/ sábado 15 de febrero de 2020

Mi gusto es… (O la otra mirada) | La enfermedad de papá

La enfermedad de papá, a mí sí me hacía sentir bien orgulloso porque su nombre les ganaba a todas.

Cuando por primera vez escuché el nombre de la enfermedad que tenía mi papá, yo me sentí bien orgulloso.

“No cualquiera”, dije entre mí y al día siguiente, llegué a la escuela, con una sonrisita media engreída. “Insuficiente coronaria”… “Insuficiencia coronaria”, repetía en mi cabeza a fin de que no se me olvidara para presumirla en la primera oportunidad.

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Por su parte, papá andaría retratándose, vestido de charro, en la Basílica de Guadalupe o estaría en el hospital de nuevo, o se encontraba en casa, a la orilla de la cama, apoyándose sobre el colchón, con sus brazos hacia atrás, queriendo agarrar aire. Sabrá Dios. Quizá conduciría ese taxi que tenía en el tablero un tapete de barbitas, hecho por las manos de mamá y otras manitas. Sabrá Dios.

Mientras tanto, yo hacía caravana con enfermedad ajena y andaba que me quemaba para ponerles un pie encima a mis amigos, cualquiera de ellos, si se ponían muy muy con alguna presumidera de lo que pudieran tener sus respectivos papás en cuestiones de salud.

Seguro estaba de ahora no se me irían vivos.

Aquel me saldría con que su papá cargaba presión alta. Ese otro con que al suyo se le subió el azúcar. Ese otro con que a su jefe le dio paludismo y otro más con a su papito le pegó tosferina, moquillo o lepra, qué más daba.

Pobres diablos.

Mi plan era dejarlos ser por unos segundos y luego les desenfundaría el diagnóstico que le habían dado a miapá: “pues el mío tiene insuficiencia coronaria. Qué hubo ¿Cómo la ven?”... Imagino sus gestos paralizados y viéndome como idiotas. Unos en silencio, otros guturando sabe qué. El menos, con la boca abierta. Sabrá Dios. Lo cierto es que me los fregaría. Bueno, eso hice, creí, supuse o me imaginé. Sabrá Dios.

La cosa se puso más interesante cuando algunos de esos papás se murieron antes que el mío, simultáneamente o en fechas muy cercanas.

Ni ahí pudieron superarme, si es que eso pretendían. Ya no me acuerdo tan a detalle, pero digamos que a uno lo atropelló el camión de la basura, otro se resbaló de un cerro por ir correteando a una liebre, uno más petateó debido a cirrosis hepática y al peor, quesque lo mataron a balazos en una cantina de Tijuana. Sabrá Dios.

El mío también se iría para donde van los muertos, que quién sabe a dónde irán, pero, a diferencia de las otras pinchurrientas razones, él partiría gracias a la in-su-fi-cien-cia co-ro-na-ria.

¡Ándese!

Hasta la fecha, antes, durante y después de esa quincena de marzo de 1973, sigo pensando que no cualquiera me podía matar ese as que yo traía siempre en la manga, en mi mano, en la cabeza o en el corazón. Sabrá Dios.

Corrijo: nadie me ha retado hasta ahora. Será porque están conscientes que les ganaría a todos, o porque no hay enfermedad nombrada tan bellamente o, de plano, porque hoy en día, los papás ya no se mueren sino nada más de viejos y hasta que sus hijos ya estén bien grandes pa’que resientan menos. Sabrá Dios. ¿Sabrá Dios?

Quién sabe, pero el nombre de la enfermedad que tenía mi papá, a mí sí me hacía sentir bien orgulloso.

La enfermedad de papá, a mí sí me hacía sentir bien orgulloso porque su nombre les ganaba a todas.

Cuando por primera vez escuché el nombre de la enfermedad que tenía mi papá, yo me sentí bien orgulloso.

“No cualquiera”, dije entre mí y al día siguiente, llegué a la escuela, con una sonrisita media engreída. “Insuficiente coronaria”… “Insuficiencia coronaria”, repetía en mi cabeza a fin de que no se me olvidara para presumirla en la primera oportunidad.

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Por su parte, papá andaría retratándose, vestido de charro, en la Basílica de Guadalupe o estaría en el hospital de nuevo, o se encontraba en casa, a la orilla de la cama, apoyándose sobre el colchón, con sus brazos hacia atrás, queriendo agarrar aire. Sabrá Dios. Quizá conduciría ese taxi que tenía en el tablero un tapete de barbitas, hecho por las manos de mamá y otras manitas. Sabrá Dios.

Mientras tanto, yo hacía caravana con enfermedad ajena y andaba que me quemaba para ponerles un pie encima a mis amigos, cualquiera de ellos, si se ponían muy muy con alguna presumidera de lo que pudieran tener sus respectivos papás en cuestiones de salud.

Seguro estaba de ahora no se me irían vivos.

Aquel me saldría con que su papá cargaba presión alta. Ese otro con que al suyo se le subió el azúcar. Ese otro con que a su jefe le dio paludismo y otro más con a su papito le pegó tosferina, moquillo o lepra, qué más daba.

Pobres diablos.

Mi plan era dejarlos ser por unos segundos y luego les desenfundaría el diagnóstico que le habían dado a miapá: “pues el mío tiene insuficiencia coronaria. Qué hubo ¿Cómo la ven?”... Imagino sus gestos paralizados y viéndome como idiotas. Unos en silencio, otros guturando sabe qué. El menos, con la boca abierta. Sabrá Dios. Lo cierto es que me los fregaría. Bueno, eso hice, creí, supuse o me imaginé. Sabrá Dios.

La cosa se puso más interesante cuando algunos de esos papás se murieron antes que el mío, simultáneamente o en fechas muy cercanas.

Ni ahí pudieron superarme, si es que eso pretendían. Ya no me acuerdo tan a detalle, pero digamos que a uno lo atropelló el camión de la basura, otro se resbaló de un cerro por ir correteando a una liebre, uno más petateó debido a cirrosis hepática y al peor, quesque lo mataron a balazos en una cantina de Tijuana. Sabrá Dios.

El mío también se iría para donde van los muertos, que quién sabe a dónde irán, pero, a diferencia de las otras pinchurrientas razones, él partiría gracias a la in-su-fi-cien-cia co-ro-na-ria.

¡Ándese!

Hasta la fecha, antes, durante y después de esa quincena de marzo de 1973, sigo pensando que no cualquiera me podía matar ese as que yo traía siempre en la manga, en mi mano, en la cabeza o en el corazón. Sabrá Dios.

Corrijo: nadie me ha retado hasta ahora. Será porque están conscientes que les ganaría a todos, o porque no hay enfermedad nombrada tan bellamente o, de plano, porque hoy en día, los papás ya no se mueren sino nada más de viejos y hasta que sus hijos ya estén bien grandes pa’que resientan menos. Sabrá Dios. ¿Sabrá Dios?

Quién sabe, pero el nombre de la enfermedad que tenía mi papá, a mí sí me hacía sentir bien orgulloso.