/ jueves 28 de mayo de 2020

Cruzando líneas | Los demonios de la pandemia

ARIZONA.- ¿Cómo estás? es una pregunta de doble filo en una pandemia. Bien es la respuesta políticamente correcta. A pocos les interesa saber de verdad qué recorre la cabeza, el corazón, la alacena, las cuentas bancarias y hasta la báscula del otro. El saludo es mera cortesía, buena educación; ya bastante tiene uno con sus demonios como para invitar a otros a pasar. Pero estamos tan solos que cada vez nos cuesta más disimular.

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Nos da miedo ser los únicos con estragos emocionales en la pandemia.

¿Cómo podría decir en voz alta que me duele la cabeza, me siento solo, me preocupa la lana, se me está cayendo el cabello de estrés, como sin parar, duermo todo el día, no pego un ojo, no tengo fuerzas, me duele todo o me cuesta trabajo bañarme?

¿Cómo admitir públicamente que estoy disfrutando el silencio, me hartan las llamadas por video, no quiero un happy hour virtual, que me siento feliz que nadie me llame o que estoy trabajando el triple porque aterra la idea de que se acostumbren a la ausencia?

¿Seré el único que se cuestiona su talento, duda de sus capacidades, teme que la vida de antes no regrese o se dé cuenta que la cosa no estaba tan jodida antes de la pandemia?

Si pudiéramos ver las burbujas sobre las cabezas de los demás, sería como mirarse en un espejo; quizá nuestros demonios charlarían y nos darían tregua. Tal vez, entonces, haríamos la paces con todo eso que sentimos y no entendemos.

Somos muchos aturdidos por los pensamientos; se nos atoran antes de llegar a la boca. Lloramos sin lágrimas; gritamos sin palabras; nos ahogamos sin patalear. Y no es el encierro físico… son las murallas emocionales que hemos construido como sociedad y que una pandemia viene a sacudir.

Pero qué lejos estamos de arrancarnos los antifaces. Estamos programados para disimular y incluso en el fin del mundo. Lo hacemos para encajar, para no incomodar, para que nadie lo use en nuestra contra, para tener ventaja, para que nadie nos lastime, para que no nos juzguen, para juzgar, para que no nos jodan, para joder… porque nos asusta lo que tenemos dentro o porque no queremos que nos lo arrebaten. Por eso es tan complicado contestar esa simple pregunta cotidiana, porque un adjetivo, un tono de voz, un emoji pueden delatarnos y a los demonios no les gusta ser expuestos.

Ahora respondo con sinceridad. Estoy bien, pero exhausta, gracias por preguntar. Veo cómo los ojos se entrecierran y las mejillas se alzan: ¡es una sonrisa de empatía! Todas las personas con las que hablo se sienten igual. El desnudar esa vulnerabilidad nos hace cómplices. No estamos mendigando cariño ni comprensión; no damos lástima. Yo también.

Nos reconforma no sentirnos solos, aunque quizá lo estemos.

ARIZONA.- ¿Cómo estás? es una pregunta de doble filo en una pandemia. Bien es la respuesta políticamente correcta. A pocos les interesa saber de verdad qué recorre la cabeza, el corazón, la alacena, las cuentas bancarias y hasta la báscula del otro. El saludo es mera cortesía, buena educación; ya bastante tiene uno con sus demonios como para invitar a otros a pasar. Pero estamos tan solos que cada vez nos cuesta más disimular.

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Nos da miedo ser los únicos con estragos emocionales en la pandemia.

¿Cómo podría decir en voz alta que me duele la cabeza, me siento solo, me preocupa la lana, se me está cayendo el cabello de estrés, como sin parar, duermo todo el día, no pego un ojo, no tengo fuerzas, me duele todo o me cuesta trabajo bañarme?

¿Cómo admitir públicamente que estoy disfrutando el silencio, me hartan las llamadas por video, no quiero un happy hour virtual, que me siento feliz que nadie me llame o que estoy trabajando el triple porque aterra la idea de que se acostumbren a la ausencia?

¿Seré el único que se cuestiona su talento, duda de sus capacidades, teme que la vida de antes no regrese o se dé cuenta que la cosa no estaba tan jodida antes de la pandemia?

Si pudiéramos ver las burbujas sobre las cabezas de los demás, sería como mirarse en un espejo; quizá nuestros demonios charlarían y nos darían tregua. Tal vez, entonces, haríamos la paces con todo eso que sentimos y no entendemos.

Somos muchos aturdidos por los pensamientos; se nos atoran antes de llegar a la boca. Lloramos sin lágrimas; gritamos sin palabras; nos ahogamos sin patalear. Y no es el encierro físico… son las murallas emocionales que hemos construido como sociedad y que una pandemia viene a sacudir.

Pero qué lejos estamos de arrancarnos los antifaces. Estamos programados para disimular y incluso en el fin del mundo. Lo hacemos para encajar, para no incomodar, para que nadie lo use en nuestra contra, para tener ventaja, para que nadie nos lastime, para que no nos juzguen, para juzgar, para que no nos jodan, para joder… porque nos asusta lo que tenemos dentro o porque no queremos que nos lo arrebaten. Por eso es tan complicado contestar esa simple pregunta cotidiana, porque un adjetivo, un tono de voz, un emoji pueden delatarnos y a los demonios no les gusta ser expuestos.

Ahora respondo con sinceridad. Estoy bien, pero exhausta, gracias por preguntar. Veo cómo los ojos se entrecierran y las mejillas se alzan: ¡es una sonrisa de empatía! Todas las personas con las que hablo se sienten igual. El desnudar esa vulnerabilidad nos hace cómplices. No estamos mendigando cariño ni comprensión; no damos lástima. Yo también.

Nos reconforma no sentirnos solos, aunque quizá lo estemos.