/ lunes 10 de julio de 2023

Paréntesis | Lo visible y lo invisible en la obra de Helga Krebs

"Otro aspecto que siempre me impresionó de la obra de Helga es que parecía entretejerse con sus lecturas", escribe Venecia López


Lo que intento traducir para ustedes es más misterioso,

se enreda con las raíces mismas del ser, en la fuente impalpable

de las sensaciones”.

Cézanne

Helga Krebs nació en Sonthofen, Alemania, en 1928. A los tres años de edad viajó con sus padres a Chile, país que debió abandonar, a causa del golpe de Estado de Pinochet, para finalmente radicar en México. Desde 1973 hasta 2010, año de su muerte, Helga vivió en Hermosillo, Sonora. En nuestra ciudad realizó, desde 1977, una vasta producción pictórica rica y sobrecogedora.

Lee también: Paréntesis | Helga Krebs en la memoria de artistas sonorenses

Empezaré describiendo mi encuentro con la obra de Helga. Cuando estaba en secundaria ingresé a los talleres libres de la Unison, desde ahí me tocó asistir a algunas exposiciones que cambiarían para siempre la forma en la que concebía la pintura y provocarían que me enamorara de esta disciplina.

El universo de Helga se clavó en mi imaginario a una edad en la que estaba ávida de observar, aprender y maravillarme. Entonces lo onírico, lo bizarro, lo intenso, lo extraño de la obra de Helga se me reveló como una narrativa alterna a lo que yo conocía como pintura, y me mostró ese otro lado de nuestra realidad que yo, como buena adolescente, también deseé pintar con todas mis fuerzas.

Al ver la obra de Krebs me pasó algo importante: me di cuenta que la pintura era mucho más que la destreza técnica, que había mucho de ello en su obra, pues sus composiciones y acabados eran muy pulcros y minuciosos, pero lo que vi con claridad en sus piezas es que en ellas se podía ir mucho más allá de representar aquello que vemos. Al presenciar su obra me sentí testigo de la naturaleza humana. Advertí cómo era posible crear una figuración en medio de un mundo onírico y a la vez terriblemente real.

Los visitantes / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs

Entre su producción se encuentran representaciones sobre la violencia y la sensualidad, haciendo de los cuerpos femeninos un campo de batalla. Hay obra también sobre la violencia y la represión que experimentó el pueblo chileno con la dictadura y otra más, donde lo trivial y lo mundano parece tomar un carácter misterioso, inquietante.

Otro aspecto que siempre me impresionó de la obra de Helga es que parecía entretejerse con sus lecturas. Vemos guiños en los títulos y en los contenidos de sus intereses literarios, donde los libros parecen ampliar todavía más esos mundos de ficción que se abren paso en sus pinturas.

Helga construía ventanas por medio del arte. Y digo construía, porque al preguntarle una vez sobre su proceso creativo, en particular sobre esas pinturas donde las figuras rompen los límites del formato, me contó cómo, con una sierra caladora, iba dando forma a esos soportes irregulares de fibracel, para después ensamblar varias capas de planos, algunos de ellos con ventanas internas, y crear en esos planos intrincados seres de papel amate, radiografías, telas, objetos.

Estas piezas, a mi ver, son artefactos en cuyo interior albergan otros cuadros, como si a la pintura pudiera nacerle otra pintura, para revelarnos algo que siempre está generando una narrativa alterna, como una ventana dentro de otra ventana revelando una verdad más pura, más dura o más poética que sostiene la que se evidencia en la superficie del cuadro.

Somos al mundo a través del cuerpo, dice Merleau-Ponty, y Helga sabía que el cuerpo es un instrumento para traducir el misterio del mundo. Su curiosidad científica estaba entregada al arte y la llevó a crear, cuadro tras cuadro, un largo inventario de sensaciones por las que filtró al mundo como una materia blanda, literaria, onírica y multiforme; muchas de ellas representadas en cuerpos humanos y animales.

A través de estas ventanas abiertas en su obra, Helga nos revela la vulnerabilidad del ser, la ambigüedad entre lo que se percibe y lo que se sueña y algo más misterioso: la fuente impalpable de las sensaciones.

Mirando pasar la luna marmota / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs


Helga muestra las nimiedades y trascendencias del ser de este tiempo. En una entrevista dijo, cuando le preguntaron sobre el género de su obra, que era una figuración entre 1994 y 1997, eso me hace pensar en ella como una constante exploradora, donde su figuración entre año y año iba mutando, me atrevo a suponer que su producción se iba abriendo camino entre hallazgos y siempre estaba dispuesta a abordar nuevos materiales y rumbos temáticos, por eso sus composiciones no tienen límites, y se salen de sus márgenes. Helga, en la misma entrevista referida, decía que era un deber de nosotros, los seres vivos, salir de nuestro cuadro para avanzar en la vida.

Esto también me hace pensar en su obra como un cuadro vivo, donde a partir de un ejercicio plástico de desvanecimiento y corporeidad, la pintora ejercía su derecho de mirar todas las cosas y transformarlas. Llevaba a sus personajes a romper los límites de la obra para que avanzaran hacia otro lado, y para entonces, pintar el flujo vital y pasar de la representación de un suceso cruel, a la euforia, lo poético y el absurdo de lo ordinario.

Otro aspecto que como pintora en formación aprecié de la obra de Helga fue el uso de sus materiales, como la materia pictórica, el soporte, el objeto intervenido es importante en el discurso del artista y cómo el material puede aportar una poética a partir de las asociaciones que hacemos con sus usos.

Retrato de Helga Krebs / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs

En algunas de sus pinturas vemos cómo los huesos han sido descubiertos por los personajes de la pintora. Ellos nos revelan al espectador al cortar delicadamente la membrana de la pintura. Helga decía que le interesaban las radiografías por su belleza; decía que el claroscuro que registraba en sus grises era espectacular, así como la transparencia de ese film misterioso que revela el interior del cuerpo.

Los mamíferos taxidermistas de sus cuadros retiran la piel para ver lo que hay detrás de la opacidad del mundo. Helga en sus obras disecciona la atmósfera para mostrar los huesos, la risa silvestre, la lencería del viento, el mecanismo de un corazón, la obra negra del humor.

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Yo creía mirar un cuadro, pero eso que estaba frente a mí era la epidermis de la imagen. En la obra de Helga aprendí a ver las dimensiones que de pequeña alucinaba atravesar con unos lentes oscuros, con los cuales jugaba a que eran de rayos X.

Yo lo intuía, pero su pintura me enseñó lo que hay detrás de la representación. Lo vedado para los ojos por la apariencia, la radiografía del sueño.

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Lo que intento traducir para ustedes es más misterioso,

se enreda con las raíces mismas del ser, en la fuente impalpable

de las sensaciones”.

Cézanne

Helga Krebs nació en Sonthofen, Alemania, en 1928. A los tres años de edad viajó con sus padres a Chile, país que debió abandonar, a causa del golpe de Estado de Pinochet, para finalmente radicar en México. Desde 1973 hasta 2010, año de su muerte, Helga vivió en Hermosillo, Sonora. En nuestra ciudad realizó, desde 1977, una vasta producción pictórica rica y sobrecogedora.

Lee también: Paréntesis | Helga Krebs en la memoria de artistas sonorenses

Empezaré describiendo mi encuentro con la obra de Helga. Cuando estaba en secundaria ingresé a los talleres libres de la Unison, desde ahí me tocó asistir a algunas exposiciones que cambiarían para siempre la forma en la que concebía la pintura y provocarían que me enamorara de esta disciplina.

El universo de Helga se clavó en mi imaginario a una edad en la que estaba ávida de observar, aprender y maravillarme. Entonces lo onírico, lo bizarro, lo intenso, lo extraño de la obra de Helga se me reveló como una narrativa alterna a lo que yo conocía como pintura, y me mostró ese otro lado de nuestra realidad que yo, como buena adolescente, también deseé pintar con todas mis fuerzas.

Al ver la obra de Krebs me pasó algo importante: me di cuenta que la pintura era mucho más que la destreza técnica, que había mucho de ello en su obra, pues sus composiciones y acabados eran muy pulcros y minuciosos, pero lo que vi con claridad en sus piezas es que en ellas se podía ir mucho más allá de representar aquello que vemos. Al presenciar su obra me sentí testigo de la naturaleza humana. Advertí cómo era posible crear una figuración en medio de un mundo onírico y a la vez terriblemente real.

Los visitantes / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs

Entre su producción se encuentran representaciones sobre la violencia y la sensualidad, haciendo de los cuerpos femeninos un campo de batalla. Hay obra también sobre la violencia y la represión que experimentó el pueblo chileno con la dictadura y otra más, donde lo trivial y lo mundano parece tomar un carácter misterioso, inquietante.

Otro aspecto que siempre me impresionó de la obra de Helga es que parecía entretejerse con sus lecturas. Vemos guiños en los títulos y en los contenidos de sus intereses literarios, donde los libros parecen ampliar todavía más esos mundos de ficción que se abren paso en sus pinturas.

Helga construía ventanas por medio del arte. Y digo construía, porque al preguntarle una vez sobre su proceso creativo, en particular sobre esas pinturas donde las figuras rompen los límites del formato, me contó cómo, con una sierra caladora, iba dando forma a esos soportes irregulares de fibracel, para después ensamblar varias capas de planos, algunos de ellos con ventanas internas, y crear en esos planos intrincados seres de papel amate, radiografías, telas, objetos.

Estas piezas, a mi ver, son artefactos en cuyo interior albergan otros cuadros, como si a la pintura pudiera nacerle otra pintura, para revelarnos algo que siempre está generando una narrativa alterna, como una ventana dentro de otra ventana revelando una verdad más pura, más dura o más poética que sostiene la que se evidencia en la superficie del cuadro.

Somos al mundo a través del cuerpo, dice Merleau-Ponty, y Helga sabía que el cuerpo es un instrumento para traducir el misterio del mundo. Su curiosidad científica estaba entregada al arte y la llevó a crear, cuadro tras cuadro, un largo inventario de sensaciones por las que filtró al mundo como una materia blanda, literaria, onírica y multiforme; muchas de ellas representadas en cuerpos humanos y animales.

A través de estas ventanas abiertas en su obra, Helga nos revela la vulnerabilidad del ser, la ambigüedad entre lo que se percibe y lo que se sueña y algo más misterioso: la fuente impalpable de las sensaciones.

Mirando pasar la luna marmota / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs


Helga muestra las nimiedades y trascendencias del ser de este tiempo. En una entrevista dijo, cuando le preguntaron sobre el género de su obra, que era una figuración entre 1994 y 1997, eso me hace pensar en ella como una constante exploradora, donde su figuración entre año y año iba mutando, me atrevo a suponer que su producción se iba abriendo camino entre hallazgos y siempre estaba dispuesta a abordar nuevos materiales y rumbos temáticos, por eso sus composiciones no tienen límites, y se salen de sus márgenes. Helga, en la misma entrevista referida, decía que era un deber de nosotros, los seres vivos, salir de nuestro cuadro para avanzar en la vida.

Esto también me hace pensar en su obra como un cuadro vivo, donde a partir de un ejercicio plástico de desvanecimiento y corporeidad, la pintora ejercía su derecho de mirar todas las cosas y transformarlas. Llevaba a sus personajes a romper los límites de la obra para que avanzaran hacia otro lado, y para entonces, pintar el flujo vital y pasar de la representación de un suceso cruel, a la euforia, lo poético y el absurdo de lo ordinario.

Otro aspecto que como pintora en formación aprecié de la obra de Helga fue el uso de sus materiales, como la materia pictórica, el soporte, el objeto intervenido es importante en el discurso del artista y cómo el material puede aportar una poética a partir de las asociaciones que hacemos con sus usos.

Retrato de Helga Krebs / Foto: Cortesía | Fundación Helga Krebs

En algunas de sus pinturas vemos cómo los huesos han sido descubiertos por los personajes de la pintora. Ellos nos revelan al espectador al cortar delicadamente la membrana de la pintura. Helga decía que le interesaban las radiografías por su belleza; decía que el claroscuro que registraba en sus grises era espectacular, así como la transparencia de ese film misterioso que revela el interior del cuerpo.

Los mamíferos taxidermistas de sus cuadros retiran la piel para ver lo que hay detrás de la opacidad del mundo. Helga en sus obras disecciona la atmósfera para mostrar los huesos, la risa silvestre, la lencería del viento, el mecanismo de un corazón, la obra negra del humor.

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Yo creía mirar un cuadro, pero eso que estaba frente a mí era la epidermis de la imagen. En la obra de Helga aprendí a ver las dimensiones que de pequeña alucinaba atravesar con unos lentes oscuros, con los cuales jugaba a que eran de rayos X.

Yo lo intuía, pero su pintura me enseñó lo que hay detrás de la representación. Lo vedado para los ojos por la apariencia, la radiografía del sueño.

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