/ jueves 8 de abril de 2021

Cruzando líneas | Niños migrantes: Las miradas frías

ARIZONA.- En el 2014 conocí a muchos niños migrantes que llegaron solos a Estados Unidos; en realidad, la mayoría venían de “encargo” con parientes y coyotes que los dejaron abandonados. En ese entonces estaba embarazada y mi panza de mellizos era muy pronunciada. Algunos de los pequeños la sobaban y envidiaban la suerte que tendrían mis hijos por nacer de este lado del muro y tan cerca de mamá; veían en mi vientre un privilegio que la geografía les negó.

Esos niños abarrotaban los albergues, las iglesias y las estaciones de autobuses. Así como llegaban se iban. Todo era como una transacción fría, calculada y necesaria. Ellos llevaban en la mano boletos a destinos que no incluían pasaje de regreso. Se quedaban a la buena de Dios. A muy pocos los volví a ver. Sus miradas habían cambiado; se les endurecieron los rasgos y los ojos. Estaban acá, pero les había costado muy caro: su inocencia.

En el 2018 vi otros rostros. Sus caras se desencajaban de dolor. Llegaban con sus padres y eran separados a la fuerza. La frontera les dejó cicatrices en el cuerpo y en lugares del alma en las que no se ven las marcas. Había rabia, pero no eran destellos, la impotencia y la culpa se habían instalado en el ceño fruncido y la comisura de los labios. No eran miradas perdidas o vacías, como antes; ahora son fijas y penetrantes, con un miedo curtido por el dolor de haberlo vivido casi todo. El tiempo pasa y no se suavizan ni al parpadear. No olvidan ni perdonan; tampoco sus padres. No hay asilo de los recuerdos.

Hoy hay lágrimas, muchas. Lloran los niños que cruzan con sus padres, los que se entregan con los suyos y los que deambulan solos. Lloran con todo el cuerpo. Gritan. Tiemblan. Temen. Nadie los abraza. No hay consuelo. Sus pechos se enfrían en custodia. Los pulmones colapsan en soledad. No son una ola, pero se los lleva la marea política. Los crucifican a ellos y a sus padres. No tienen papeles y pareciera que tampoco derecho a soñar. Son, como lo he dicho una y otra vez, los que pierden la infancia por un sueño ajeno.

Luego están los padres. A ellos se les señala y se les culpa de una “crisis” en la frontera recrudecida con la administración Biden, sin pensar que no es una crisis sino un fenómeno complicado. Se les juzga a blanco y negro, como si migrar no tuviera los matices de la ilusión, el miedo, la pérdida, la orfandad, el dolor, las ganas y la esperanza. Los sentencia una sociedad siempre indiferente, quizá sin contexto o tal vez con justa razón. Pero nadie huye de la paz y eso lo olvidamos.

Migrar no es un hecho aislado; es una lucha, un acto de rebeldía o —a veces— una muestra de amor. Desplazarse es buscar la sobrevivencia, es forzarse a arrancar raíces en busca de tierra fértil. Suena poético, pero migrar, con sus contrastes, no tiene nada de romántico.

La frontera no es como la pintan ni aquí ni allá. Puede ser seductora, pero también perversa. La violan y la burlan… y ella se venga. Es la misma en todas partes. Quienes la cruzan jamás vuelven a ser los mismos.

ARIZONA.- En el 2014 conocí a muchos niños migrantes que llegaron solos a Estados Unidos; en realidad, la mayoría venían de “encargo” con parientes y coyotes que los dejaron abandonados. En ese entonces estaba embarazada y mi panza de mellizos era muy pronunciada. Algunos de los pequeños la sobaban y envidiaban la suerte que tendrían mis hijos por nacer de este lado del muro y tan cerca de mamá; veían en mi vientre un privilegio que la geografía les negó.

Esos niños abarrotaban los albergues, las iglesias y las estaciones de autobuses. Así como llegaban se iban. Todo era como una transacción fría, calculada y necesaria. Ellos llevaban en la mano boletos a destinos que no incluían pasaje de regreso. Se quedaban a la buena de Dios. A muy pocos los volví a ver. Sus miradas habían cambiado; se les endurecieron los rasgos y los ojos. Estaban acá, pero les había costado muy caro: su inocencia.

En el 2018 vi otros rostros. Sus caras se desencajaban de dolor. Llegaban con sus padres y eran separados a la fuerza. La frontera les dejó cicatrices en el cuerpo y en lugares del alma en las que no se ven las marcas. Había rabia, pero no eran destellos, la impotencia y la culpa se habían instalado en el ceño fruncido y la comisura de los labios. No eran miradas perdidas o vacías, como antes; ahora son fijas y penetrantes, con un miedo curtido por el dolor de haberlo vivido casi todo. El tiempo pasa y no se suavizan ni al parpadear. No olvidan ni perdonan; tampoco sus padres. No hay asilo de los recuerdos.

Hoy hay lágrimas, muchas. Lloran los niños que cruzan con sus padres, los que se entregan con los suyos y los que deambulan solos. Lloran con todo el cuerpo. Gritan. Tiemblan. Temen. Nadie los abraza. No hay consuelo. Sus pechos se enfrían en custodia. Los pulmones colapsan en soledad. No son una ola, pero se los lleva la marea política. Los crucifican a ellos y a sus padres. No tienen papeles y pareciera que tampoco derecho a soñar. Son, como lo he dicho una y otra vez, los que pierden la infancia por un sueño ajeno.

Luego están los padres. A ellos se les señala y se les culpa de una “crisis” en la frontera recrudecida con la administración Biden, sin pensar que no es una crisis sino un fenómeno complicado. Se les juzga a blanco y negro, como si migrar no tuviera los matices de la ilusión, el miedo, la pérdida, la orfandad, el dolor, las ganas y la esperanza. Los sentencia una sociedad siempre indiferente, quizá sin contexto o tal vez con justa razón. Pero nadie huye de la paz y eso lo olvidamos.

Migrar no es un hecho aislado; es una lucha, un acto de rebeldía o —a veces— una muestra de amor. Desplazarse es buscar la sobrevivencia, es forzarse a arrancar raíces en busca de tierra fértil. Suena poético, pero migrar, con sus contrastes, no tiene nada de romántico.

La frontera no es como la pintan ni aquí ni allá. Puede ser seductora, pero también perversa. La violan y la burlan… y ella se venga. Es la misma en todas partes. Quienes la cruzan jamás vuelven a ser los mismos.