/ miércoles 1 de julio de 2020

Sin medias tintas | Redes, mentiras y polarización

Escuchaba con atención el relato de la experiencia de una amiga mía cuando asistió al IMSS porque estaba enferma de Covid-19. Le fue mal. Se le quebraba la voz al teléfono y era obvia su frustración e impotencia. La regresaron a su casa porque no había espacio para atender su insuficiencia respiratoria. Tendría que manejárselas sola.

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Como madre soltera, preparada, informada y luchona, la mayor preocupación de Elvira era su único hijo. Ella siempre fue cuidadosa, estaba obsesionada con la sanitización desde el inicio de la pandemia. Y le creo cuando me dice que sólo salía al supermercado cada 15 días para atender las necesidades básicas de ambos.

Usaba guantes, cubrebocas, careta, y desinfectaba las manos, tarjetas, monedero, dinero y zapatos antes de subir al auto. Al llegar a casa era el mismo ritual, pero también se quitaba la ropa, se bañaba y después desinfectaba las compras, incluyendo los espacios donde las había colocado. Todo como debía de hacerse.

Su preocupación comenzó al primer malestar de garganta y posterior fiebre repentina de su hijo de 10 años. En su mente le parecía imposible que fuera Covid-19, pero cuando al día siguiente el niño estuvo mejor y ella comenzó con una sensación de boca amarga y dolor de garganta, no tuvo dudas; se habían contagiado. El niño reaccionó bien, pero ella no, y se le fue complicando hasta tener insuficiencia respiratoria. Afortunadamente ya está mejor.

Y pensar que todavía hay personas que no creen en el virus.

Defiendo la tesis de que las circunstancias que estamos viviendo son resultado de nuestra falta de educación. La buena educación es el tamiz que nos permite alejar las falsedades y darle paso sólo a la verdad, y cuando esta se conoce se asume la conciencia. En otras palabras, solo cuando somos capaces de conocer la verdad es posible dar pasos hacia adelante.

La ciencia es el vínculo necesario entre educación y verdad. Los que desprecian la ciencia tienen también poco interés en la educación, porque según ellos son obstáculos para el descubrimiento de una verdad que afectaría la consciencia social.

Con esto en mente y ante la circunstancia de mi amiga Elvira, me animé a hacer un experimento en Twitter. Lancé el video de un hospital nicaragüense donde se ven las pobres condiciones de atención a los pacientes por Covid-19, diciendo que era una clínica en Hermosillo. Quise medir reacciones de ciencia y educación ante la mentira; pero me sorprendí. Sólo observé polarización ideológica.

A los 10 retuits, personas que jamás habían interactuado conmigo desmentían el video y descalificaban al emisor, casi a los 100 retuits y 3 mil visualizaciones surgieron los analistas de videos dando razones del por qué era falso, a los 250 retuits aparecieron personajes de la vida pública —periodistas incluidos— referenciando las fake news. Para ese momento la polarización se incrementaba y el nivel de debate disminuía cada vez más. En menos de 8 horas alcancé las 25 mil 013 impresiones y 10 mil 235 vistas, y después de evaluar resultados, borré el video.

Lo curioso es que mis mensajes de la importancia de quedarse en casa y hacerle caso a la ciencia apenas se replicaron.

Escuchaba con atención el relato de la experiencia de una amiga mía cuando asistió al IMSS porque estaba enferma de Covid-19. Le fue mal. Se le quebraba la voz al teléfono y era obvia su frustración e impotencia. La regresaron a su casa porque no había espacio para atender su insuficiencia respiratoria. Tendría que manejárselas sola.

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Como madre soltera, preparada, informada y luchona, la mayor preocupación de Elvira era su único hijo. Ella siempre fue cuidadosa, estaba obsesionada con la sanitización desde el inicio de la pandemia. Y le creo cuando me dice que sólo salía al supermercado cada 15 días para atender las necesidades básicas de ambos.

Usaba guantes, cubrebocas, careta, y desinfectaba las manos, tarjetas, monedero, dinero y zapatos antes de subir al auto. Al llegar a casa era el mismo ritual, pero también se quitaba la ropa, se bañaba y después desinfectaba las compras, incluyendo los espacios donde las había colocado. Todo como debía de hacerse.

Su preocupación comenzó al primer malestar de garganta y posterior fiebre repentina de su hijo de 10 años. En su mente le parecía imposible que fuera Covid-19, pero cuando al día siguiente el niño estuvo mejor y ella comenzó con una sensación de boca amarga y dolor de garganta, no tuvo dudas; se habían contagiado. El niño reaccionó bien, pero ella no, y se le fue complicando hasta tener insuficiencia respiratoria. Afortunadamente ya está mejor.

Y pensar que todavía hay personas que no creen en el virus.

Defiendo la tesis de que las circunstancias que estamos viviendo son resultado de nuestra falta de educación. La buena educación es el tamiz que nos permite alejar las falsedades y darle paso sólo a la verdad, y cuando esta se conoce se asume la conciencia. En otras palabras, solo cuando somos capaces de conocer la verdad es posible dar pasos hacia adelante.

La ciencia es el vínculo necesario entre educación y verdad. Los que desprecian la ciencia tienen también poco interés en la educación, porque según ellos son obstáculos para el descubrimiento de una verdad que afectaría la consciencia social.

Con esto en mente y ante la circunstancia de mi amiga Elvira, me animé a hacer un experimento en Twitter. Lancé el video de un hospital nicaragüense donde se ven las pobres condiciones de atención a los pacientes por Covid-19, diciendo que era una clínica en Hermosillo. Quise medir reacciones de ciencia y educación ante la mentira; pero me sorprendí. Sólo observé polarización ideológica.

A los 10 retuits, personas que jamás habían interactuado conmigo desmentían el video y descalificaban al emisor, casi a los 100 retuits y 3 mil visualizaciones surgieron los analistas de videos dando razones del por qué era falso, a los 250 retuits aparecieron personajes de la vida pública —periodistas incluidos— referenciando las fake news. Para ese momento la polarización se incrementaba y el nivel de debate disminuía cada vez más. En menos de 8 horas alcancé las 25 mil 013 impresiones y 10 mil 235 vistas, y después de evaluar resultados, borré el video.

Lo curioso es que mis mensajes de la importancia de quedarse en casa y hacerle caso a la ciencia apenas se replicaron.

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