/ lunes 22 de abril de 2019

Mi gusto es… (O la otra mirada)

Primera estación:

Yo crecí en esa colonia Los Olivos y subí el cerro atravesado en más de una ocasión con tal de ver a la ciudad desde ahí y divisar una punta de mar a lo lejos. La colonia se llama de ese modo porque en antaño estaba poblada de olivares de los cuales aún queda uno que otro por ahí.

Segunda estación:

Nunca falta el soplón y el que traiciona. Por eso reventaron esa casa. Estaba situada en la falda del cerro y alguien, por resentimiento, les dio el pitazo.

Entonces llegó la ley y arrestaron a todos sin más ni más: su gran pecado fue que esa noche y desde hacía mucho tiempo, se habían pasado las horas jugando a la lotería, mientras disfrutaban una café con leche y multiplicaban piezas de pan para todos.

Pero, según la Guardia Nacional, ese lugar era de perdición y de riesgosas apuestas, a tal grado que su ludopatía, los llevaba a sacrificar hasta su propia despensa familiar.

Esa pudo ser la deducción de quien ordenó el cateo porque en el escenario de los hechos estaban frascos de nescafé, galones de leche, frascos de azúcar y envoltorios de frijol.

Además estaban unas cartas en hilera listas para nombrarse al grito de se va y se corre: El Negrito, La Sandia, El Alacrán, La Chalupa, El Valiente, Las Jaras, ¡la Policía!, gritó alguien y en menos de media hora todas las doñitas estaba subidas en un camión que las llevaría a los separos para ser juzgadas.

Fue la peor Semana Santa para ellas.

Tercera estación:

Fueron condenadas al escarnio público de quienes las vieron desfilar hacia el camión, escoltadas por una docena de agentes malencarados.

Así es siempre el sanedrín de los vecinos: juzgan arbitrariamente como el tribunal supremo y no va más allá que sus prejuicios y el afán de señalar arteramente.

Cuarta estación:

Cuando fueron a buscarlas, Pedro, el agente que estaba en la entrada, las negó. Pero si usted también estaba ahí, le espetó alguien, refiriéndose a la redada en esa casa de Los Olivos que endenantes acababan de reventar.

Pedro se hizo el disimulado y de ahí no lo sacaron.

Quinta estación:

Después de unas horas, libraron el malentendido, pero el juego a muerte se le sentenció: ya jamás habrían de jugar ni a la lotería, ni a la baraja, ni al cubilete, ni a la oca ni a serpientes y escaleras ni a nada.

Sexta estación:

Pero eso no fue todo: para coronar su abuso, nomás las soltaron y ahí dejaron a todas las doñitas en la banqueta a la buena de Dios.

Séptima estación:

De ese lugar a la colonia Los Olivos no era poca la distancia. Y a esa hora iniciaron su peregrinar cargando consigo frascos de nescafé, galones de leche, frascos de azúcar, envoltorios de frijol y un manojo de cartas.

Octava estación:

para esas horas ya casi amanecía. La ciudad comenzaba a despertar y algunos voluntarios compasivos también.

Por eso fueron ayudadas a trasladarse y a cargar esos bultos que para entonces ya eran una cruz.

Novena estación:

En el trayecto, más de una desvaneció. La muchedumbre de vecinos que las observa al llegar, están curiosos por saber si aún tendrá fuerza para levantarse mañana y seguir jugando.

Décima estación:

Sin estar enterados de lo que a ciencia cierta pasó, las lenguas de doble filo y el periódico de mayor circulación, rasgándose las vestiduras, las crucificó.

Undécima estación:

Todo aquello se convierte en un calvario.

Duodécima estación:

Desde la noche anterior hasta ese momento transcurrieron largas horas que terminan con las fuerzas de cualquiera y todas irremediablemente desfallecieron.

Decimotercera estación:

Todas cayeron en los brazos de Morfeo.

Decimocuarta estación:

Quisieron sepultar para siempre ese episodio pero no se pudo.

Decimoquinta estación:

Al tercer día, ahí estaban de nuevo corriendo cartas. Pero fue como resucitar de entre los muertos.


Correo: avilesdivan@hotmail.com

Primera estación:

Yo crecí en esa colonia Los Olivos y subí el cerro atravesado en más de una ocasión con tal de ver a la ciudad desde ahí y divisar una punta de mar a lo lejos. La colonia se llama de ese modo porque en antaño estaba poblada de olivares de los cuales aún queda uno que otro por ahí.

Segunda estación:

Nunca falta el soplón y el que traiciona. Por eso reventaron esa casa. Estaba situada en la falda del cerro y alguien, por resentimiento, les dio el pitazo.

Entonces llegó la ley y arrestaron a todos sin más ni más: su gran pecado fue que esa noche y desde hacía mucho tiempo, se habían pasado las horas jugando a la lotería, mientras disfrutaban una café con leche y multiplicaban piezas de pan para todos.

Pero, según la Guardia Nacional, ese lugar era de perdición y de riesgosas apuestas, a tal grado que su ludopatía, los llevaba a sacrificar hasta su propia despensa familiar.

Esa pudo ser la deducción de quien ordenó el cateo porque en el escenario de los hechos estaban frascos de nescafé, galones de leche, frascos de azúcar y envoltorios de frijol.

Además estaban unas cartas en hilera listas para nombrarse al grito de se va y se corre: El Negrito, La Sandia, El Alacrán, La Chalupa, El Valiente, Las Jaras, ¡la Policía!, gritó alguien y en menos de media hora todas las doñitas estaba subidas en un camión que las llevaría a los separos para ser juzgadas.

Fue la peor Semana Santa para ellas.

Tercera estación:

Fueron condenadas al escarnio público de quienes las vieron desfilar hacia el camión, escoltadas por una docena de agentes malencarados.

Así es siempre el sanedrín de los vecinos: juzgan arbitrariamente como el tribunal supremo y no va más allá que sus prejuicios y el afán de señalar arteramente.

Cuarta estación:

Cuando fueron a buscarlas, Pedro, el agente que estaba en la entrada, las negó. Pero si usted también estaba ahí, le espetó alguien, refiriéndose a la redada en esa casa de Los Olivos que endenantes acababan de reventar.

Pedro se hizo el disimulado y de ahí no lo sacaron.

Quinta estación:

Después de unas horas, libraron el malentendido, pero el juego a muerte se le sentenció: ya jamás habrían de jugar ni a la lotería, ni a la baraja, ni al cubilete, ni a la oca ni a serpientes y escaleras ni a nada.

Sexta estación:

Pero eso no fue todo: para coronar su abuso, nomás las soltaron y ahí dejaron a todas las doñitas en la banqueta a la buena de Dios.

Séptima estación:

De ese lugar a la colonia Los Olivos no era poca la distancia. Y a esa hora iniciaron su peregrinar cargando consigo frascos de nescafé, galones de leche, frascos de azúcar, envoltorios de frijol y un manojo de cartas.

Octava estación:

para esas horas ya casi amanecía. La ciudad comenzaba a despertar y algunos voluntarios compasivos también.

Por eso fueron ayudadas a trasladarse y a cargar esos bultos que para entonces ya eran una cruz.

Novena estación:

En el trayecto, más de una desvaneció. La muchedumbre de vecinos que las observa al llegar, están curiosos por saber si aún tendrá fuerza para levantarse mañana y seguir jugando.

Décima estación:

Sin estar enterados de lo que a ciencia cierta pasó, las lenguas de doble filo y el periódico de mayor circulación, rasgándose las vestiduras, las crucificó.

Undécima estación:

Todo aquello se convierte en un calvario.

Duodécima estación:

Desde la noche anterior hasta ese momento transcurrieron largas horas que terminan con las fuerzas de cualquiera y todas irremediablemente desfallecieron.

Decimotercera estación:

Todas cayeron en los brazos de Morfeo.

Decimocuarta estación:

Quisieron sepultar para siempre ese episodio pero no se pudo.

Decimoquinta estación:

Al tercer día, ahí estaban de nuevo corriendo cartas. Pero fue como resucitar de entre los muertos.


Correo: avilesdivan@hotmail.com