/ miércoles 24 de junio de 2020

Sin medias tintas | Primero educación

Es evidente y quizá en alguna ocasión usted mismo haya comprobado que el construir —no importa qué— es un proceso que toma su tiempo y es costoso. Destruir lo construido en cambio resulta muy fácil.

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Si ejemplificáramos esto sería algo así como colocar una barda perimetral en su propiedad. Para hacerla se requiere planificación, cemento, arena, madera, andamios, castillos, piedras, ladrillo o block a elegir y horas hombre de trabajo. Pero para tirarla sólo necesitaría planificación (si tiene usted el interés), un marro o máquina, horas hombre y listo.

En nuestro país la democracia se ha construido con el esfuerzo y la sangre de infinidad de personajes a través de la historia, y la educación ha jugado un papel fundamental en todo esto. Gracias a la visión de José Vasconcelos se creó la Secretaría de Educación Pública, por ejemplo, y se llevó a cabo una de las jornadas de alfabetización más intensas que se hayan registrado en cualquier país del mundo. Independientemente de la clase de ideología que se quisiera transmitir, el propósito era claro: llevar educación hasta los últimos rincones de México.

¿Qué pasó con tan noble propósito? La respuesta es sencilla: Aparecieron los sindicatos, la corrupción y la politización de la educación. Estos cánceres resultaron ser contaminantes a tan noble propósito de llevar conocimiento al que no sabe. Así, la educación abandonó por desgracia su función social, y con ello se echaron a perder los vínculos sociales básicos que le dan forma a todas las sociedades. Y la influencia de estos vínculos es fundamental, por eso se afirma que los ciudadanos son los que hacen a las sociedades y no al revés.

La pandemia y sus exigencias de sana distancia han puesto en evidencia hoy más que nunca el argumento anterior. Las clases virtuales, por ejemplo, han dado muestras de la falta de capacitación de los docentes y alumnos en estas tan necesarias plataformas propias del siglo XXI; pero también se ha visto la falta de interés de ciertos padres respecto a la educación de sus hijos.

Espero que nadie dude de que los hijos son un reflejo de sus padres, ¿y si el niño no hace caso ni presta atención en sus clases virtuales, significa que los padres tampoco tienen esa disciplina?

Sería un tema interesante para una investigación en temas educativos, pero casi podría apostarle que la respuesta sería un sí. Si el niño no hace caso, significa que los padres tampoco.

Ante esa premisa, ¿por qué no hacemos entonces mejor nuestro trabajo como padres y nos preocupamos por dejarle a nuestros hijos una buena educación? ¿O es acaso que olvidamos que ellos son el futuro?

Recordemos que destruir es muy fácil.


Es evidente y quizá en alguna ocasión usted mismo haya comprobado que el construir —no importa qué— es un proceso que toma su tiempo y es costoso. Destruir lo construido en cambio resulta muy fácil.

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Si ejemplificáramos esto sería algo así como colocar una barda perimetral en su propiedad. Para hacerla se requiere planificación, cemento, arena, madera, andamios, castillos, piedras, ladrillo o block a elegir y horas hombre de trabajo. Pero para tirarla sólo necesitaría planificación (si tiene usted el interés), un marro o máquina, horas hombre y listo.

En nuestro país la democracia se ha construido con el esfuerzo y la sangre de infinidad de personajes a través de la historia, y la educación ha jugado un papel fundamental en todo esto. Gracias a la visión de José Vasconcelos se creó la Secretaría de Educación Pública, por ejemplo, y se llevó a cabo una de las jornadas de alfabetización más intensas que se hayan registrado en cualquier país del mundo. Independientemente de la clase de ideología que se quisiera transmitir, el propósito era claro: llevar educación hasta los últimos rincones de México.

¿Qué pasó con tan noble propósito? La respuesta es sencilla: Aparecieron los sindicatos, la corrupción y la politización de la educación. Estos cánceres resultaron ser contaminantes a tan noble propósito de llevar conocimiento al que no sabe. Así, la educación abandonó por desgracia su función social, y con ello se echaron a perder los vínculos sociales básicos que le dan forma a todas las sociedades. Y la influencia de estos vínculos es fundamental, por eso se afirma que los ciudadanos son los que hacen a las sociedades y no al revés.

La pandemia y sus exigencias de sana distancia han puesto en evidencia hoy más que nunca el argumento anterior. Las clases virtuales, por ejemplo, han dado muestras de la falta de capacitación de los docentes y alumnos en estas tan necesarias plataformas propias del siglo XXI; pero también se ha visto la falta de interés de ciertos padres respecto a la educación de sus hijos.

Espero que nadie dude de que los hijos son un reflejo de sus padres, ¿y si el niño no hace caso ni presta atención en sus clases virtuales, significa que los padres tampoco tienen esa disciplina?

Sería un tema interesante para una investigación en temas educativos, pero casi podría apostarle que la respuesta sería un sí. Si el niño no hace caso, significa que los padres tampoco.

Ante esa premisa, ¿por qué no hacemos entonces mejor nuestro trabajo como padres y nos preocupamos por dejarle a nuestros hijos una buena educación? ¿O es acaso que olvidamos que ellos son el futuro?

Recordemos que destruir es muy fácil.


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