/ domingo 12 de septiembre de 2021

Val Kilmer muestra en Val cómo sobrevive tras el cáncer

Si algo queda claro en Val es que Kilmer es un hombre complejo

Llegar hasta las últimas consecuencias. A menudo la frase se repite para ilustrar hasta dónde van las convicciones de un ser humano. Val Kilmer hizo del dicho un hecho. Cuando estaba en la cima de su carrera, cuando el showbiz era el combustible de su orgullo, renunció al ego. Ya lo había decidido: quería culminar su carrera lejos del oropel de Batman. Y entonces emprendió su sueño: interpretar a Mark Twain, su gran ídolo primero en el teatro y luego, en el cine, dirigiendo la gran película americana que siempre deseó.

Pero ese momento jamás llegó. Un cáncer de garganta se opuso. Hoy, Val Kilmer habla con ayuda de un respirador. No puede comer ni respirar al mismo tiempo. Lejos quedaron los años de Jim Morrison: su voz ahora suena a mofle descompuesto.

Cuando se observa a una gran estrella de Hollywood reducida a su mínima expresión física, la tristeza o la compasión llegan casi en automático. No es el caso de Val Kilmer. Queda claro en el nuevo documental sobre su vida, Val (2021), que él mismo escribió y dirigió. Es la historia de su vida. Allí cuenta por qué se dedicó a la actuación y derriba algunos mitos sobre su iracundo carácter del que tantos colegas se quejaron.

En Batman forever, Kilmer se peleó a golpes con el director, Joel Schumacher, quien tiempo después dijo que el actor estadounidense era “irracional y voluble, difícil y psicótico”. También lo llamó “infantil, maleducado e imposible”. En este nuevo documental —disponible en Amazon Prime Video— Kilmer cuenta que prácticamente fue un robot. Todos le decían qué hacer y cómo decir. El traje de Batman ni siquiera le permitía moverse. Era como un mueble manejado a la voluntad del director y los productores.

También hay otra anécdota escabrosa. En La isla del doctor Moreau, le apagó un cigarro en la cara a un camarógrafo. Marlon Brando estaba en el elenco. Y se molestó tanto, que le aventó su celular y le increpó: “¡Jamás confundas el tamaño de tu cheque con el tamaño de tu ego!”. Nada sobre este episodio se cuenta en el documental. Val Kilmer se limitó a decir que Brando era su héroe y lamentó no haberlo conocido lo suficiente durante el rodaje.

Si algo queda claro en Val es que Kilmer es un hombre complejo. La preparación para los papeles que interpretaba solía ser obsesiva. Cuando Oliver Stone lo eligió para encarnar a Jim Morrison, se tomó muy en serio aquello de que el actor es en la medida que se despoja de su verdadera personalidad para asumir otra. Durante meses, casi literalmente, fue Morrison. Usó los mismos pantalones de cuero durante semanas. Recitaba en voz alta, gritaba, bebía: se llevó a los Doors a casa y la consecuencia fue el divorcio. Aquella separación de su esposa Joanne Whalley lo marcó para siempre.

También se habla sobre la trágica muerte de su hermano, quien se ahogó tras un ataque epiléptico. En buena parte, Val Kilmer se dedicó a la actuación por él. Y reconoce que, hasta la fecha, es una llaga que no sana.

Val es un remolino de sentimientos. Los sentimientos de un hombre que fue en la medida que no fue. Los sentimientos de un hombre que se entregó, casi patológicamente, a los escenarios. Val Kilmer está vivo y quiere que lo escuchen. Entendió, como Mark Twain, que la fama es un distractor del objetivo. El suyo, lo entendió tiempo después, es contar historias. Y aunque ya no pueda hablar ni actuar, lo dice claro apretando el botón de su máquina incrustada en la tráquea: “Me siento mejor a como me escuchan, créanme”.

Llegar hasta las últimas consecuencias. A menudo la frase se repite para ilustrar hasta dónde van las convicciones de un ser humano. Val Kilmer hizo del dicho un hecho. Cuando estaba en la cima de su carrera, cuando el showbiz era el combustible de su orgullo, renunció al ego. Ya lo había decidido: quería culminar su carrera lejos del oropel de Batman. Y entonces emprendió su sueño: interpretar a Mark Twain, su gran ídolo primero en el teatro y luego, en el cine, dirigiendo la gran película americana que siempre deseó.

Pero ese momento jamás llegó. Un cáncer de garganta se opuso. Hoy, Val Kilmer habla con ayuda de un respirador. No puede comer ni respirar al mismo tiempo. Lejos quedaron los años de Jim Morrison: su voz ahora suena a mofle descompuesto.

Cuando se observa a una gran estrella de Hollywood reducida a su mínima expresión física, la tristeza o la compasión llegan casi en automático. No es el caso de Val Kilmer. Queda claro en el nuevo documental sobre su vida, Val (2021), que él mismo escribió y dirigió. Es la historia de su vida. Allí cuenta por qué se dedicó a la actuación y derriba algunos mitos sobre su iracundo carácter del que tantos colegas se quejaron.

En Batman forever, Kilmer se peleó a golpes con el director, Joel Schumacher, quien tiempo después dijo que el actor estadounidense era “irracional y voluble, difícil y psicótico”. También lo llamó “infantil, maleducado e imposible”. En este nuevo documental —disponible en Amazon Prime Video— Kilmer cuenta que prácticamente fue un robot. Todos le decían qué hacer y cómo decir. El traje de Batman ni siquiera le permitía moverse. Era como un mueble manejado a la voluntad del director y los productores.

También hay otra anécdota escabrosa. En La isla del doctor Moreau, le apagó un cigarro en la cara a un camarógrafo. Marlon Brando estaba en el elenco. Y se molestó tanto, que le aventó su celular y le increpó: “¡Jamás confundas el tamaño de tu cheque con el tamaño de tu ego!”. Nada sobre este episodio se cuenta en el documental. Val Kilmer se limitó a decir que Brando era su héroe y lamentó no haberlo conocido lo suficiente durante el rodaje.

Si algo queda claro en Val es que Kilmer es un hombre complejo. La preparación para los papeles que interpretaba solía ser obsesiva. Cuando Oliver Stone lo eligió para encarnar a Jim Morrison, se tomó muy en serio aquello de que el actor es en la medida que se despoja de su verdadera personalidad para asumir otra. Durante meses, casi literalmente, fue Morrison. Usó los mismos pantalones de cuero durante semanas. Recitaba en voz alta, gritaba, bebía: se llevó a los Doors a casa y la consecuencia fue el divorcio. Aquella separación de su esposa Joanne Whalley lo marcó para siempre.

También se habla sobre la trágica muerte de su hermano, quien se ahogó tras un ataque epiléptico. En buena parte, Val Kilmer se dedicó a la actuación por él. Y reconoce que, hasta la fecha, es una llaga que no sana.

Val es un remolino de sentimientos. Los sentimientos de un hombre que fue en la medida que no fue. Los sentimientos de un hombre que se entregó, casi patológicamente, a los escenarios. Val Kilmer está vivo y quiere que lo escuchen. Entendió, como Mark Twain, que la fama es un distractor del objetivo. El suyo, lo entendió tiempo después, es contar historias. Y aunque ya no pueda hablar ni actuar, lo dice claro apretando el botón de su máquina incrustada en la tráquea: “Me siento mejor a como me escuchan, créanme”.

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