/ viernes 19 de marzo de 2021

Vicente Rojo fue un catalán muy mexicano

Con una retrospectiva de su obra, autoridades culturales rendirán un homenaje nacional al pintor, escultor y diseñador gráfico Vicente Rojo

Nunca le gustaron los elogios. De su trabajo hacía mucho y hablaba poco. Se negaba a que le tomaran fotografías o le hicieran publicidad. Vicente Rojo fue un transgresor hasta cuando se trató del autoelogio. Así fue uno de los protagonistas de la generación de artistas plásticos que dejó atrás el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros para adentrarse en nuevas identidades.

¿Para qué pintar la lucha revolucionaria si ésta ya había terminado hacía una década sin dejar lo que había prometido? Fue la pregunta que se hizo no sólo Vicente Rojo, sino toda la Generación de la Ruptura a la que perteneció. Una camada de pintores que vio obsoleta y hasta chovinista la escuela —casi obligatoria— que habían dejado los grandes muralistas. ¿En verdad era necesario seguir hablando de política en la pintura?

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Vicente Rojo llegó a México a los 17 años. Su padre, Francisco, miembro del Partido Socialista y combatiente republicano, había arribado una década atrás. Era uno de los tripulantes del Ipanema, el barco de vapor que trajo a Veracruz otros 994 refugiados españoles que huían del franquismo.

La familia Rojo se instaló en la Narvarte, que por entonces era el arquetipo de colonia de la nueva y aspiracional clase media mexicana, esa que ya se quería sacudir el sombrero y abría la ventana hacia nuevos horizontes. Rojo, de cierto modo, fue un cosmopolita desde pequeño.

Tanto sus antecesores como muchos de sus contemporáneos quisieron desentrañar la verdadera identidad del mexicano. Él no. Quizás porque su identidad siempre fue volátil. Más que el peso en aquellas épocas.

Foto Cuartoscuro

“Dilapidó como pocos la conciencia de lo nacional”, escribió la periodista Pilar Jiménez Trejo en un artículo publicado en la Revista de la Universidad en 2012. En ese mismo texto, Vicente Rojo le concedió una reveladora entrevista, en la que le preguntan: “¿qué tan mexicano se siente usted?”. Él respondió: “Hay quienes tratan de descifrar la identidad del mexicano, y creo que, precisamente, esa identidad es lo indescifrable. Eso es lo que más me atrae de México: esa manera de estar siempre en movimiento le da una riqueza cultural muy viva, ágil, dinámica y creativa. Hace imposible que se pueda definir, lo cual me deja muy tranquilo. México es para mí un misterio que no quisiera aclarar nunca”.

Rojo jamás se definió como un pintor, porque serlo, decía, entraña serias responsabilidades que no podía asumir. A él sólo le gustaba crear. Y sí, al final fue pintor, escultor, diseñador, tipógrafo y editor. Sus obras están en los museos más reconocidos del mundo, pero también en la vida diaria. En el logotipo y la identidad gráfica del periódico La Jornada; en las portadas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, y La Feria, de Juan José Arreola. También fundó y dirigió ERA, la editorial que publicó a los más importantes escritores latinoamericanos de las décadas de 1960 y 1970, entre ellos Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Revueltas, Elena Poniatowska, Augusto Monterroso y Fernando Benítez.

Desde muy joven se inscribió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, la cual abandonó pronto para trabajar como asistente del pintor Miguel Prieto en la oficina de Ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes. Allí tuvo sus primeros acercamientos a la gráfica; después llegarían sus aproximaciones a la pintura y la escultura, terrenos en los que se convirtió en uno de los mayores impulsores y representantes del abstraccionismo.

Pese a que su obra plástica llegó a las galerías y los museos más prestigiados del mundo, Rojo jamás vio hacia abajo el diseño gráfico. Cuando la Universidad Iberoamericana le otorgó el doctorado honoris causa, dijo: “El diseño es un canto capaz de atraer a su destinatario, a su lector, si es un libro, una revista o un catálogo, o a un espectador, si se trata de un cartel para una exposición o una película; es decir, una tarea de ninguna manera menor que me ha permitido tener los pies en la tierra y, desde mi timidez de antaño, comunicarme con los demás”.

En 1991, Vicente Rojo recibió el Premio Nacional de las Artes que otorgaba el antes llamado Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), así como la Medalla al Mérito en las Bellas Artes que le otorgó el gobierno español. En 1992, la Asociación Internacional Icograda lo distinguió con el Premio de Excelencia en Diseño Gráfico. Al año siguiente fue designado Creador Emérito por el Sistema Nacional de Creadores de Arte, y en 1994, miembro de El Colegio Nacional. En 1998, la UNAM le confirió el doctorado Honoris Causa.

Alguna vez, cuando le preguntaron sobre su generación, la de la Ruptura, respondió: “A mi generación le ha tocado un ambiente un poco más libre, más natural, donde hemos podido hacer nuestra obra sin tanta preocupación como lo hiciera la generación anterior a la nuestra que sí fue la que en definitiva rompió con los viejos moldes de la pintura mexicana. Pintores como Soriano, Pedro Coronel, Gironella, Vlady, Felguérez, abrieron la pelea en la que Cuevas fue el vocero más destacado”. Ninguno de los mencionados sigue con vida. Vicente Rojo también dejó de existir, pero su legado forma parte fundamental del arte mexicano del siglo XX y las primeras dos décadas del XXI.


Nunca le gustaron los elogios. De su trabajo hacía mucho y hablaba poco. Se negaba a que le tomaran fotografías o le hicieran publicidad. Vicente Rojo fue un transgresor hasta cuando se trató del autoelogio. Así fue uno de los protagonistas de la generación de artistas plásticos que dejó atrás el muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros para adentrarse en nuevas identidades.

¿Para qué pintar la lucha revolucionaria si ésta ya había terminado hacía una década sin dejar lo que había prometido? Fue la pregunta que se hizo no sólo Vicente Rojo, sino toda la Generación de la Ruptura a la que perteneció. Una camada de pintores que vio obsoleta y hasta chovinista la escuela —casi obligatoria— que habían dejado los grandes muralistas. ¿En verdad era necesario seguir hablando de política en la pintura?

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Vicente Rojo llegó a México a los 17 años. Su padre, Francisco, miembro del Partido Socialista y combatiente republicano, había arribado una década atrás. Era uno de los tripulantes del Ipanema, el barco de vapor que trajo a Veracruz otros 994 refugiados españoles que huían del franquismo.

La familia Rojo se instaló en la Narvarte, que por entonces era el arquetipo de colonia de la nueva y aspiracional clase media mexicana, esa que ya se quería sacudir el sombrero y abría la ventana hacia nuevos horizontes. Rojo, de cierto modo, fue un cosmopolita desde pequeño.

Tanto sus antecesores como muchos de sus contemporáneos quisieron desentrañar la verdadera identidad del mexicano. Él no. Quizás porque su identidad siempre fue volátil. Más que el peso en aquellas épocas.

Foto Cuartoscuro

“Dilapidó como pocos la conciencia de lo nacional”, escribió la periodista Pilar Jiménez Trejo en un artículo publicado en la Revista de la Universidad en 2012. En ese mismo texto, Vicente Rojo le concedió una reveladora entrevista, en la que le preguntan: “¿qué tan mexicano se siente usted?”. Él respondió: “Hay quienes tratan de descifrar la identidad del mexicano, y creo que, precisamente, esa identidad es lo indescifrable. Eso es lo que más me atrae de México: esa manera de estar siempre en movimiento le da una riqueza cultural muy viva, ágil, dinámica y creativa. Hace imposible que se pueda definir, lo cual me deja muy tranquilo. México es para mí un misterio que no quisiera aclarar nunca”.

Rojo jamás se definió como un pintor, porque serlo, decía, entraña serias responsabilidades que no podía asumir. A él sólo le gustaba crear. Y sí, al final fue pintor, escultor, diseñador, tipógrafo y editor. Sus obras están en los museos más reconocidos del mundo, pero también en la vida diaria. En el logotipo y la identidad gráfica del periódico La Jornada; en las portadas de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, y La Feria, de Juan José Arreola. También fundó y dirigió ERA, la editorial que publicó a los más importantes escritores latinoamericanos de las décadas de 1960 y 1970, entre ellos Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, José Revueltas, Elena Poniatowska, Augusto Monterroso y Fernando Benítez.

Desde muy joven se inscribió en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, la cual abandonó pronto para trabajar como asistente del pintor Miguel Prieto en la oficina de Ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes. Allí tuvo sus primeros acercamientos a la gráfica; después llegarían sus aproximaciones a la pintura y la escultura, terrenos en los que se convirtió en uno de los mayores impulsores y representantes del abstraccionismo.

Pese a que su obra plástica llegó a las galerías y los museos más prestigiados del mundo, Rojo jamás vio hacia abajo el diseño gráfico. Cuando la Universidad Iberoamericana le otorgó el doctorado honoris causa, dijo: “El diseño es un canto capaz de atraer a su destinatario, a su lector, si es un libro, una revista o un catálogo, o a un espectador, si se trata de un cartel para una exposición o una película; es decir, una tarea de ninguna manera menor que me ha permitido tener los pies en la tierra y, desde mi timidez de antaño, comunicarme con los demás”.

En 1991, Vicente Rojo recibió el Premio Nacional de las Artes que otorgaba el antes llamado Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), así como la Medalla al Mérito en las Bellas Artes que le otorgó el gobierno español. En 1992, la Asociación Internacional Icograda lo distinguió con el Premio de Excelencia en Diseño Gráfico. Al año siguiente fue designado Creador Emérito por el Sistema Nacional de Creadores de Arte, y en 1994, miembro de El Colegio Nacional. En 1998, la UNAM le confirió el doctorado Honoris Causa.

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