/ viernes 9 de diciembre de 2022

Narcocultura de hoy en día: los 'corridos bélicos' y la moda 'alucín'

La cultura del crimen organizado y el narcotráfico sigue presente en la sociedad mexicana, con la música y la moda que enaltece a los criminales

Aunque no es un factor determinante, especialistas advierten que la “narcocultura” ha jugado un papel importante en la reproducción de la violencia y su “normalización” a lo largo de las últimas décadas, pues está fuertemente correlacionada con otros elementos sociales y económicos que han permeado en diferentes sectores de la sociedad y han derivado en la adhesión de más jóvenes a las filas del crimen organizado.

El fenómeno de la narcocultura y la violencia normalizada se acompaña de contextos muy específicos, por ejemplo el hecho de que las personas que se dedican a actividades delictivas, como el crimen organizado, son principalmente hombres.

Para Antonio Barragán Bórquez, maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora, la narcocultura tiene un componente de género muy destacable, sobre todo en cuanto al género masculino, pues se cimenta en las relaciones de género machistas, donde se resaltan valores como el honor, la ostentación y el lujo, así como la predilección hacia ciertos estereotipos de mujeres que otorgan cierto valor a quienes se involucran en el narco.

Lee también: Golpe al narcotráfico: aseguran en Nogales marihuana y fentanilo; hay dos detenidos

“Es un movimiento cultural importante en cuanto adoptan ciertas formas de reproducción de violencia”, añadió.

Además de esto, dijo que el consumo musical de los corridos es uno de los principales vehículos para la representación del narco, ya que con la llegada de los “corridos tumbados”, la musicalidad responde a los cambios generacionales en los últimos años, donde la llamada “generación de cristal” se ha incorporado al crimen organizado y ha expresado su sensibilidad característica, influenciada por otros géneros musicales como el reggaetón y el hip hop.

Una imagen de Malverde a la venta en un tianguis de Hermosillo / Foto: Carlos Villalba | El Sol de Hermosillo

Mientras tanto, Estados Unidos ha logrado capitalizar la culturalización del tráfico de drogas, ya que gran parte de la población latina, sobre todo de ascendencia mexicana, consumen este tipo de productos emanados de la narcocultura, lo que a su vez puede demostrar que por sí misma este marco simbólico no provoca violencia, pues de lo contrario el país vecino del Norte tendría problemas similares a los que ocurren en México.

“Yo creo que la normalización de la violencia habla de un estado psicosocial de la población. Lo que observamos es que la violencia se ha vuelto un fenómeno regular, pero aunque se ha superado a sí misma, no deja de causar asombro, no deja de causar ese rechazo, no deja de ser algo que impacta en la sociedad; tal vez lo que hemos visto no es una normalización, porque sí existe el rechazo a la violencia, quizá lo que tenemos es una sociedad que se ha adaptado a ella”, abundó.

Asimismo, no se puede generalizar que exista una violencia derivada del crimen organizado, pues los estudios indican que las principales víctimas suelen ser varones y adultos jóvenes, mientras que se presentan especialmente en colonias históricamente golpeadas por los rezagos sociales, educativos y de infraestructura, por lo que la violencia en Sonora tiene matices que indican que se trata hechos sistemáticos.

“Es un tema complejo, sin duda la delincuencia es de las temáticas más complejas, se requieren análisis concretos y locales para entender la situación de la violencia, primero debemos comprender estas causas reales en lo local para atender la situación con políticas públicas… los sujetos ocupan apoyo emocional y social en sus comunidades, requieren un refuerzo positivo, espacios de sana recreación, para que puedan elegir un camino diferente al de la delincuencia”, externó.

Una realidad en México

Por su parte, Francisco Piña Osuna, profesor-investigador de la Universidad de Sonora, indicó que la cultura del narcotráfico está definida como todos aquellos hábitos de conductas, actividades, consumo, prácticas, bienes, entre otros elementos, que giran en torno a la comercialización de la droga y que cada vez más se han ido adhiriendo a la realidad mexicana y estadounidense gracias al alcance de la era digital.

“Ahí es donde entran en juego las famosas series que tienen que ver con el narcotráfico, la ropa, los automóviles, bebidas alcohólicas, la música, la arquitectura, el uso del lenguaje, todo eso que hemos visto como se ha venido reproduciendo a través de diversos medios…

“Uno de los factores que está correlacionado con el ingreso, adhesión y la reproducción de la violencia, desde el punto de vista sociológico, psicológico, incluso la filosofía, que ha analizado estos aspectos, considera que la reproducción de estos hábitos de conducta, es un factor importante y relacionado a la apología del delito, viendo sus beneficios, destacando las bonanzas, peripecias y aspectos materiales y positivos de insertarse en una actividad delictiva”, comentó el académico.

Malverde es venerado por quienes se denominan "narcos" / Foto: Juan Carlos Cruz | Cuartoscuro

En ese sentido, resaltó que este tipo de elementos pueden resultar atractivos para jóvenes que viven en contextos de rezago, no solamente económico, sino también educativo, social, cultural y laboral, pues dentro de la apología que se hace a los personajes más destacados del crimen organizado suele resaltarse la superación de sus carencias a través del narcotráfico, revirtiendo su situación de pobreza y logrando influir en la vida pública del país.

“Los jóvenes, o los sujetos, en rezago pueden llegar a ver al personaje del tráfico de drogas como un referente, como un modelo a seguir, como un modelo de superación, por lo cual los métodos que el personaje utilizó pasan a segundo plano… también hay reforzadores sociales, como el respeto, el poder, el temor, hacia la figura de la gente dentro del narcotráfico”, expuso.

¿Cuándo comenzó la glorificación al narco?

Piña Osuna resaltó que, entre los diferentes estudiosos del tema, Luis Astorga Almanza, doctor en Sociología por la Universidad de París, destaca con su libro “Mitología del Narcotraficante en México”, donde ubica el inicio de la cultura sobre el tráfico de drogas entre 1950 y 1970, época donde se dio un proceso en el cual los narcotraficantes comenzaron a trasladarse desde las localidades rurales hacia las grandes ciudades.

Es en ese mismo periodo es cuando comienza a popularizarse cada vez más el uso de los corridos para destacar sus andanzas y peripecias, obteniendo como resultado la masificación de la imagen del narcotraficante como una persona que ha obtenido respeto, poder y honor, a través de sus actividades delictivas.

“En las ciudades empieza a haber un ‘boom’ de la imagen del traficante de drogas del pueblo, trayendo consigo el uso peculiar de la ropa, música, bienes de consumo; y justamente en estos enclaves rurales del norte de México empieza a migrar hacia el Sur de los Estados Unidos, que también empieza masificarse esta mezcla del traficante rural mexicano con el urbano estadounidense, donde entra el sueño americano, la migración de mexicanos, etcétera”, agregó.

De tal forma, con el paso de los años, esta imagen transmitida de manera predominante a través de la música se ha mantenido, a pesar de que los corridos han pasado por diversas evoluciones, pasando desde narcocorridos, el movimiento alterado y actualmente los corridos tumbados, pero siempre se ha destacado a los personajes del narcotráfico como personas que han superado rezagos sociales y tienen papeles importantes en la sociedad.

La culturización de este fenómeno ha traído, entonces, una concepción diferente del narcotraficante, pues ya no se trata de una persona desconocida y relegada, sino que este proceso ha derivado en el reconocimiento social de quienes participan en estas actividades, lo que al mismo tiempo provoca que jóvenes lo vean como un trabajo y estilo de vida viable para dedicarse y superar sus propios rezagos.

El Estado mexicano rebasado por el narco

Muchas personas ubican la Guerra contra el Narco del ex presidente Felipe Calderón, o en la administración de Enrique Peña Nieto, como el ‘boom’ de la cultura del narcotráfico, pero esto ha sido un proceso que lleva casi 70 años, tiempo en el cual este proceso se ha ido filtrando en la sociedad.

El académico de la Unison indicó que definitivamente el motor de que todas estas simbologías, estos hábitos y representaciones hayan tenido efecto sobre la juventud ha sido el rezago social, que no nada más jóvenes sino también adultos han vivido.

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“Hablamos de falta de oportunidades educativas, de oportunidades laborales, pero no sólo se trata de tener trabajo, sino tener un trabajo de calidad para tener indicadores que ayuden a revertir este rezago social en general con ofertas culturales y educativas”, señaló.

Por ello, si la sociedad está interesada en disminuir los índices delictivos, es importante reconocer cuáles son los puntos donde se presentan estos rezagos en jóvenes y adultos, mientras que es importante tener mayor control sobre las imágenes y dejar de justificar el delito como una forma de salir adelante, aunque esto requiere de una reestructura profunda de esquemas valorativos y culturales en las comunidades mexicanas, lo cual requiere paciencia y trabajo constante.

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Aunque no es un factor determinante, especialistas advierten que la “narcocultura” ha jugado un papel importante en la reproducción de la violencia y su “normalización” a lo largo de las últimas décadas, pues está fuertemente correlacionada con otros elementos sociales y económicos que han permeado en diferentes sectores de la sociedad y han derivado en la adhesión de más jóvenes a las filas del crimen organizado.

El fenómeno de la narcocultura y la violencia normalizada se acompaña de contextos muy específicos, por ejemplo el hecho de que las personas que se dedican a actividades delictivas, como el crimen organizado, son principalmente hombres.

Para Antonio Barragán Bórquez, maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de Sonora, la narcocultura tiene un componente de género muy destacable, sobre todo en cuanto al género masculino, pues se cimenta en las relaciones de género machistas, donde se resaltan valores como el honor, la ostentación y el lujo, así como la predilección hacia ciertos estereotipos de mujeres que otorgan cierto valor a quienes se involucran en el narco.

Lee también: Golpe al narcotráfico: aseguran en Nogales marihuana y fentanilo; hay dos detenidos

“Es un movimiento cultural importante en cuanto adoptan ciertas formas de reproducción de violencia”, añadió.

Además de esto, dijo que el consumo musical de los corridos es uno de los principales vehículos para la representación del narco, ya que con la llegada de los “corridos tumbados”, la musicalidad responde a los cambios generacionales en los últimos años, donde la llamada “generación de cristal” se ha incorporado al crimen organizado y ha expresado su sensibilidad característica, influenciada por otros géneros musicales como el reggaetón y el hip hop.

Una imagen de Malverde a la venta en un tianguis de Hermosillo / Foto: Carlos Villalba | El Sol de Hermosillo

Mientras tanto, Estados Unidos ha logrado capitalizar la culturalización del tráfico de drogas, ya que gran parte de la población latina, sobre todo de ascendencia mexicana, consumen este tipo de productos emanados de la narcocultura, lo que a su vez puede demostrar que por sí misma este marco simbólico no provoca violencia, pues de lo contrario el país vecino del Norte tendría problemas similares a los que ocurren en México.

“Yo creo que la normalización de la violencia habla de un estado psicosocial de la población. Lo que observamos es que la violencia se ha vuelto un fenómeno regular, pero aunque se ha superado a sí misma, no deja de causar asombro, no deja de causar ese rechazo, no deja de ser algo que impacta en la sociedad; tal vez lo que hemos visto no es una normalización, porque sí existe el rechazo a la violencia, quizá lo que tenemos es una sociedad que se ha adaptado a ella”, abundó.

Asimismo, no se puede generalizar que exista una violencia derivada del crimen organizado, pues los estudios indican que las principales víctimas suelen ser varones y adultos jóvenes, mientras que se presentan especialmente en colonias históricamente golpeadas por los rezagos sociales, educativos y de infraestructura, por lo que la violencia en Sonora tiene matices que indican que se trata hechos sistemáticos.

“Es un tema complejo, sin duda la delincuencia es de las temáticas más complejas, se requieren análisis concretos y locales para entender la situación de la violencia, primero debemos comprender estas causas reales en lo local para atender la situación con políticas públicas… los sujetos ocupan apoyo emocional y social en sus comunidades, requieren un refuerzo positivo, espacios de sana recreación, para que puedan elegir un camino diferente al de la delincuencia”, externó.

Una realidad en México

Por su parte, Francisco Piña Osuna, profesor-investigador de la Universidad de Sonora, indicó que la cultura del narcotráfico está definida como todos aquellos hábitos de conductas, actividades, consumo, prácticas, bienes, entre otros elementos, que giran en torno a la comercialización de la droga y que cada vez más se han ido adhiriendo a la realidad mexicana y estadounidense gracias al alcance de la era digital.

“Ahí es donde entran en juego las famosas series que tienen que ver con el narcotráfico, la ropa, los automóviles, bebidas alcohólicas, la música, la arquitectura, el uso del lenguaje, todo eso que hemos visto como se ha venido reproduciendo a través de diversos medios…

“Uno de los factores que está correlacionado con el ingreso, adhesión y la reproducción de la violencia, desde el punto de vista sociológico, psicológico, incluso la filosofía, que ha analizado estos aspectos, considera que la reproducción de estos hábitos de conducta, es un factor importante y relacionado a la apología del delito, viendo sus beneficios, destacando las bonanzas, peripecias y aspectos materiales y positivos de insertarse en una actividad delictiva”, comentó el académico.

Malverde es venerado por quienes se denominan "narcos" / Foto: Juan Carlos Cruz | Cuartoscuro

En ese sentido, resaltó que este tipo de elementos pueden resultar atractivos para jóvenes que viven en contextos de rezago, no solamente económico, sino también educativo, social, cultural y laboral, pues dentro de la apología que se hace a los personajes más destacados del crimen organizado suele resaltarse la superación de sus carencias a través del narcotráfico, revirtiendo su situación de pobreza y logrando influir en la vida pública del país.

“Los jóvenes, o los sujetos, en rezago pueden llegar a ver al personaje del tráfico de drogas como un referente, como un modelo a seguir, como un modelo de superación, por lo cual los métodos que el personaje utilizó pasan a segundo plano… también hay reforzadores sociales, como el respeto, el poder, el temor, hacia la figura de la gente dentro del narcotráfico”, expuso.

¿Cuándo comenzó la glorificación al narco?

Piña Osuna resaltó que, entre los diferentes estudiosos del tema, Luis Astorga Almanza, doctor en Sociología por la Universidad de París, destaca con su libro “Mitología del Narcotraficante en México”, donde ubica el inicio de la cultura sobre el tráfico de drogas entre 1950 y 1970, época donde se dio un proceso en el cual los narcotraficantes comenzaron a trasladarse desde las localidades rurales hacia las grandes ciudades.

Es en ese mismo periodo es cuando comienza a popularizarse cada vez más el uso de los corridos para destacar sus andanzas y peripecias, obteniendo como resultado la masificación de la imagen del narcotraficante como una persona que ha obtenido respeto, poder y honor, a través de sus actividades delictivas.

“En las ciudades empieza a haber un ‘boom’ de la imagen del traficante de drogas del pueblo, trayendo consigo el uso peculiar de la ropa, música, bienes de consumo; y justamente en estos enclaves rurales del norte de México empieza a migrar hacia el Sur de los Estados Unidos, que también empieza masificarse esta mezcla del traficante rural mexicano con el urbano estadounidense, donde entra el sueño americano, la migración de mexicanos, etcétera”, agregó.

De tal forma, con el paso de los años, esta imagen transmitida de manera predominante a través de la música se ha mantenido, a pesar de que los corridos han pasado por diversas evoluciones, pasando desde narcocorridos, el movimiento alterado y actualmente los corridos tumbados, pero siempre se ha destacado a los personajes del narcotráfico como personas que han superado rezagos sociales y tienen papeles importantes en la sociedad.

La culturización de este fenómeno ha traído, entonces, una concepción diferente del narcotraficante, pues ya no se trata de una persona desconocida y relegada, sino que este proceso ha derivado en el reconocimiento social de quienes participan en estas actividades, lo que al mismo tiempo provoca que jóvenes lo vean como un trabajo y estilo de vida viable para dedicarse y superar sus propios rezagos.

El Estado mexicano rebasado por el narco

Muchas personas ubican la Guerra contra el Narco del ex presidente Felipe Calderón, o en la administración de Enrique Peña Nieto, como el ‘boom’ de la cultura del narcotráfico, pero esto ha sido un proceso que lleva casi 70 años, tiempo en el cual este proceso se ha ido filtrando en la sociedad.

El académico de la Unison indicó que definitivamente el motor de que todas estas simbologías, estos hábitos y representaciones hayan tenido efecto sobre la juventud ha sido el rezago social, que no nada más jóvenes sino también adultos han vivido.

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“Hablamos de falta de oportunidades educativas, de oportunidades laborales, pero no sólo se trata de tener trabajo, sino tener un trabajo de calidad para tener indicadores que ayuden a revertir este rezago social en general con ofertas culturales y educativas”, señaló.

Por ello, si la sociedad está interesada en disminuir los índices delictivos, es importante reconocer cuáles son los puntos donde se presentan estos rezagos en jóvenes y adultos, mientras que es importante tener mayor control sobre las imágenes y dejar de justificar el delito como una forma de salir adelante, aunque esto requiere de una reestructura profunda de esquemas valorativos y culturales en las comunidades mexicanas, lo cual requiere paciencia y trabajo constante.

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