/ jueves 28 de abril de 2022

Fuera de agenda | El obispo en la zona gris

El general Mario Arturo Acosta Chaparro Escápite solía decir que pocos políticos como Rubén Figueroa Figueroa, ex gobernador de Guerrero en los años setenta, entendían muy bien cómo era esa otra forma de “gobernar” en tiempos convulsos. El viejo político que hacía giras con pistola al cinto, decía que no sólo era llevar carreteras, agua potable y luz a los poblados más apartados, sino mantener un férreo control de todo lo que sucediera y que afectara la “gobernanza” del entonces partido único.

Las lecciones del ex gobernador tuvieron varios alumnos entre ellos —desde luego— su hijo Rubén Figueora Alcocer, el mandatario guerrerense destituido a raíz de la matanza de campesinos en el vado de Aguas Blancas en 1995. Como funcionario de seguridad de ambos ex gobernadores el general Acosta Chaparro tuvo trato privilegiado en distintos niveles a su paso por Guerrero, la entidad donde acumuló acusaciones de crímenes de lesa humanidad por los que no alcanzó a ser juzgado antes de morir en un atentado en 2012. Meses antes del ataque donde perdió la vida, se había reactivado como interlocutor del Gobierno federal con grupos criminales. Función que llegaron a realizar en distinto momento otros militares de alto rango.

El rol de mediador con grupos criminales para buscar “pacificar” zonas violentas, permitir el tránsito y la llegada de servicios, la realizó hasta años recientes el ex gobernador Figueroa Alcocer, declaró hace unos días el obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza. El prelado que la pasada semana de Pascua se jubiló, era conocido como el obispo que se reunía y negociaba con los narcos. Una actividad que habría sido muy difícil sin la intervención del ex mandatario priista.

El obispo Rangel actuó con la experiencia que le daba conocer bien el terreno y a la feligresía de la región, una zona marcada desde hace más de una década por la violencia criminal entre los grupos que se fragmentaron tras la muerte en 2009 en Cuernavaca de Arturo Beltrán Leyva, una de las figuras que controlaba no sólo las redes de producción y tráfico de enervantes en Guerrero, sino la interlocución con las autoridades.

Rangel transitó por la “zona gris de la criminalidad”, como se conoce al área donde representantes de diferente nivel del Estado tienen interlocución con el crimen organizado. La “zona gris” la conoce bien Figueroa Alcocer, y fue donde operó buena parte de su carrera como oficial de inteligencia militar el general Acosta Chaparro.

El obispo reconoció la mediación de Figueroa para que pudiera reunirse con líderes criminales de los grupos que operan en la región de mayor producción de heroína en municipios como Leonardo Bravo, Quechultenango, Heliodoro Castillo y Chilapa, con quienes negoció la paz para liberar secuestrados y permitir el regreso de población desplazada. La intervención del viejo cacique guerrerense también sirvió para que pudieran transitar sacerdotes, catequistas y él mismo en sus visitas a Tierra Caliente.

La lección de monseñor Rangel fue que ante la disfuncionalidad de las instituciones de seguridad del Estado, la palabra y los acuerdos recuperan su valor para permitir que algo de la vida cotidiana pueda seguir su curso.


El general Mario Arturo Acosta Chaparro Escápite solía decir que pocos políticos como Rubén Figueroa Figueroa, ex gobernador de Guerrero en los años setenta, entendían muy bien cómo era esa otra forma de “gobernar” en tiempos convulsos. El viejo político que hacía giras con pistola al cinto, decía que no sólo era llevar carreteras, agua potable y luz a los poblados más apartados, sino mantener un férreo control de todo lo que sucediera y que afectara la “gobernanza” del entonces partido único.

Las lecciones del ex gobernador tuvieron varios alumnos entre ellos —desde luego— su hijo Rubén Figueora Alcocer, el mandatario guerrerense destituido a raíz de la matanza de campesinos en el vado de Aguas Blancas en 1995. Como funcionario de seguridad de ambos ex gobernadores el general Acosta Chaparro tuvo trato privilegiado en distintos niveles a su paso por Guerrero, la entidad donde acumuló acusaciones de crímenes de lesa humanidad por los que no alcanzó a ser juzgado antes de morir en un atentado en 2012. Meses antes del ataque donde perdió la vida, se había reactivado como interlocutor del Gobierno federal con grupos criminales. Función que llegaron a realizar en distinto momento otros militares de alto rango.

El rol de mediador con grupos criminales para buscar “pacificar” zonas violentas, permitir el tránsito y la llegada de servicios, la realizó hasta años recientes el ex gobernador Figueroa Alcocer, declaró hace unos días el obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza. El prelado que la pasada semana de Pascua se jubiló, era conocido como el obispo que se reunía y negociaba con los narcos. Una actividad que habría sido muy difícil sin la intervención del ex mandatario priista.

El obispo Rangel actuó con la experiencia que le daba conocer bien el terreno y a la feligresía de la región, una zona marcada desde hace más de una década por la violencia criminal entre los grupos que se fragmentaron tras la muerte en 2009 en Cuernavaca de Arturo Beltrán Leyva, una de las figuras que controlaba no sólo las redes de producción y tráfico de enervantes en Guerrero, sino la interlocución con las autoridades.

Rangel transitó por la “zona gris de la criminalidad”, como se conoce al área donde representantes de diferente nivel del Estado tienen interlocución con el crimen organizado. La “zona gris” la conoce bien Figueroa Alcocer, y fue donde operó buena parte de su carrera como oficial de inteligencia militar el general Acosta Chaparro.

El obispo reconoció la mediación de Figueroa para que pudiera reunirse con líderes criminales de los grupos que operan en la región de mayor producción de heroína en municipios como Leonardo Bravo, Quechultenango, Heliodoro Castillo y Chilapa, con quienes negoció la paz para liberar secuestrados y permitir el regreso de población desplazada. La intervención del viejo cacique guerrerense también sirvió para que pudieran transitar sacerdotes, catequistas y él mismo en sus visitas a Tierra Caliente.

La lección de monseñor Rangel fue que ante la disfuncionalidad de las instituciones de seguridad del Estado, la palabra y los acuerdos recuperan su valor para permitir que algo de la vida cotidiana pueda seguir su curso.