campaña fascinaba con su velocidad de 100.9 millas por hora, sólo comparable a la de Bob Feller (98.6).

Formidable.

PD: Dos aspectos de interés: le adelanto que nuestro compañero Julio Maquinay Díaz ya trabaja sobre el tema/historia de los Ostioneros de Guaymas; en tanto el también amigo colega Luis Carlos Joffroy Núñez ya tiene a disposición su nuevo espacio en FB Recta Cortada, de modo que excelente y felicidades.

Hoy le voy a contras tres formidables historias.

Son capítulos históricos de hechos y personajes que seguramente muy bien recordará en el tiempo.

Mire usted:

En 1974 sucedió algo más que sensacional: Hank Aaron empató y rompió lo que parecía una eterna marca de Babe Ruth: sus 714 jonrones, siguiendo de largo hasta terminar con 755, cifra que fue récord de su tiempo.

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La proeza llegó cuatro días después de empatar los 714.

Era 8 de abril cuando a las 21.07 llegó el histórico jonrón 715 ante una audiencia nacional que seguía sus pasos por televisión y un lleno completo en el estadio de Atlanta.

Al Downing, dodger zurdo, fue víctima del trallazo.

Aaron había terminado la campaña del 73 con 713 vuelacercas, de modo tal que la mesa estaba más que servida para darse el suculento platillo que lo mandaría a la posteridad.

Hank Aaron había llegado en 1954 a los entonces Bravos de Milwaukee, siete años después de que Jackie Robinson rompiera la barrera de color en Ligas Mayores.

Traía una excelente reputación como bateador y en efecto, no quedó mal: al finalizar su carrera de 23 años (del 54 al 76) pegó 3,771 hits, 624 dobles, 98 triples, 755 jonrones y robaría más de 200 bases.

Todavía en el año de su retiro se dio el lujo de conectar 40 cuadrangulares.

Curiosamente, usted lo recuerda bien, no era un hombre excepcionalmente de notable musculatura, alto y fuerte. Incluso nunca pegó más de 50 jonrones en una campaña, truco que Babe Ruth sí hizo en cuatro distintas temporadas.

Más bien, Aaron aprendió una envidiable técnica de bateo -con un swing de alto nivel-, manteniendo una constante de 30 y 45 vuelacercas por año, además de una durabilidad a toda prueba.

Debo recordarle que Barry Bonds posee el récord de más jonrones de por vida en la Gran Carpa (762), así como el de la mayor cantidad en una temporada (73), hecho sucedido en el 2001 cuando rompió la marca de 70 de Mark McGwire impuesta en 1998.

La pelota viva

Aquí la otra historia; espero se ubique en el eterno tiempo:

En efecto, hubo una vez una “pelota viva” que sorprendió al mundo del beisbol por los récords ofensivos que se implantaron.

Cuando en 1930 una terrible crisis económica afectó a los Estados Unidos de Norteamérica, la gente buscaba un escape a tan grave depresión y precisamente encontró en los parques de beisbol de la Liga Nacional un excelente refugio para olvidar las penas y angustias de tal situación.

Incluso, recordará, grave crisis provocaría multitud de suicidios con gente, por ejemplo, tirándose de los edificios más altos de las principales ciudades del vecino país del norte.

Fue así que en ese año 5.5 millones de aficionados pagaron boleto para entrar a los estadios -medio millón más que un año antes-, estableciendo una nueva marca de asistencia para el beisbol de aquella época.

Tan sólo los Cachorros de Chicago metieron al estadio 1,463, 264 fanáticos para sentar también nueva marca en su propio parque de pelota.

Y claro que hubo un favor decisivo para que la Liga Nacional escapara de tan grave crisis: los propietarios de los equipos explotaron el interés y entusiasmo de la fanaticada decidiendo darle “más vida” que nunca antes a la pelota, fabricándola con un mejor material.

Los resultados no se hicieron esperar.

Nuevos récords aparecieron en el firmamento: seis clubes: Gigantes, Filis, Cardenales, Cachorros, Dodgers y Piratas lograron cada uno porcentajes de bateo por equipo sobre los .300. (En 1968 sólo seis peloteros batearon .300 o más).

En total la LN logró ese año average colectivo de .303.

Y mientras que Gigantes logró el mejor porcentaje ofensivo de .319, el equipo colero, Filadelfia, ¡.315 y 7.7 carreras por juego!

Esa temporada Hack Wilson sorprendió con 56 jonrones (récord vigente en la LN) y 191 producidas (marca vigente en las Ligas Mayores).

Debo destacar que en la temporada siguiente -1931- ese registro se vio amenazado por las 184 de Lou Gehrig, de los NYY.

Por segundo año consecutivo, Wilson, Kiki Cuyler y Riggs Sthepenson, batearon sobre .350.

En el caso de Wilson, le diré: fue un tipo chaparrón, musculoso y de gran capacidad para batear, hacer amigos... y beber.

Podía batear a prodigiosas distancias y jugaba con tal entrega y entusiasmo que era un tremendo favorito de la fanaticada.

Empero, no siempre iba en buenas condiciones para jugar.

Por ello, debido a su alcoholismo, sólo jugó 12 temporadas.

Bueno, también en esa inolvidable campaña de “depresión”, el segunda base de los Gigantes, Bill Terry terminaría con un súper .401, seguido de Babe Hermann, de Brooklyn, con .393 y los Filis Chuck Klein y Lefty O´Doul, con .386 y .383, respectivamente.

Fueron once peloteros los que terminaron sobre los .350 y 17 más empujaron 100 o más carreras.

Ponchadores de alcurnia

Vea usted:

Primero fue Rube Wadell, quien en 1904 abanicó a 343.

Luego llegó Bob Feller, quien en 1946, lograría 348.

Más tarde, en 1965, apareció en el firmamento Sandy Koufax para imponer una nueva marca: 382.

Pero la historia no iba a terminar ahí:

En 1973, Nolan Ryan sorprendió al mundo con 383.

Y, desde entonces, es el récord vigente.

El texano en esa campaña fascinaba con su velocidad de 100.9 millas por hora, sólo comparable a la de Bob Feller (98.6).

Formidable.

PD: Dos aspectos de interés: le adelanto que nuestro compañero Julio Maquinay Díaz ya trabaja sobre el tema/historia de los Ostioneros de Guaymas; en tanto el también amigo colega Luis Carlos Joffroy Núñez ya tiene a disposición su nuevo espacio en FB Recta Cortada, de modo que excelente y felicidades.

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