/ miércoles 2 de noviembre de 2022

Asústame | Tinieblas de la mente

Independientemente de la edad, muchos hemos vivido experiencias paranormales que nos dejan marcados, ¿cuál ha sido la tuya?

Todos se van. Se apagan las luces, reina el silencio. Aprieto mis ojos y junto con fuerza mis rodillas y mis codos. Se dificulta la respiración.

Cuando estoy en medio de la soledad, la oscuridad es algo que no está dentro de mis gustos: no tiene romanticismo ni da descanso. Es estar así, como ahora, sintiendo la lentitud de los minutos que por la noche son más largos.

Es percibir que se me erizan los vellos de la nuca, pensar que escucharé el llanto de un niño que no conozco, ¡que una mano fría cubrirá mi boca o tocará mi hombro! Es estar preparada para gritar, para correr o para quedarme paralizada.

Lee también: Asústame | El tráiler del vertedor de la presa

Aquí no hay espacio para ovejas que contar ni para recuerdos agradables del día. Sólo existe esta sensación de estar atrapada.

Esto que siento es como escuchar esa voz que algunas noches me llama por mi nombre, retándome a abrir los ojos y enfrentarlos a sus cuencas vacías; mientras mi corazón late, como si fuera un caballo desbocado que, en el momento menos esperado, reventará.

La oscuridad evoca recuerdos y temores gestados en la niñez. Es volver a ver el cuarto de cartón de la casa vecina, alumbrado por aquel sinfín de veladoras que se ofrecían a imágenes viejas y agrietadas —a veces sin cabeza o sin manos—, mientras una niña de mi edad, bebía agua bendita contenida en una Virgen María de plástico amarillento.

La negrura de la noche o de un espacio cerrado se roba mi sueño, mi paz. Me hace escuchar de nuevo el relato de cómo una pareja vestida de negro y sin rostro observaba a la familia que, en catres de ixtle, dormía bajo el viejo yucateco del patio en las noches de verano. Muy cerca de donde yo dormía.

Es pensar en gente mala, en enfermedades extrañas que mantienen viejos a los jóvenes, en personas que no terminan de irse. En comidas que se transforman en pelos dentro de un sartén, y de mamá asegurando que los vio.

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Es no querer dormir, es creer no despertar. Es temor a la muerte. Es miedo a los muertos. A descuidarme y perder esa luz que poco a poco se extingue, mientras el cansancio vence la fuerza de mis párpados, que terminan cediendo a un sueño profundo que busco evitar.

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Todos se van. Se apagan las luces, reina el silencio. Aprieto mis ojos y junto con fuerza mis rodillas y mis codos. Se dificulta la respiración.

Cuando estoy en medio de la soledad, la oscuridad es algo que no está dentro de mis gustos: no tiene romanticismo ni da descanso. Es estar así, como ahora, sintiendo la lentitud de los minutos que por la noche son más largos.

Es percibir que se me erizan los vellos de la nuca, pensar que escucharé el llanto de un niño que no conozco, ¡que una mano fría cubrirá mi boca o tocará mi hombro! Es estar preparada para gritar, para correr o para quedarme paralizada.

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Aquí no hay espacio para ovejas que contar ni para recuerdos agradables del día. Sólo existe esta sensación de estar atrapada.

Esto que siento es como escuchar esa voz que algunas noches me llama por mi nombre, retándome a abrir los ojos y enfrentarlos a sus cuencas vacías; mientras mi corazón late, como si fuera un caballo desbocado que, en el momento menos esperado, reventará.

La oscuridad evoca recuerdos y temores gestados en la niñez. Es volver a ver el cuarto de cartón de la casa vecina, alumbrado por aquel sinfín de veladoras que se ofrecían a imágenes viejas y agrietadas —a veces sin cabeza o sin manos—, mientras una niña de mi edad, bebía agua bendita contenida en una Virgen María de plástico amarillento.

La negrura de la noche o de un espacio cerrado se roba mi sueño, mi paz. Me hace escuchar de nuevo el relato de cómo una pareja vestida de negro y sin rostro observaba a la familia que, en catres de ixtle, dormía bajo el viejo yucateco del patio en las noches de verano. Muy cerca de donde yo dormía.

Es pensar en gente mala, en enfermedades extrañas que mantienen viejos a los jóvenes, en personas que no terminan de irse. En comidas que se transforman en pelos dentro de un sartén, y de mamá asegurando que los vio.

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Es no querer dormir, es creer no despertar. Es temor a la muerte. Es miedo a los muertos. A descuidarme y perder esa luz que poco a poco se extingue, mientras el cansancio vence la fuerza de mis párpados, que terminan cediendo a un sueño profundo que busco evitar.

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