/ sábado 6 de agosto de 2022

Mi gusto es… (O la otra mirada) | En boca propia

Empezaré esta columna con una recomendación: Cuando alguien se jacte de ser una persona honorable, cuídate de él.

Más aún: si no y cuéntaselo a quien más confianza le tengas. Es preferible echarles un ojo a sus actos en la vida y después ya sacas tus propias conclusiones.

Por tu bien.

De lo contrario, te limitas a creerle y eso puede llevarte, ya, sea a pensar que si es como dice, sin averiguar más y al rato lo traes en hombros como al Juli en la Plaza México o, contrariamente, a estrellarte con la realidad cuando recibas la puñalada trapera de su supuesta honorabilidad, pero, para entonces, ya vivió de ti y de muchos, con ese discurso en donde el decir y el hacer, al ponerlos frente a frente, se repelen.

Conozco dos tres que así se la han pasado.

Y tú también los conoces, no te hagas.

En tu colonia, en la ciudad, en una sociedad, en un centro de investigación, en la universidad, en un grupo clandestino, en una diócesis, e incluso dicen, pero aquí si ha de ser una calumnia, que hasta en asuntos de la política los hay.

Aquí se me hace que exageraron, pero en fin.

Debo de admitir que uno tarda en descubrirlos.

Porque son hábiles y se convierten en unos actores o actrices con un desenvolvimiento teatral para embaucarnos, que parece que los estuviera dirigiendo Seki Sano.

Alabanza en boca propia es vituperio, reza el refrán populachón y es cierto.

Lo anterior condena a esos personajes o personajas que se dedican a mencionar sus virtudes, o méritos, casi siempre sin que se lo hayas pedido, con la particularidad de que tales cualidades nadie las conoce o un noventa y cinco por cierto de lo que alardea es falso.

Más bien, para sus interlocutores queda claro que son purititas justificaciones de sus actos ampliamente condenados por su familia, amigos, colegas, socios, correligionarios a los que sirvieron mal y ayudaron menos.

Su fama pública quieren traerla rechinando de limpia, aunque su conciencia parezca estufa de estudiante universitario foráneo.

Tanto se la pasan representando esa manera de ser que llegan a creérselo y, desde el púlpito de su fingida honestidad, suelen hablarte como pastores, como auténticos catequistas que, con su labia, te exhortan a que los emules.

“Tú sabes que yo soy incorruptible” “yo sí tengo autoridad moral” “olvídate que haga eso” “mi autoridad moral es a prueba de cañonazos de dinero”. “Conmigo se estrellan porque saben que nunca me he robado ni un cinco”.

Si todavía no me han entendido o aún no recuerdan a nadie que sea así, lo ejemplifico:

Resulta que en algún lugar del país o del Continente Americano o del mundo, cuyo nombre no quiero acordarme, me reencontré una vez, debido a esto de las redes sociales, con unos conocidos quienes son pareja y resulta que cuando ella cumple años o es día de su santo o lo que sea, él se pone frente al teclado y en su muro escribe y escribe, para destacarla, con motivo de la ocasión, homenajeando a su mujer con una oda o una descripción personal, que a todos deja perplejos por lo que dice.

“Este canijo ha de tener una amante, “decimos algunos con lengua de doble filo, a modo de suposición, porque esa que él describe, no es, para nada, la que conocemos en la vida real.

Más bien, la susodicha, es muy capaz, es cierto, ¡pero capaz de todo! y si, por decir algo, él nos las quiere vender como generosa y leal, sabemos qué es vil y traicionera y si en algún párrafo la retrató como leal con sus amigos o elegante en el buen decir como Talina Fernández, más bien ella es la viva representación de La Pelangocha y en cuestiones de lealtades, es más peligrosa que un neurocirujano con hipo, en los momentos cruciales de un quirófano.

Por eso insisto: cuando alguien se jacte de ser una persona honorable, cuídense de él.

Si anuncia que no hará tal o cual cosa, mejor toma las precauciones a que haya lugar, porque, de seguro, si las hará.

En cambio, si jura que cumplirá el pacto suscrito hasta con sangre, ya estuvo que se echará para atrás con cualquier pretexto y se rajará.

Son alargados pues, y se les llena la boca pavoneándose de su pureza. Mientras eso hacen, una estela de capítulos pasa por la cabeza de los que han visto todas las tropelías que, con el mayor cinismo, habrá de negar.

Jactancia es el término que define a los que se alaban a sí mismos de forma arrogante o falsa molestia sobre una de las tantas cualidades que se saca de la manga.

Puede ser cierto que estas personas necesitan vacíos de identidad y otras cosas, ni duda cabe, pero de aquí a que lo hagan, ya fueron y vinieron, disfrutando de esta forma de ser y fingiendo como que la virgen les habla, cuando se alude a perfiles como estos.

Aclaro: no reprocho a la autoestima y se vale querernos siempre. Lo reprobable es el fingimiento y la impostura sobre lo que no se es.

Sobre aviso no hay engaño y soldado advertido no muere en guerra. Después no se quejen, porque ya será muy tarde.

Por cierto: hombres y mujeres así, también tienen su antítesis, es decir, hombres y mujeres que, calladita la boca, han convertido todo acto de su vida en puritita rectitud.

Y un híbrido de ambos comportamientos, ahorita nada más, recuerdo un caso:

La de un funcionario público de la vieja guardia que, durante largos años de resentimiento, quiso saber quién demonios había corrido la voz de que él era una persona muy pero muy honesta, pues por su culpa, nunca nadie había venido a su escritorio a darle u ofrecerle algo.

Válgame ¡cuánta ingratitud, señor!, ¡cuánta!

Empezaré esta columna con una recomendación: Cuando alguien se jacte de ser una persona honorable, cuídate de él.

Más aún: si no y cuéntaselo a quien más confianza le tengas. Es preferible echarles un ojo a sus actos en la vida y después ya sacas tus propias conclusiones.

Por tu bien.

De lo contrario, te limitas a creerle y eso puede llevarte, ya, sea a pensar que si es como dice, sin averiguar más y al rato lo traes en hombros como al Juli en la Plaza México o, contrariamente, a estrellarte con la realidad cuando recibas la puñalada trapera de su supuesta honorabilidad, pero, para entonces, ya vivió de ti y de muchos, con ese discurso en donde el decir y el hacer, al ponerlos frente a frente, se repelen.

Conozco dos tres que así se la han pasado.

Y tú también los conoces, no te hagas.

En tu colonia, en la ciudad, en una sociedad, en un centro de investigación, en la universidad, en un grupo clandestino, en una diócesis, e incluso dicen, pero aquí si ha de ser una calumnia, que hasta en asuntos de la política los hay.

Aquí se me hace que exageraron, pero en fin.

Debo de admitir que uno tarda en descubrirlos.

Porque son hábiles y se convierten en unos actores o actrices con un desenvolvimiento teatral para embaucarnos, que parece que los estuviera dirigiendo Seki Sano.

Alabanza en boca propia es vituperio, reza el refrán populachón y es cierto.

Lo anterior condena a esos personajes o personajas que se dedican a mencionar sus virtudes, o méritos, casi siempre sin que se lo hayas pedido, con la particularidad de que tales cualidades nadie las conoce o un noventa y cinco por cierto de lo que alardea es falso.

Más bien, para sus interlocutores queda claro que son purititas justificaciones de sus actos ampliamente condenados por su familia, amigos, colegas, socios, correligionarios a los que sirvieron mal y ayudaron menos.

Su fama pública quieren traerla rechinando de limpia, aunque su conciencia parezca estufa de estudiante universitario foráneo.

Tanto se la pasan representando esa manera de ser que llegan a creérselo y, desde el púlpito de su fingida honestidad, suelen hablarte como pastores, como auténticos catequistas que, con su labia, te exhortan a que los emules.

“Tú sabes que yo soy incorruptible” “yo sí tengo autoridad moral” “olvídate que haga eso” “mi autoridad moral es a prueba de cañonazos de dinero”. “Conmigo se estrellan porque saben que nunca me he robado ni un cinco”.

Si todavía no me han entendido o aún no recuerdan a nadie que sea así, lo ejemplifico:

Resulta que en algún lugar del país o del Continente Americano o del mundo, cuyo nombre no quiero acordarme, me reencontré una vez, debido a esto de las redes sociales, con unos conocidos quienes son pareja y resulta que cuando ella cumple años o es día de su santo o lo que sea, él se pone frente al teclado y en su muro escribe y escribe, para destacarla, con motivo de la ocasión, homenajeando a su mujer con una oda o una descripción personal, que a todos deja perplejos por lo que dice.

“Este canijo ha de tener una amante, “decimos algunos con lengua de doble filo, a modo de suposición, porque esa que él describe, no es, para nada, la que conocemos en la vida real.

Más bien, la susodicha, es muy capaz, es cierto, ¡pero capaz de todo! y si, por decir algo, él nos las quiere vender como generosa y leal, sabemos qué es vil y traicionera y si en algún párrafo la retrató como leal con sus amigos o elegante en el buen decir como Talina Fernández, más bien ella es la viva representación de La Pelangocha y en cuestiones de lealtades, es más peligrosa que un neurocirujano con hipo, en los momentos cruciales de un quirófano.

Por eso insisto: cuando alguien se jacte de ser una persona honorable, cuídense de él.

Si anuncia que no hará tal o cual cosa, mejor toma las precauciones a que haya lugar, porque, de seguro, si las hará.

En cambio, si jura que cumplirá el pacto suscrito hasta con sangre, ya estuvo que se echará para atrás con cualquier pretexto y se rajará.

Son alargados pues, y se les llena la boca pavoneándose de su pureza. Mientras eso hacen, una estela de capítulos pasa por la cabeza de los que han visto todas las tropelías que, con el mayor cinismo, habrá de negar.

Jactancia es el término que define a los que se alaban a sí mismos de forma arrogante o falsa molestia sobre una de las tantas cualidades que se saca de la manga.

Puede ser cierto que estas personas necesitan vacíos de identidad y otras cosas, ni duda cabe, pero de aquí a que lo hagan, ya fueron y vinieron, disfrutando de esta forma de ser y fingiendo como que la virgen les habla, cuando se alude a perfiles como estos.

Aclaro: no reprocho a la autoestima y se vale querernos siempre. Lo reprobable es el fingimiento y la impostura sobre lo que no se es.

Sobre aviso no hay engaño y soldado advertido no muere en guerra. Después no se quejen, porque ya será muy tarde.

Por cierto: hombres y mujeres así, también tienen su antítesis, es decir, hombres y mujeres que, calladita la boca, han convertido todo acto de su vida en puritita rectitud.

Y un híbrido de ambos comportamientos, ahorita nada más, recuerdo un caso:

La de un funcionario público de la vieja guardia que, durante largos años de resentimiento, quiso saber quién demonios había corrido la voz de que él era una persona muy pero muy honesta, pues por su culpa, nunca nadie había venido a su escritorio a darle u ofrecerle algo.

Válgame ¡cuánta ingratitud, señor!, ¡cuánta!

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