/ jueves 17 de junio de 2021

"Quiero ser libre": Así desertó de la URSS Nuréyev hace 60 años

El bailarín soviético se instaló en París tras renunciar a su país hace 60 años, recuerda su amigo Pierre Lacotte

PARÍS. Una frase pronunciada en inglés hace 60 años en el aeropuerto parisino de Le Bourget por el bailarín soviético Rudolph Nuréyev (1938-1993) cambió para siempre el destino de la danza occidental.

"Yo le acompañé ese día, estuve presente en todo lo que sucedió", rememora su amigo y antiguo colega de trabajo Pierre Lacotte, de 89 años y todavía en activo como coreógrafo del Ballet en la Ópera de París.

La huida del régimen soviético de uno de los genios del ballet del siglo XX podía haber acabado de otra manera si no hubiesen convergido varias circunstancias. En aquel mayo de 1961, en plena Guerra Fría, Nuréyev, de 23 años, había impresionado al público y la crítica parisina con sus representaciones con la prestigiosa compañía Kirov, basada en San Petesburgo (denominada entonces Leningrado). Era su primer viaje fuera de la URSS.

Desafiando la vigilancia del servicio secreto soviético (KGB), el talentoso bailarín llevó durante aquellas semanas en París una vida de ocio, llena de cenas, almuerzos o visitas a Versalles.

"Yo le acompañé a varios sitios, estuve siempre con él", recuerda Lacotte. También formaba parte del grupo de amigos una joven de origen chileno llamada Clara Saint, cuyo papel en el asilo de Nuréyev resultó ser clave.

El 16 de junio de 1961 debía partir con la compañía a Londres. "El día que se iba le llamé y le pregunté, ¿quieres que te acompañe?", expone. "Y menos mal que fui".

En el aeropuerto de Le Bourget, Lacotte toma un café con los miembros de la compañía, Nuréyev incluido. En ese momento, el bailarín se da cuenta que no volará a Londres con el resto de la compañía sino a Moscú. El precio a pagar por su irreverente comportamiento en París.

"Si salgo de aquí no regresaré más a Europa", dijo un asustado Nuréyev a Lacotte. Fue entonces cuando este último llamó a Clara Saint para ayudarlos.

Saint, que era la prometida de uno de los hijos del ministro de Cultura de la época, André Malraux, culminó el trabajo entrando en contacto con la policía francesa.

Fue entonces cuando el bailarín ruso pronunció, en inglés y ante unos agentes franceses, la célebre frase: "I want to be free" (quiero ser libre). La KGB no pudo hacer nada para impedirlo.

El resto ya es historia. "Aquel día lloró mucho, llamó a su madre, su padre no quiso hablar con él. Su madre le dijo '¿pero te das cuenta de lo que estás haciendo? Es muy grave'".

A lo que él respondió: "Mamá, lo que no me has preguntado es si estando aquí soy feliz. Sí lo soy y eso es lo más importante".

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Nuréyev obtuvo estatuto de refugiado político en Francia y fue considerado un traidor en la URSS. Triunfó en los principales escenarios del mundo, como uno de los mejores bailarines del siglo XX.

Solo regresó a su lugar de nacimiento en los años 80, cuando su madre estaba moribunda y en plena perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Su apasionante vida y obra han inspirado a la literatura y el cine. El Bailarín, una película de 2019 dirigida por Ralph Fiennes, ha sido una de las últimas en bucear en su recorrido.

UN LEGADO PARA LA HISTORIA

"Él aportó sin duda algo extraordinario a la danza occidental. Si hubiese regresado a la URSS seguramente no habría tenido la misma influencia que tuvo en las grandes compañías del mundo", explica Thierry Fouquet, vicepresidente de la Fundación Nuréyev.

Fouquet, de 70 años, conoció al bailarín en 1974 y trabajaron juntos durante cuatro "apasionantes" años en la Ópera de París, Nuréyev era director del ballet; Fouquet, el administrador.

"Conversaba mucho con él, no era alguien de dejar las cosas por escrito, le gustaba charlar de todo, del cine, el teatro, la música y del asunto de Le Bourget hablaba poco, le interesaba más el presente y el futuro", explica.

Era, eso sí, alguien "exigente y muy autoritario" en el trabajo. "Hacía falta mucha suavidad para convencerle de algo, era mejor evitar los enfrentamientos directos".

El genio de la danza clásica murió en 1993 por culpa del sida que había contraído en los 80. Desde la Fundación que dirige Fouquet, uno de los cometidos es la lucha contra esa enfermedad que fue una lacra en aquella década.

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Nuréyev no está enterrado en los famosos cementerios parisinos de Père Lachaise, Montmartre o Montparnasse, donde descansan tantas celebridades. Sus restos duermen en el cementerio ruso de una pequeña localidad a media hora de París, Sainte-Genevieve des Bois, cerca del premio Nobel de Literatura Ivan Bunin, el cineasta Andréi Tarkovski o miembros exiliados de la familia imperial rusa.

En este pequeño cementerio, muy poco visitado, un sublime mosaico en forma de alfombra, de inspiración oriental y diseñado por el italiano Ezio Frigerio, cubre la sepultura del "Señor de la Danza".


PARÍS. Una frase pronunciada en inglés hace 60 años en el aeropuerto parisino de Le Bourget por el bailarín soviético Rudolph Nuréyev (1938-1993) cambió para siempre el destino de la danza occidental.

"Yo le acompañé ese día, estuve presente en todo lo que sucedió", rememora su amigo y antiguo colega de trabajo Pierre Lacotte, de 89 años y todavía en activo como coreógrafo del Ballet en la Ópera de París.

La huida del régimen soviético de uno de los genios del ballet del siglo XX podía haber acabado de otra manera si no hubiesen convergido varias circunstancias. En aquel mayo de 1961, en plena Guerra Fría, Nuréyev, de 23 años, había impresionado al público y la crítica parisina con sus representaciones con la prestigiosa compañía Kirov, basada en San Petesburgo (denominada entonces Leningrado). Era su primer viaje fuera de la URSS.

Desafiando la vigilancia del servicio secreto soviético (KGB), el talentoso bailarín llevó durante aquellas semanas en París una vida de ocio, llena de cenas, almuerzos o visitas a Versalles.

"Yo le acompañé a varios sitios, estuve siempre con él", recuerda Lacotte. También formaba parte del grupo de amigos una joven de origen chileno llamada Clara Saint, cuyo papel en el asilo de Nuréyev resultó ser clave.

El 16 de junio de 1961 debía partir con la compañía a Londres. "El día que se iba le llamé y le pregunté, ¿quieres que te acompañe?", expone. "Y menos mal que fui".

En el aeropuerto de Le Bourget, Lacotte toma un café con los miembros de la compañía, Nuréyev incluido. En ese momento, el bailarín se da cuenta que no volará a Londres con el resto de la compañía sino a Moscú. El precio a pagar por su irreverente comportamiento en París.

"Si salgo de aquí no regresaré más a Europa", dijo un asustado Nuréyev a Lacotte. Fue entonces cuando este último llamó a Clara Saint para ayudarlos.

Saint, que era la prometida de uno de los hijos del ministro de Cultura de la época, André Malraux, culminó el trabajo entrando en contacto con la policía francesa.

Fue entonces cuando el bailarín ruso pronunció, en inglés y ante unos agentes franceses, la célebre frase: "I want to be free" (quiero ser libre). La KGB no pudo hacer nada para impedirlo.

El resto ya es historia. "Aquel día lloró mucho, llamó a su madre, su padre no quiso hablar con él. Su madre le dijo '¿pero te das cuenta de lo que estás haciendo? Es muy grave'".

A lo que él respondió: "Mamá, lo que no me has preguntado es si estando aquí soy feliz. Sí lo soy y eso es lo más importante".

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Solo regresó a su lugar de nacimiento en los años 80, cuando su madre estaba moribunda y en plena perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Su apasionante vida y obra han inspirado a la literatura y el cine. El Bailarín, una película de 2019 dirigida por Ralph Fiennes, ha sido una de las últimas en bucear en su recorrido.

UN LEGADO PARA LA HISTORIA

"Él aportó sin duda algo extraordinario a la danza occidental. Si hubiese regresado a la URSS seguramente no habría tenido la misma influencia que tuvo en las grandes compañías del mundo", explica Thierry Fouquet, vicepresidente de la Fundación Nuréyev.

Fouquet, de 70 años, conoció al bailarín en 1974 y trabajaron juntos durante cuatro "apasionantes" años en la Ópera de París, Nuréyev era director del ballet; Fouquet, el administrador.

"Conversaba mucho con él, no era alguien de dejar las cosas por escrito, le gustaba charlar de todo, del cine, el teatro, la música y del asunto de Le Bourget hablaba poco, le interesaba más el presente y el futuro", explica.

Era, eso sí, alguien "exigente y muy autoritario" en el trabajo. "Hacía falta mucha suavidad para convencerle de algo, era mejor evitar los enfrentamientos directos".

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