/ lunes 2 de marzo de 2020

Sin medias tintas | La historia de Abraham II

El tiempo se detuvo para Abraham. No sabía si era de día o de noche.

El asqueroso olor lo atormentaba, y ya había recorrido varias veces las paredes buscando un respiradero; sólo sentía la textura del cemento. En un momento de desesperación, llegó a agacharse hasta la rendija entre la puerta y el piso para respirar un aire diferente.

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No se atrevía a gritar. Los violentos golpes que le dieron durante el traslado le habían dejado claro que estaba prohibido quejarse o preguntar.

Cuando le temblaba todo el cuerpo, creía que era por el frío del cuarto, y para no volverse loco comenzó a calcular mentalmente las horas dependiendo de las ocasiones que le daban de comer. Se repetía tres veces, y sólo así pudo contar los días que permaneció en ese lugar: cinco.

Mientras se inclinaba para descansar junto a la puerta, escuchó varios pasos rápidos. Se hizo hacia atrás instintivamente, cerró los ojos y soltó el cuerpo. Que sea lo que Dios quiera, pensó. La puerta se abrió y lo sujetaron dos personas de los brazos.

Entumecido de las piernas, no podía moverse tan rápido como las dos personas querían, así que prácticamente lo arrastraron. No quería abrir los ojos; pero al menos ya podía respirar mejor.

La luz se le clavaba en las pupilas. Movía los párpados rápidamente para mitigar el dolor; pero quería ver a dónde lo llevaban. Entreabriendo los ojos, se dio cuenta de que lo subían por unas escaleras hasta llegar a una gran puerta. Cuando ésta se abrió, se dio cuenta de que era un enorme galerón con 40 muebles parecidos a catres, al parecer todos ocupados, con personas acostadas, sentadas y paradas cerca de ellos. Cuando vio tanta gente, elevó los ojos al cielo para agradecerle a Dios. No lo matarían.

Todos voltearon a verle. ¿Qué era ese lugar? ¿En dónde estaba?

Mientras lo dejaban en uno de esos catres junto a sus preguntas, uno de los acompañantes le dijo: “Este es tu ‘búnker’, y esta bolsa te la dejó tu hermano. Aquí vas a estar tres meses hasta que te alivianes de las drogas”. Abraham abrió los ojos, “pero si yo no tengo broncas de drogas”. “Eso velo con tu familia. Mientras paguen, aquí te vas a quedar”.

Se sentó a la orilla del catre. No podía creer lo que estaba pasando. Muchos pensamientos de nuevo pasaron por su cabeza, tuvo que sujetársela con ambas manos; comenzaba a marearse.

No recuerda cuánto tiempo estuvo en esa posición, hasta que uno de los tantos jóvenes del galerón le dijo: “¿Estás bien, we?” No supo qué contestar. Sólo alcanzó a murmurar “quiero bañarme”. “Ahí están los baños, pero tienes que pedir permiso primero al guardia”.

¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?, se repetía Abraham mientras revisaba la bolsa que según esto su hermano le había dejado. Como si esperara encontrar una nota o algo por el estilo, la revisó minuciosamente: Ropa interior, tres pantalones, tres camisetas, pasta de dientes, cepillo, un peine, un par de calzado deportivo. Nada más.

Se sentía por demás sucio en todos los aspectos.

A casi sus 60 años, se vio de repente al lado de hombres que no superaban los 30, y con problemas de drogadicción. ¿Qué pasa…? Se dijo a sí mismo mientras seleccionaba un bóxer. Por ahora lo urgente era quitarse ese olor nauseabundo que casi lo hacía vomitar.

De repente recordó los golpes que le diera a su hermano en una ocasión hace semanas. ¿Habrá sido eso?, se preguntó.

No tenía idea de que sería víctima de su propia familia.

El tiempo se detuvo para Abraham. No sabía si era de día o de noche.

El asqueroso olor lo atormentaba, y ya había recorrido varias veces las paredes buscando un respiradero; sólo sentía la textura del cemento. En un momento de desesperación, llegó a agacharse hasta la rendija entre la puerta y el piso para respirar un aire diferente.

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No se atrevía a gritar. Los violentos golpes que le dieron durante el traslado le habían dejado claro que estaba prohibido quejarse o preguntar.

Cuando le temblaba todo el cuerpo, creía que era por el frío del cuarto, y para no volverse loco comenzó a calcular mentalmente las horas dependiendo de las ocasiones que le daban de comer. Se repetía tres veces, y sólo así pudo contar los días que permaneció en ese lugar: cinco.

Mientras se inclinaba para descansar junto a la puerta, escuchó varios pasos rápidos. Se hizo hacia atrás instintivamente, cerró los ojos y soltó el cuerpo. Que sea lo que Dios quiera, pensó. La puerta se abrió y lo sujetaron dos personas de los brazos.

Entumecido de las piernas, no podía moverse tan rápido como las dos personas querían, así que prácticamente lo arrastraron. No quería abrir los ojos; pero al menos ya podía respirar mejor.

La luz se le clavaba en las pupilas. Movía los párpados rápidamente para mitigar el dolor; pero quería ver a dónde lo llevaban. Entreabriendo los ojos, se dio cuenta de que lo subían por unas escaleras hasta llegar a una gran puerta. Cuando ésta se abrió, se dio cuenta de que era un enorme galerón con 40 muebles parecidos a catres, al parecer todos ocupados, con personas acostadas, sentadas y paradas cerca de ellos. Cuando vio tanta gente, elevó los ojos al cielo para agradecerle a Dios. No lo matarían.

Todos voltearon a verle. ¿Qué era ese lugar? ¿En dónde estaba?

Mientras lo dejaban en uno de esos catres junto a sus preguntas, uno de los acompañantes le dijo: “Este es tu ‘búnker’, y esta bolsa te la dejó tu hermano. Aquí vas a estar tres meses hasta que te alivianes de las drogas”. Abraham abrió los ojos, “pero si yo no tengo broncas de drogas”. “Eso velo con tu familia. Mientras paguen, aquí te vas a quedar”.

Se sentó a la orilla del catre. No podía creer lo que estaba pasando. Muchos pensamientos de nuevo pasaron por su cabeza, tuvo que sujetársela con ambas manos; comenzaba a marearse.

No recuerda cuánto tiempo estuvo en esa posición, hasta que uno de los tantos jóvenes del galerón le dijo: “¿Estás bien, we?” No supo qué contestar. Sólo alcanzó a murmurar “quiero bañarme”. “Ahí están los baños, pero tienes que pedir permiso primero al guardia”.

¿Qué hago aquí? ¿Qué hago aquí?, se repetía Abraham mientras revisaba la bolsa que según esto su hermano le había dejado. Como si esperara encontrar una nota o algo por el estilo, la revisó minuciosamente: Ropa interior, tres pantalones, tres camisetas, pasta de dientes, cepillo, un peine, un par de calzado deportivo. Nada más.

Se sentía por demás sucio en todos los aspectos.

A casi sus 60 años, se vio de repente al lado de hombres que no superaban los 30, y con problemas de drogadicción. ¿Qué pasa…? Se dijo a sí mismo mientras seleccionaba un bóxer. Por ahora lo urgente era quitarse ese olor nauseabundo que casi lo hacía vomitar.

De repente recordó los golpes que le diera a su hermano en una ocasión hace semanas. ¿Habrá sido eso?, se preguntó.

No tenía idea de que sería víctima de su propia familia.

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