/ miércoles 30 de octubre de 2019

Andanzas | Nueve años que parecen eternos

Quienes tuvieron la dicha de conocerlo, tienen el mejor recuerdo de él. Un hombre alegre, bailador, bromista, íntegro, honesto, temperamental, pero amoroso con los suyos. Así era mi padre, el “Doño” o Jorge, su nombre de pila, como le decíamos muchas veces mis hermanas, mi hermano y yo.

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Hace nueve años que su cuerpo dejó de sufrir el dolor físico y su mente la angustia que toda persona que enfrenta una enfermedad tan terrible como el cáncer puede conocer. Dedico a mi padre esta colaboración, en memoria del gran ser humano que fue, el ser más incondicional y sensible que he conocido.

Le gustaba mucho leer los periódicos, incluyendo la sección editorial, igual como disfruta de ese hábito mi madre, a quien siempre trató con respeto, con amor. Claro que discutían como cualquier matrimonio, pero nos enseñaron que hasta de las peores crisis se puede salir, cuando hay apoyo mutuo.

Era común que mientras tomaban café, hablaban de lo que se enteraban por la prensa o por los noticieros de radio y televisión. A veces coincidían, otras no tanto. Mi madre siempre ha sido una férrea lectora, no sólo de noticias, sino de literatura variada, todo que alimentaba más sus charlas.

Creo que quizá por eso mi “Doño” se sentía orgulloso de cuando me publicaban notas, entrevistas o reportajes en mis tiempos de reportera a mediados de los noventa y desde donde se encuentra ahora, seguramente sonríe o se molesta por alguna de mis opiniones en esta columna o en las oportunidades que he tenido de participar en programas de opinión en televisión y en radio.

Siempre nos motivó a mis hermanas, mi hermano y a mí en los momentos críticos para no caer o para aprender a levantarnos, exaltando las cualidades que veía en cada quien. Cuando se trató de celebrar triunfos personales, siempre estuvo a nuestro lado.

En nuestra infancia y adolescencia, cuando vivíamos en Querétaro, hicimos un sinnúmero de largos viajes a Sonora. De esa forma fomentaron en nosotros el amor por la familia paterna y materna, la cercanía con los abuelos, tíos, tías, primos. Y era una forma de reforzar también el amor por las raíces, por la tierra sonorense.

Mi padre amaba manejar, sobre todo en carretera. Y cuando íbamos de Querétaro a Guaymas buscábamos la forma de matar el aburrimiento de las horas, reíamos, peleábamos, cantábamos, en ocasiones hasta contábamos carros según su modelo o color. Veníamos siempre con la ilusión que puede tener una niña o un niño que también tiene el gusto por la aventura.

Junto a mi madre, también nos inculcaron el valor de la amistad. Hay gratos recuerdos de la convivencia con sus grupos de amigos y sus familias, que siempre tuvieron un trato amable con nosotros, en correspondencia a la lealtad que él y mi madre mostraron para con ellos.

En su etapa de abuelo, fue el más consentidor. Hizo lo que estuvo en sus manos por apoyar a sus nietas y nietos, por ayudarles a tener una infancia feliz. Procuró estar cerca de ellos.

Durante su último año de vida nos dio el mayor ejemplo de fortaleza y de amor a la vida que un padre le puede dar a sus hijos. Nunca se rindió. Cuanto tratamiento le ofrecían para el cáncer, a todo se sometió, porque incluso ya había hecho planes de a dónde quería viajar una vez recuperado.

Ya no alcanzó a realizar ese sueño, pero seguro está con la satisfacción de haber vivido a plenitud. Un abrazo hasta el cielo el 3 de noviembre, en el noveno aniversario de tu partida.

Hasta el próximo miércoles.


Quienes tuvieron la dicha de conocerlo, tienen el mejor recuerdo de él. Un hombre alegre, bailador, bromista, íntegro, honesto, temperamental, pero amoroso con los suyos. Así era mi padre, el “Doño” o Jorge, su nombre de pila, como le decíamos muchas veces mis hermanas, mi hermano y yo.

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Hace nueve años que su cuerpo dejó de sufrir el dolor físico y su mente la angustia que toda persona que enfrenta una enfermedad tan terrible como el cáncer puede conocer. Dedico a mi padre esta colaboración, en memoria del gran ser humano que fue, el ser más incondicional y sensible que he conocido.

Le gustaba mucho leer los periódicos, incluyendo la sección editorial, igual como disfruta de ese hábito mi madre, a quien siempre trató con respeto, con amor. Claro que discutían como cualquier matrimonio, pero nos enseñaron que hasta de las peores crisis se puede salir, cuando hay apoyo mutuo.

Era común que mientras tomaban café, hablaban de lo que se enteraban por la prensa o por los noticieros de radio y televisión. A veces coincidían, otras no tanto. Mi madre siempre ha sido una férrea lectora, no sólo de noticias, sino de literatura variada, todo que alimentaba más sus charlas.

Creo que quizá por eso mi “Doño” se sentía orgulloso de cuando me publicaban notas, entrevistas o reportajes en mis tiempos de reportera a mediados de los noventa y desde donde se encuentra ahora, seguramente sonríe o se molesta por alguna de mis opiniones en esta columna o en las oportunidades que he tenido de participar en programas de opinión en televisión y en radio.

Siempre nos motivó a mis hermanas, mi hermano y a mí en los momentos críticos para no caer o para aprender a levantarnos, exaltando las cualidades que veía en cada quien. Cuando se trató de celebrar triunfos personales, siempre estuvo a nuestro lado.

En nuestra infancia y adolescencia, cuando vivíamos en Querétaro, hicimos un sinnúmero de largos viajes a Sonora. De esa forma fomentaron en nosotros el amor por la familia paterna y materna, la cercanía con los abuelos, tíos, tías, primos. Y era una forma de reforzar también el amor por las raíces, por la tierra sonorense.

Mi padre amaba manejar, sobre todo en carretera. Y cuando íbamos de Querétaro a Guaymas buscábamos la forma de matar el aburrimiento de las horas, reíamos, peleábamos, cantábamos, en ocasiones hasta contábamos carros según su modelo o color. Veníamos siempre con la ilusión que puede tener una niña o un niño que también tiene el gusto por la aventura.

Junto a mi madre, también nos inculcaron el valor de la amistad. Hay gratos recuerdos de la convivencia con sus grupos de amigos y sus familias, que siempre tuvieron un trato amable con nosotros, en correspondencia a la lealtad que él y mi madre mostraron para con ellos.

En su etapa de abuelo, fue el más consentidor. Hizo lo que estuvo en sus manos por apoyar a sus nietas y nietos, por ayudarles a tener una infancia feliz. Procuró estar cerca de ellos.

Durante su último año de vida nos dio el mayor ejemplo de fortaleza y de amor a la vida que un padre le puede dar a sus hijos. Nunca se rindió. Cuanto tratamiento le ofrecían para el cáncer, a todo se sometió, porque incluso ya había hecho planes de a dónde quería viajar una vez recuperado.

Ya no alcanzó a realizar ese sueño, pero seguro está con la satisfacción de haber vivido a plenitud. Un abrazo hasta el cielo el 3 de noviembre, en el noveno aniversario de tu partida.

Hasta el próximo miércoles.


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