/ viernes 13 de diciembre de 2019

HMO Cuéntame tu historia | Ya huele a Navidad en Hermosillo 

Ya huele a Navidad y eso significa transportarme a mi niñez y recordar que unos dos días antes de que llegara la fecha escuchaba a mis papás decir: “vayan haciéndole la carta al Santa Claus”

Ya huele a Navidad y eso significa transportarme a mi niñez y recordar que unos dos días antes de que llegara la fecha escuchaba a mis papás decir: “vayan haciéndole la carta al Santa Claus”.

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Dichos documentos los empezábamos a escribir más o menos así: “Querido Santa, me porté bien todo el año, tráeme muchos juguetes y dulces”. Pero, si realmente hubiera existido no me hubiera traído nada, ya que no hubiera entendido la letra de niño de un servidor.

Al siguiente día, ya bien alistados nos íbamos en el ruletero al Centro, y desde la ventanilla íbamos viendo aquel mar de gente que iban y venían con bolsas en sus manos, quizás regalos o el menudo que habían comprado en el Mercado Municipal, pero nuestro objetivo visual era el “Santa de Mazón”.

Pegados a la ventana del ruletero veíamos aquel Santa Claus que, hasta estos días, lo recordamos con mucha nostalgia... ¡Cómo olvidarlo! Siempre sentado meciéndose de arriba a abajo, levantando su mano derecha y contando un chiste, que pienso, tenía más de veinte años repitiéndolo, pero nunca nos enfadaba con esa voz, misma que quedó grabada en nuestras memorias.

“Esta era una señora tan gorda, pero tan gorda, que era más fácil brincarla que darle la vuelta Jojojojo”, se oía en aquel aparador de la que era la tienda departamental más grande de mi Hermosillo, y mientras esperábamos para depositar la carta en el buzón, eran siempre las mismas imágenes.

Su servidor, Manuel Hernández, recuerda muy bien a esos niños pegados en el vidrio, viendo los juguetes, el trenecito de juguete que daba y daba vueltas alrededor de Santa, y otros niños en los hombros de sus papás para alcanzar a verlo; y alguno que otro que no dejaba de llorar, asustado, porque le daba miedo.

Después de un rato de estarlo viendo nos decían: “chamacos vamos al Mercado a comprar la carne pa' los tamales y el menudo”, sin faltar el grito de mi amá: “no se vayan a soltar de la mano”.

Fijándonos que no viniera carro, atravesábamos la calle corriendo, y yo casi volaba agarrado de la mano de mi madre, mientras mi hermano mayor cargaba con una bolsa de plástico de asa, de la cual salían las colas de cebolla (cambray) y demás ingredientes para la cena navideña.

Ya de vuelta a la casa llegábamos con el señor que vendía leña, cargando en brazos cada uno de nosotros una pieza. Al otro día, mientras atizaban en el estrado para poner los tamales y el menudo, nosotros nos poníamos a platicar con aquella ilusión e inocencia de que esa noche vendría Santa Claus a la casa.

Así transcurría el día, después de cenar, nos íbamos a dormir para esa gran noche, que esperábamos todo el año, y sobre todo para el otro día jugar con todo aquello que a Santa le habíamos pedido.

Mi hermano mayor, con la ilusión de un “Dompe de los Tonkas”, yo más modesto con una pista de carreras, y, pues, mi hermano menor esperaba lo que fuera porque no sabía escribir.

Por fin, a las 6:00 de la mañana no podíamos esperar más. Pegábamos un brinco de la cama y corríamos al arbolito de Navidad, que por cierto ya tenía varios años (bueno muchos años adornando nuestra casa), siendo mi hermano mayor el primero en abrir su regalo esperando ese Tonka que tanto deseaba y ¡sorpresa! En vez de su dompe había una bolsa de canicas, una bolsita de soldados y una bota de dulces Tutsi Pop.

Yo rompía la bolsa pensando en cómo armaría mi pista de carreras y al sacar el juguete me daba cuenta que era un carrito de plástico acompañado de mi bota de dulces.

Casi a punto de llorar escuchábamos la risa de nuestro hermano menor divirtiéndose con una simple pelota que le había amanecido y ahí es cuando nos cambiaba el semblante y nos poníamos a jugar y a comer los dulces.

Al rato andábamos en el patio jugando, viendo a los demás niños unos con su bici, otros con los mismos juguetes que nosotros y mientras, mis papás tomando café y tostando tamales en un comal para desayunar, hirviendo también el menudo para las visitas.

Así fue parte de mi niñez donde había humildad, muchas necesidades, pero nunca faltó el amor y la unión familiar.... Todo eso formó parte para que ahora seamos hombres de bien.

Ya huele a Navidad y eso significa transportarme a mi niñez y recordar que unos dos días antes de que llegara la fecha escuchaba a mis papás decir: “vayan haciéndole la carta al Santa Claus”.

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Dichos documentos los empezábamos a escribir más o menos así: “Querido Santa, me porté bien todo el año, tráeme muchos juguetes y dulces”. Pero, si realmente hubiera existido no me hubiera traído nada, ya que no hubiera entendido la letra de niño de un servidor.

Al siguiente día, ya bien alistados nos íbamos en el ruletero al Centro, y desde la ventanilla íbamos viendo aquel mar de gente que iban y venían con bolsas en sus manos, quizás regalos o el menudo que habían comprado en el Mercado Municipal, pero nuestro objetivo visual era el “Santa de Mazón”.

Pegados a la ventana del ruletero veíamos aquel Santa Claus que, hasta estos días, lo recordamos con mucha nostalgia... ¡Cómo olvidarlo! Siempre sentado meciéndose de arriba a abajo, levantando su mano derecha y contando un chiste, que pienso, tenía más de veinte años repitiéndolo, pero nunca nos enfadaba con esa voz, misma que quedó grabada en nuestras memorias.

“Esta era una señora tan gorda, pero tan gorda, que era más fácil brincarla que darle la vuelta Jojojojo”, se oía en aquel aparador de la que era la tienda departamental más grande de mi Hermosillo, y mientras esperábamos para depositar la carta en el buzón, eran siempre las mismas imágenes.

Su servidor, Manuel Hernández, recuerda muy bien a esos niños pegados en el vidrio, viendo los juguetes, el trenecito de juguete que daba y daba vueltas alrededor de Santa, y otros niños en los hombros de sus papás para alcanzar a verlo; y alguno que otro que no dejaba de llorar, asustado, porque le daba miedo.

Después de un rato de estarlo viendo nos decían: “chamacos vamos al Mercado a comprar la carne pa' los tamales y el menudo”, sin faltar el grito de mi amá: “no se vayan a soltar de la mano”.

Fijándonos que no viniera carro, atravesábamos la calle corriendo, y yo casi volaba agarrado de la mano de mi madre, mientras mi hermano mayor cargaba con una bolsa de plástico de asa, de la cual salían las colas de cebolla (cambray) y demás ingredientes para la cena navideña.

Ya de vuelta a la casa llegábamos con el señor que vendía leña, cargando en brazos cada uno de nosotros una pieza. Al otro día, mientras atizaban en el estrado para poner los tamales y el menudo, nosotros nos poníamos a platicar con aquella ilusión e inocencia de que esa noche vendría Santa Claus a la casa.

Así transcurría el día, después de cenar, nos íbamos a dormir para esa gran noche, que esperábamos todo el año, y sobre todo para el otro día jugar con todo aquello que a Santa le habíamos pedido.

Mi hermano mayor, con la ilusión de un “Dompe de los Tonkas”, yo más modesto con una pista de carreras, y, pues, mi hermano menor esperaba lo que fuera porque no sabía escribir.

Por fin, a las 6:00 de la mañana no podíamos esperar más. Pegábamos un brinco de la cama y corríamos al arbolito de Navidad, que por cierto ya tenía varios años (bueno muchos años adornando nuestra casa), siendo mi hermano mayor el primero en abrir su regalo esperando ese Tonka que tanto deseaba y ¡sorpresa! En vez de su dompe había una bolsa de canicas, una bolsita de soldados y una bota de dulces Tutsi Pop.

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