/ viernes 22 de mayo de 2020

HMO Cuéntame tu Historia | El día que los yaquis atacaron el rancho El Sapo en 1907

Corría el año de 1907 y la relación de los yaquis y los blancos no eran nada buenas, el rancho El Sapo se encontraba casi solo

El rancho El Sapo está a menos de 60 kilómetros de Hermosillo, llegando por la Carretera 26, conocida también como del “Palo Verde". Su historia data aproximadamente del año 1860 y su nombre hace alusión precisamente a un enorme sapo que se encontró al estar cavando el pozo del lugar, en una profundidad inusual para la especie.

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Corría el año de 1907 y la relación de los yaquis y los blancos no eran nada buenas. El rancho El Sapo se encontraba casi solo, pues la mayoría de los hombres se había trasladado a Las Placitas, un poblado de Villa de Seris. Era la cosecha del trigo, labor de mucho trabajo, pues no existían maquinarias modernas; la gente usaba su hoz para cortar, lo juntaban en gavillas, lo acarreaban con carretas de mulas y el trigo eras pisoteados por caballos, después de amontonarlo en parveas y por último lo aventaban al aire con palas de maderas para que se volara el mochota y después a ponerlos en sacos.

Esa mañana don Tomás Bourjac después de saborear su primera taza de café se dirigió a los bebederos, lugar donde todos los días el ganado bajaba a tomar agua.

De repente miró un grupo de yaquis armados que lo atemorizó y lo hizo regresar a su casa velozmente, sólo que ésta ya estaba rodeada por otro grupo. Don Tomás se dio cuenta que el lugar estaba infestado y que estaba a la merced de sus atacantes, que no perdieron tiempo y lo atacaron de una forma certera, cayendo muerto de inmediato.

Cortesía | Carlos Valenzuela

Una de sus hijas, ya señorita, tratando de defenderlo también recibió una bala, que afortunadamente no fue mortal. El mismo destino tuvo don Juan, un cieguito que tocaba el violín, quien fue atacado cobardemente cuando estaba sentado dentro de su choza y fue golpeado con un mazo en la cabeza.

Un poco alejado, y al poniente, estaba una casita aparentemente abandonada, sólo que la noche anterior había sido ocupada por tres indios pápagos, etnia reconocida por ser pacífica con los blancos, pero buenos cazadores, además enemigos de los apaches y de los yaquis. Estos hombres, al mirar el ataque, se escondieron tras un mezquite y desde ahí dispararon en contra de los yaquis haciéndolos huir, no sin antes haber recibido uno de ellos un disparo que no tuvo consecuencias mayores.

El saldo de este ataque al rancho fue de dos lugareños y un yaqui muertos, así como un pápago y una mujer herida.

Hoy se sabe que fue sólo un pápago el que traía arma y que hizo huir al enemigo, sólo se conoce que su nombre fue Antonio y en honor a él hubo una escuela que llevó su nombre: Antonio Torres.

Cortesía | Carlos Valenzuela

Otro dato curioso, es que en El Sapo vivían más yaquis “pacíficos” los cuales no intervinieron con uno ni con otro bando, cosa que hace sospechar que éstos daban el “pitazo” de cuando se quedaba solo el poblado, al irse a trabajar a Las Placitas la mayoría de los hombres.

Quizá este hecho sea intrascendente para la historia de Sonora y del país, pero creo que las personas que fueron salvadas por Antonio Torres no piensan lo mismo.

* Esta historia fue una investigación del doctor Gastón Cano Ávila, a la cual me permití hacer un resumen.

El rancho El Sapo está a menos de 60 kilómetros de Hermosillo, llegando por la Carretera 26, conocida también como del “Palo Verde". Su historia data aproximadamente del año 1860 y su nombre hace alusión precisamente a un enorme sapo que se encontró al estar cavando el pozo del lugar, en una profundidad inusual para la especie.

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Corría el año de 1907 y la relación de los yaquis y los blancos no eran nada buenas. El rancho El Sapo se encontraba casi solo, pues la mayoría de los hombres se había trasladado a Las Placitas, un poblado de Villa de Seris. Era la cosecha del trigo, labor de mucho trabajo, pues no existían maquinarias modernas; la gente usaba su hoz para cortar, lo juntaban en gavillas, lo acarreaban con carretas de mulas y el trigo eras pisoteados por caballos, después de amontonarlo en parveas y por último lo aventaban al aire con palas de maderas para que se volara el mochota y después a ponerlos en sacos.

Esa mañana don Tomás Bourjac después de saborear su primera taza de café se dirigió a los bebederos, lugar donde todos los días el ganado bajaba a tomar agua.

De repente miró un grupo de yaquis armados que lo atemorizó y lo hizo regresar a su casa velozmente, sólo que ésta ya estaba rodeada por otro grupo. Don Tomás se dio cuenta que el lugar estaba infestado y que estaba a la merced de sus atacantes, que no perdieron tiempo y lo atacaron de una forma certera, cayendo muerto de inmediato.

Cortesía | Carlos Valenzuela

Una de sus hijas, ya señorita, tratando de defenderlo también recibió una bala, que afortunadamente no fue mortal. El mismo destino tuvo don Juan, un cieguito que tocaba el violín, quien fue atacado cobardemente cuando estaba sentado dentro de su choza y fue golpeado con un mazo en la cabeza.

Un poco alejado, y al poniente, estaba una casita aparentemente abandonada, sólo que la noche anterior había sido ocupada por tres indios pápagos, etnia reconocida por ser pacífica con los blancos, pero buenos cazadores, además enemigos de los apaches y de los yaquis. Estos hombres, al mirar el ataque, se escondieron tras un mezquite y desde ahí dispararon en contra de los yaquis haciéndolos huir, no sin antes haber recibido uno de ellos un disparo que no tuvo consecuencias mayores.

El saldo de este ataque al rancho fue de dos lugareños y un yaqui muertos, así como un pápago y una mujer herida.

Hoy se sabe que fue sólo un pápago el que traía arma y que hizo huir al enemigo, sólo se conoce que su nombre fue Antonio y en honor a él hubo una escuela que llevó su nombre: Antonio Torres.

Cortesía | Carlos Valenzuela

Otro dato curioso, es que en El Sapo vivían más yaquis “pacíficos” los cuales no intervinieron con uno ni con otro bando, cosa que hace sospechar que éstos daban el “pitazo” de cuando se quedaba solo el poblado, al irse a trabajar a Las Placitas la mayoría de los hombres.

Quizá este hecho sea intrascendente para la historia de Sonora y del país, pero creo que las personas que fueron salvadas por Antonio Torres no piensan lo mismo.

* Esta historia fue una investigación del doctor Gastón Cano Ávila, a la cual me permití hacer un resumen.

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