/ martes 15 de septiembre de 2020

Tiempos y realidades | Justicia y frustración

En algún u otro momento de nuestra vida hemos escuchado hablar de la Revolución Francesa, un acontecimiento que cimbró el mundo occidental tanto por las ideas filosóficas y políticas que se enarbolaron como por los acontecimientos violentos que caracterizaron muchos de los actos revolucionarios; de entre estos destaca la llamada época del terror que abarcó de septiembre de 1793 a la primavera de 1794. En el transcurso de estos meses los tribunales revolucionarios funcionaron día y noche para juzgar a cualquier persona sospechosa de traición de la patria, la mayoría de los cuales fueron guillotinados.

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Lo sucedido durante la Revolución Francesa no es el único acontecimiento social radicalizado que ha existido. Lo importante no es si estos acontecimientos son buenos o malos. Antes que juzgar, lo que debemos hacer es tratar de entender por qué se llega a extremos como las tomas de edificios, las huelgas de hambre, los grafitis, la violencia física y simbólica. ¿Cuál es el motivo de estos radicalismos?, sin duda la frustración ante la falta de soluciones para problemas cuya gravedad se va agudizando. Los feminicidios son justamente uno de esos problemas.

Los feminicidios son un problema que conforme va pasando el tiempo se agrava. La violencia contra las mujeres ha alcanzado proporciones alarmantes que se pueden ver desde tres perspectivas, primero en la estadística de fallecimiento cuyos números se incrementan día a día. La segunda perspectiva pone el foco en la justicia, ¿cuántos de los feminicidas están en la cárcel?, ¿cuántos de los que están en ella recibieron una sentencia acorde con el crimen cometido?, el tercer enfoque nos remite a una situación, si cabe, aún más grave, el ambiente de violencia física y simbólica en el que vivimos.

Las mujeres hemos marchado, hemos firmado peticiones, hemos asistido a foros, hemos organizado y participado en eventos de todo tipo para pedir justicia para las mujeres asesinadas. Ante la falta de respuesta y el imparable índice de feminicidios la frustración y el enojo son reacciones naturales, ¿cómo expresarlas?, eso depende de cada persona y cada grupo, lo cierto es que ante grandes males grandes remedios. La destrucción de bienes materiales y simbólicos pueden considerarse vandalismo, pero ante la inercia de las instituciones y la desesperación, ¿qué puede esperarse? La respuesta se ha tenido a la vista con la toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.


En algún u otro momento de nuestra vida hemos escuchado hablar de la Revolución Francesa, un acontecimiento que cimbró el mundo occidental tanto por las ideas filosóficas y políticas que se enarbolaron como por los acontecimientos violentos que caracterizaron muchos de los actos revolucionarios; de entre estos destaca la llamada época del terror que abarcó de septiembre de 1793 a la primavera de 1794. En el transcurso de estos meses los tribunales revolucionarios funcionaron día y noche para juzgar a cualquier persona sospechosa de traición de la patria, la mayoría de los cuales fueron guillotinados.

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Lo sucedido durante la Revolución Francesa no es el único acontecimiento social radicalizado que ha existido. Lo importante no es si estos acontecimientos son buenos o malos. Antes que juzgar, lo que debemos hacer es tratar de entender por qué se llega a extremos como las tomas de edificios, las huelgas de hambre, los grafitis, la violencia física y simbólica. ¿Cuál es el motivo de estos radicalismos?, sin duda la frustración ante la falta de soluciones para problemas cuya gravedad se va agudizando. Los feminicidios son justamente uno de esos problemas.

Los feminicidios son un problema que conforme va pasando el tiempo se agrava. La violencia contra las mujeres ha alcanzado proporciones alarmantes que se pueden ver desde tres perspectivas, primero en la estadística de fallecimiento cuyos números se incrementan día a día. La segunda perspectiva pone el foco en la justicia, ¿cuántos de los feminicidas están en la cárcel?, ¿cuántos de los que están en ella recibieron una sentencia acorde con el crimen cometido?, el tercer enfoque nos remite a una situación, si cabe, aún más grave, el ambiente de violencia física y simbólica en el que vivimos.

Las mujeres hemos marchado, hemos firmado peticiones, hemos asistido a foros, hemos organizado y participado en eventos de todo tipo para pedir justicia para las mujeres asesinadas. Ante la falta de respuesta y el imparable índice de feminicidios la frustración y el enojo son reacciones naturales, ¿cómo expresarlas?, eso depende de cada persona y cada grupo, lo cierto es que ante grandes males grandes remedios. La destrucción de bienes materiales y simbólicos pueden considerarse vandalismo, pero ante la inercia de las instituciones y la desesperación, ¿qué puede esperarse? La respuesta se ha tenido a la vista con la toma de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.