/ miércoles 12 de agosto de 2020

Sin medias tintas | ¿Y cómo le haremos?

El nuevo coronavirus ha sacudido al mundo, y si 1 de cada 10 mexicanos todavía no cree que existe tal virus, con mayor razón nuestro país no escapará de resentir las consecuencias.

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Las afectaciones han ido en cascada y por niveles, y son cada vez más preocupantes.

Con millones de personas sin ingresos, es prácticamente seguro de que la violencia y la inseguridad se recrudezcan. Con miles de medianas y pequeñas empresas que se han ido a la quiebra, es igualmente segura la desestabilidad social a causa del desempleo.

Las dudas parecen no terminar si nos enfocamos en el sector educativo, más ahora que ya se tiene fecha de inicio para el ciclo escolar. Y las preguntas van por partida quíntuple: Maestros, padres, alumnos, administrativos, y escuelas particulares.

Los maestros no sólo nos preguntamos si será posible mantener a los alumnos atentos en clases virtuales, o si las planificaciones de contenidos serán suficientes y correctas para garantizar el aprendizaje sin nuestra presencia, también nos preguntamos cuál será el resultado de la calidad de lo aprendido.

Ante la imposibilidad de recurrir a los abuelos, los padres nos preguntamos quiénes se harán cargo de los niños mientras salimos a trabajar o a buscar trabajo, o si les bastará a los niños estar frente a la televisión para adquirir los conocimientos necesarios o tendremos que estar ayudándolos para resolver dudas en apoyo a los docentes.

Ante la brecha tecnológica y la falta de habilidades técnicas, algunos alumnos se preguntan cómo deberán atender las clases y cómo se evaluarán las asignaciones —al parecer no habrá tareas— y enviarán las evidencias del trabajo en casa.

La pandemia vino a desnudar las debilidades y carencias de un sistema educativo mexicano de por sí vapuleado y criticado, y que no termina de cuajar después de casi 100 años.

Hay muchos responsables de esta tragedia educativa en nuestro país, sin duda. Pero al final, la que termina siendo responsable es la más afectada: La sociedad. No hemos sido capaces de organizarnos para exigir una educación (de calidad) garantizada por la Constitución. Sólo protestamos cuando queremos expulsar a un maestro porque le gritó feo a nuestro niño o cuando no queremos pagar una cuota de “recuperación”.

Recordemos que los ciudadanos hacen las sociedades y no al revés, y que la educación no sólo es el motor que mueve a las naciones sino también la que le da sustentabilidad para enfrentar, defender, mantener e impulsar su lugar en el mundo globalizado. El mundo no cambiará aunque cerremos los ojos. La cuestión es que los tenemos cerrados desde hace mucho tiempo y no hemos sido nosotros los beneficiados, ¿o sí?


El nuevo coronavirus ha sacudido al mundo, y si 1 de cada 10 mexicanos todavía no cree que existe tal virus, con mayor razón nuestro país no escapará de resentir las consecuencias.

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Las afectaciones han ido en cascada y por niveles, y son cada vez más preocupantes.

Con millones de personas sin ingresos, es prácticamente seguro de que la violencia y la inseguridad se recrudezcan. Con miles de medianas y pequeñas empresas que se han ido a la quiebra, es igualmente segura la desestabilidad social a causa del desempleo.

Las dudas parecen no terminar si nos enfocamos en el sector educativo, más ahora que ya se tiene fecha de inicio para el ciclo escolar. Y las preguntas van por partida quíntuple: Maestros, padres, alumnos, administrativos, y escuelas particulares.

Los maestros no sólo nos preguntamos si será posible mantener a los alumnos atentos en clases virtuales, o si las planificaciones de contenidos serán suficientes y correctas para garantizar el aprendizaje sin nuestra presencia, también nos preguntamos cuál será el resultado de la calidad de lo aprendido.

Ante la imposibilidad de recurrir a los abuelos, los padres nos preguntamos quiénes se harán cargo de los niños mientras salimos a trabajar o a buscar trabajo, o si les bastará a los niños estar frente a la televisión para adquirir los conocimientos necesarios o tendremos que estar ayudándolos para resolver dudas en apoyo a los docentes.

Ante la brecha tecnológica y la falta de habilidades técnicas, algunos alumnos se preguntan cómo deberán atender las clases y cómo se evaluarán las asignaciones —al parecer no habrá tareas— y enviarán las evidencias del trabajo en casa.

La pandemia vino a desnudar las debilidades y carencias de un sistema educativo mexicano de por sí vapuleado y criticado, y que no termina de cuajar después de casi 100 años.

Hay muchos responsables de esta tragedia educativa en nuestro país, sin duda. Pero al final, la que termina siendo responsable es la más afectada: La sociedad. No hemos sido capaces de organizarnos para exigir una educación (de calidad) garantizada por la Constitución. Sólo protestamos cuando queremos expulsar a un maestro porque le gritó feo a nuestro niño o cuando no queremos pagar una cuota de “recuperación”.

Recordemos que los ciudadanos hacen las sociedades y no al revés, y que la educación no sólo es el motor que mueve a las naciones sino también la que le da sustentabilidad para enfrentar, defender, mantener e impulsar su lugar en el mundo globalizado. El mundo no cambiará aunque cerremos los ojos. La cuestión es que los tenemos cerrados desde hace mucho tiempo y no hemos sido nosotros los beneficiados, ¿o sí?