/ lunes 14 de septiembre de 2020

Casa de las ideas | Alta traición gremial

Los arquitectos como un espejo virtual en el acontecer en la vida urbana de esta ciudad, y de cualquier otra ciudad.

Cuando después de diez años de vivir en la Ciudad de México, mi esposa y yo tomamos la decisión de regresar a vivir en Hermosillo con nuestros dos primeros pequeños hijos, en Sonora existía un solo colegio de arquitectos: El Colegio Sonorense de Arquitectos. Como marco de referencia cronológico, les diré que eso fue en diciembre de 1970. Para ella y para mí esos años vividos en la gran ciudad, atenidos a nuestros propios recursos y alejados de nuestras respectivas familias y amistades, fueron extraordinariamente formativos, en todos sentidos.

Años más tarde y por razones de tipo ético e ideológico, un grupo de aproximadamente 28 arquitectos decidimos separarnos de ese Colegio para fundar otro. Así nació Arquitectos Unidos de Sonora. En este colegio predominaban los arquitectos jóvenes, mientras que en el otro quedaron los de mayor edad, y los que gustaban de mezclar la política con la representación gremial, cosa que a los Arquitectos Unidos nos parecía indebido.

Como simple referencia les diré que en el momento de la separación, en el Colegio Sonorense de Arquitectos permanecieron destacados elementos como Gustavo Aguilar Beltrán (+), Hiram Marcor Mora (+), Daniel Marín Botello (+), Epifanio Morales Salido (+), Enrique Flores López (+), Oswaldo Soto (+), Joaquín Palacios (+), Héctor Oceguera Meza (+), y algunos otros compañeros más.

En el otro colegio, el de nueva formación, nos alineamos otros arquitectos como Vladimiro Samaniego Villasana (+), Víctor M. Vielledent Rosas (+), Mario Rodríguez Tapia, Carlos Armando Félix Castro, Héctor Jiménez Islas, Ernesto Ávila Salazar (+), Horacio Rubio Salcido, Carlos Eduardo Romo Freaner, Gilberto Romero Moreno, Fernando Landgrave Gándara, su servidor Óscar Romo Salazar, y otros colegas más pertenecientes a las nuevas generaciones de arquitectos que surgían.

Recuerdo que durante la primera etapa, la correspondiente al Colegio Sonorense de Arquitectos, la participación del gremio en los asuntos de nuestra ciudad era importante, y con frecuencia éramos consultados por las autoridades de la ciudad, cuando se requería alguna opinión o un dictamen profesional sobre tal o cual tema urbanístico, o la conveniencia de tal o cual obra que planeaba la autoridad municipal. Vale decir que durante muchos años los directores de la Dirección de Ingeniería Municipal (como se denominaba entonces a la que actualmente es la Cidue) fueron exclusivamente arquitectos. Esa situación cambió posteriormente, alternándose en el cargo los arquitectos y los ingenieros.

Durante muchos años cada Colegio siguió su propio camino con resultados diversos. Poco a poco fue haciéndose más y más patente el hecho de que los Colegios de alcance estatal no eran la fórmula más conveniente, por una serie de razones que no considero necesario necesario explicar en este momento. Y también a lo largo del tiempo hubo numerosos e infructuosos intentos de volver a fusionar ambos colegios en cuya membresía predominaban, como es lógico, los arquitectos de Hermosillo.

Hasta que un buen día, vencidas las resistencias que lo habían impedido, se logró la unificación del Colegio Sonorense de Arquitectos con Arquitectos Unidos de Sonora, dando origen al Colegio de Arquitectos de Hermosillo, que permanece hasta la fecha.

Como dije anteriormente, durante los años de separación, ambos Colegios mantuvieron una participación activa en la problemática urbana de nuestra ciudad, opinando frecuentemente sobre asuntos de naturaleza arquitectónica, urbanística, reglamentaria o jurídica, o bien participando en consejos y comisiones especiales formadas para atender cualquier tipo de asunto relacionado con el desarrollo urbano de la ciudad. Los arquitectos de Hermosillo invariablemente fueron parte activa de los mecanismos operativos que paulatinamente transformaron el rostro de la ciudad, y en algunos casos responsables directos de los resultados.

Recuerdo con particular satisfacción el gran proyecto que presentamos al Ayuntamiento de aquel entonces, cuando todavía estaba vigente el Colegio Sonorense de Arquitectos, para la regeneración del corredor urbano de la ciudad, comprendido entre la calle Jesús García al Oriente, hasta la calle Marsella al Poniente, a lo largo del eje Calle del Carmen-Calle Obregón-bulevar Centenario. Un gran proyecto que por desgracia no se logró realizar, a causa de las complicadas circunstancias económicas y políticas que existían en aquella época entre el Gobierno municipal y el estatal. Eran los tiempos en que Alicia Arellano de Pavlovich era la alcaldesa de Hermosillo, y Samuel Ocaña García el gobernador del Estado.

Algunos dirán, viendo la situación en que hoy se encuentra esta ciudad capital, que finalmente la participación de los arquitectos en la marcha de la ciudad no fue del todo afortunada. Puede haber o no justicia en un criterio de esta naturaleza, pero subsiste el hecho de que en alguna medida y de muy diversas maneras los arquitectos hemos tenido bastante que ver, en el pasado y en el presente, con el errático desarrollo urbano de Hermosillo. Entre otros diversos factores determinantes intervienen, desde luego, la mentalidad y la apertura de los diversos personajes que han tenido en sus manos la administración de esta ciudad durante los últimos 45 años. O sea desde Eugenio “Queno” Hernández Bernal (1976-1979) hasta Célida López Cárdenas.

Por cierto, en el trienio del Eugenio Hernández el director de Ingeniería Municipal fue el arquitecto Ernesto Ávila, y actualmente con Célida López, el director general de Cidue es el arquitecto José Carrillo. En el intervalo se han turnado en el cargo arquitectos e ingenieros, y los resultados han sido muy diversos, y fluctúan entre la excelencia y lo deplorable. Ha habido directores con magnífico desempeño, y los ha habido francamente para el olvido. Profesionistas con experiencia y espléndida formación, con criterio sólido y solvencia profesional y moral muchos de ellos, y otros que a su paso dejaron una huella por demás negativa.

De alguna manera los arquitectos hemos cargado con una imagen de profesionistas hasta cierto punto “elitistas”, y en infinidad de casos esa imagen se justifica, pero no siempre ni en todos los casos. Sin embargo, resulta por demás evidente que, de un tiempo a la fecha y por algún extraño motivo, los arquitectos han terminado por abandonar la trinchera gremial de servicio a la comunidad, abriendo un boquete enorme en la participación responsable que todo organismo colegiado debe tener en el planteamiento de las soluciones de los problemas que enfrentan las ciudades y el Estado, en este caso los problemas de planeación urbana, crecimiento, desarrollo de la ciudad, e incidiendo directa o indirectamente en la calidad de vida de sus habitantes.

En mi opinión, al abandonar esta importantísima trinchera los arquitectos hemos cometido un imperdonable acto de traición social. Aunque suene duro esa ha sido, ni más ni menos, la principal y más grande culpa —amén de un vergonzoso pecado de omisión— de los arquitectos de Hermosillo, para limitar el juicio exclusivamente a esta ciudad y no extenderlo injusta e innecesariamente a otras ciudades sonorenses, que pueden o no padecer situaciones similares.

Como arquitecto de la tercera edad, ya entrado en la cuarta, debo señalar con índice de fuego a mis colegas más jóvenes, que han permitido que, para efectos prácticos y relevantes, el Colegio de Arquitectos de Hermosillo se haya convertido en el aparato ineficiente e ineficaz que hoy es, de cara a la comunidad, al alejarse totalmente de los temas urbanos que por razón natural le competen, y privando a la comunidad y a los gobiernos capitalinos de valiosas opiniones y sugerencias que mucho hubieran enriquecido las discusiones que constantemente surgen sobre uno u otro tema.

Casos representativos y ampliamente conocidos, que en su momento provocaron encendidas discusiones hacia el interior de la comunidad hermosillense, y que por lo mismo permanecen latentes y no se olvidan, como los asuntos de la Cruz Gálvez y el Centro Musas, así como las diversas remodelaciones que se han realizado en las calles del centro viejo, y las áreas de esparcimiento más tradicionales de la ciudad como la Plaza Zaragoza, el Jardín Juárez y el Parque Madero. Son ejemplos claros de temas en que la opinión colegiada de los arquitectos hubiera aportado argumentos importantes y visiones valiosas. El injustificable mutismo se convierte así en una culpa vergonzante que debe mortificarnos grandemente a todos los arquitectos. El rescate de edificios históricos, plazas, parques y las modificaciones urbanas, de vialidades y demás temas, brindan una excelente oportunidad para que se originen los consensos tan necesarios, reduciendo al mínimo el brote de conflictos nebulosos que dividen a la sociedad dejando secuelas de odio y rencor.

Los cambios en la dirección del Colegio de Arquitectos de Hermosillo se han sucedido periódicamente, de conformidad con lo que marcan sus estatutos y reglamentos internos, y me causa gran satisfacción poder constatar que las mujeres arquitectas asumen cada vez con mayor frecuencia la presidencia del Colegio, e igualmente ocupan los cargos principales en diversas importantes dependencias de gobierno municipal y estatal.

Sin embargo, y a pesar de ello, la situación en cuanto a la muy escasa presencia de las y los arquitectos en la consulta y la toma de decisiones, permanece inalterable. Mi más ferviente deseo es que los próximos consejos directivos del Colegio de Arquitectos de Hermosillo corrijan el rumbo e impulsen de nuevo el benéfico acercamiento del gremio hacia la sociedad hermosillense y sus administraciones municipales. Existe un fuerte pasivo que los arquitectos debemos solventar a la mayor brevedad posible.

Éstos son tiempos de sumas constructivas y no de restas perniciosas. Es hora de volver a retomar la participación activa del gremio arquitectónico, abandonando la inútil expectación pasiva, el elitismo y el amor por los beneficios económicos, que siendo legítimos, no pueden brindar la satisfacción que brinda el servicio a los demás.



Los arquitectos como un espejo virtual en el acontecer en la vida urbana de esta ciudad, y de cualquier otra ciudad.

Cuando después de diez años de vivir en la Ciudad de México, mi esposa y yo tomamos la decisión de regresar a vivir en Hermosillo con nuestros dos primeros pequeños hijos, en Sonora existía un solo colegio de arquitectos: El Colegio Sonorense de Arquitectos. Como marco de referencia cronológico, les diré que eso fue en diciembre de 1970. Para ella y para mí esos años vividos en la gran ciudad, atenidos a nuestros propios recursos y alejados de nuestras respectivas familias y amistades, fueron extraordinariamente formativos, en todos sentidos.

Años más tarde y por razones de tipo ético e ideológico, un grupo de aproximadamente 28 arquitectos decidimos separarnos de ese Colegio para fundar otro. Así nació Arquitectos Unidos de Sonora. En este colegio predominaban los arquitectos jóvenes, mientras que en el otro quedaron los de mayor edad, y los que gustaban de mezclar la política con la representación gremial, cosa que a los Arquitectos Unidos nos parecía indebido.

Como simple referencia les diré que en el momento de la separación, en el Colegio Sonorense de Arquitectos permanecieron destacados elementos como Gustavo Aguilar Beltrán (+), Hiram Marcor Mora (+), Daniel Marín Botello (+), Epifanio Morales Salido (+), Enrique Flores López (+), Oswaldo Soto (+), Joaquín Palacios (+), Héctor Oceguera Meza (+), y algunos otros compañeros más.

En el otro colegio, el de nueva formación, nos alineamos otros arquitectos como Vladimiro Samaniego Villasana (+), Víctor M. Vielledent Rosas (+), Mario Rodríguez Tapia, Carlos Armando Félix Castro, Héctor Jiménez Islas, Ernesto Ávila Salazar (+), Horacio Rubio Salcido, Carlos Eduardo Romo Freaner, Gilberto Romero Moreno, Fernando Landgrave Gándara, su servidor Óscar Romo Salazar, y otros colegas más pertenecientes a las nuevas generaciones de arquitectos que surgían.

Recuerdo que durante la primera etapa, la correspondiente al Colegio Sonorense de Arquitectos, la participación del gremio en los asuntos de nuestra ciudad era importante, y con frecuencia éramos consultados por las autoridades de la ciudad, cuando se requería alguna opinión o un dictamen profesional sobre tal o cual tema urbanístico, o la conveniencia de tal o cual obra que planeaba la autoridad municipal. Vale decir que durante muchos años los directores de la Dirección de Ingeniería Municipal (como se denominaba entonces a la que actualmente es la Cidue) fueron exclusivamente arquitectos. Esa situación cambió posteriormente, alternándose en el cargo los arquitectos y los ingenieros.

Durante muchos años cada Colegio siguió su propio camino con resultados diversos. Poco a poco fue haciéndose más y más patente el hecho de que los Colegios de alcance estatal no eran la fórmula más conveniente, por una serie de razones que no considero necesario necesario explicar en este momento. Y también a lo largo del tiempo hubo numerosos e infructuosos intentos de volver a fusionar ambos colegios en cuya membresía predominaban, como es lógico, los arquitectos de Hermosillo.

Hasta que un buen día, vencidas las resistencias que lo habían impedido, se logró la unificación del Colegio Sonorense de Arquitectos con Arquitectos Unidos de Sonora, dando origen al Colegio de Arquitectos de Hermosillo, que permanece hasta la fecha.

Como dije anteriormente, durante los años de separación, ambos Colegios mantuvieron una participación activa en la problemática urbana de nuestra ciudad, opinando frecuentemente sobre asuntos de naturaleza arquitectónica, urbanística, reglamentaria o jurídica, o bien participando en consejos y comisiones especiales formadas para atender cualquier tipo de asunto relacionado con el desarrollo urbano de la ciudad. Los arquitectos de Hermosillo invariablemente fueron parte activa de los mecanismos operativos que paulatinamente transformaron el rostro de la ciudad, y en algunos casos responsables directos de los resultados.

Recuerdo con particular satisfacción el gran proyecto que presentamos al Ayuntamiento de aquel entonces, cuando todavía estaba vigente el Colegio Sonorense de Arquitectos, para la regeneración del corredor urbano de la ciudad, comprendido entre la calle Jesús García al Oriente, hasta la calle Marsella al Poniente, a lo largo del eje Calle del Carmen-Calle Obregón-bulevar Centenario. Un gran proyecto que por desgracia no se logró realizar, a causa de las complicadas circunstancias económicas y políticas que existían en aquella época entre el Gobierno municipal y el estatal. Eran los tiempos en que Alicia Arellano de Pavlovich era la alcaldesa de Hermosillo, y Samuel Ocaña García el gobernador del Estado.

Algunos dirán, viendo la situación en que hoy se encuentra esta ciudad capital, que finalmente la participación de los arquitectos en la marcha de la ciudad no fue del todo afortunada. Puede haber o no justicia en un criterio de esta naturaleza, pero subsiste el hecho de que en alguna medida y de muy diversas maneras los arquitectos hemos tenido bastante que ver, en el pasado y en el presente, con el errático desarrollo urbano de Hermosillo. Entre otros diversos factores determinantes intervienen, desde luego, la mentalidad y la apertura de los diversos personajes que han tenido en sus manos la administración de esta ciudad durante los últimos 45 años. O sea desde Eugenio “Queno” Hernández Bernal (1976-1979) hasta Célida López Cárdenas.

Por cierto, en el trienio del Eugenio Hernández el director de Ingeniería Municipal fue el arquitecto Ernesto Ávila, y actualmente con Célida López, el director general de Cidue es el arquitecto José Carrillo. En el intervalo se han turnado en el cargo arquitectos e ingenieros, y los resultados han sido muy diversos, y fluctúan entre la excelencia y lo deplorable. Ha habido directores con magnífico desempeño, y los ha habido francamente para el olvido. Profesionistas con experiencia y espléndida formación, con criterio sólido y solvencia profesional y moral muchos de ellos, y otros que a su paso dejaron una huella por demás negativa.

De alguna manera los arquitectos hemos cargado con una imagen de profesionistas hasta cierto punto “elitistas”, y en infinidad de casos esa imagen se justifica, pero no siempre ni en todos los casos. Sin embargo, resulta por demás evidente que, de un tiempo a la fecha y por algún extraño motivo, los arquitectos han terminado por abandonar la trinchera gremial de servicio a la comunidad, abriendo un boquete enorme en la participación responsable que todo organismo colegiado debe tener en el planteamiento de las soluciones de los problemas que enfrentan las ciudades y el Estado, en este caso los problemas de planeación urbana, crecimiento, desarrollo de la ciudad, e incidiendo directa o indirectamente en la calidad de vida de sus habitantes.

En mi opinión, al abandonar esta importantísima trinchera los arquitectos hemos cometido un imperdonable acto de traición social. Aunque suene duro esa ha sido, ni más ni menos, la principal y más grande culpa —amén de un vergonzoso pecado de omisión— de los arquitectos de Hermosillo, para limitar el juicio exclusivamente a esta ciudad y no extenderlo injusta e innecesariamente a otras ciudades sonorenses, que pueden o no padecer situaciones similares.

Como arquitecto de la tercera edad, ya entrado en la cuarta, debo señalar con índice de fuego a mis colegas más jóvenes, que han permitido que, para efectos prácticos y relevantes, el Colegio de Arquitectos de Hermosillo se haya convertido en el aparato ineficiente e ineficaz que hoy es, de cara a la comunidad, al alejarse totalmente de los temas urbanos que por razón natural le competen, y privando a la comunidad y a los gobiernos capitalinos de valiosas opiniones y sugerencias que mucho hubieran enriquecido las discusiones que constantemente surgen sobre uno u otro tema.

Casos representativos y ampliamente conocidos, que en su momento provocaron encendidas discusiones hacia el interior de la comunidad hermosillense, y que por lo mismo permanecen latentes y no se olvidan, como los asuntos de la Cruz Gálvez y el Centro Musas, así como las diversas remodelaciones que se han realizado en las calles del centro viejo, y las áreas de esparcimiento más tradicionales de la ciudad como la Plaza Zaragoza, el Jardín Juárez y el Parque Madero. Son ejemplos claros de temas en que la opinión colegiada de los arquitectos hubiera aportado argumentos importantes y visiones valiosas. El injustificable mutismo se convierte así en una culpa vergonzante que debe mortificarnos grandemente a todos los arquitectos. El rescate de edificios históricos, plazas, parques y las modificaciones urbanas, de vialidades y demás temas, brindan una excelente oportunidad para que se originen los consensos tan necesarios, reduciendo al mínimo el brote de conflictos nebulosos que dividen a la sociedad dejando secuelas de odio y rencor.

Los cambios en la dirección del Colegio de Arquitectos de Hermosillo se han sucedido periódicamente, de conformidad con lo que marcan sus estatutos y reglamentos internos, y me causa gran satisfacción poder constatar que las mujeres arquitectas asumen cada vez con mayor frecuencia la presidencia del Colegio, e igualmente ocupan los cargos principales en diversas importantes dependencias de gobierno municipal y estatal.

Sin embargo, y a pesar de ello, la situación en cuanto a la muy escasa presencia de las y los arquitectos en la consulta y la toma de decisiones, permanece inalterable. Mi más ferviente deseo es que los próximos consejos directivos del Colegio de Arquitectos de Hermosillo corrijan el rumbo e impulsen de nuevo el benéfico acercamiento del gremio hacia la sociedad hermosillense y sus administraciones municipales. Existe un fuerte pasivo que los arquitectos debemos solventar a la mayor brevedad posible.

Éstos son tiempos de sumas constructivas y no de restas perniciosas. Es hora de volver a retomar la participación activa del gremio arquitectónico, abandonando la inútil expectación pasiva, el elitismo y el amor por los beneficios económicos, que siendo legítimos, no pueden brindar la satisfacción que brinda el servicio a los demás.