/ viernes 25 de octubre de 2019

HMO Cuéntame tu historia | La casa embrujada y el hombre sin cara

No sé cómo empezó o de qué manera se esparció un rumor entre los niños de la primaria, pero en algún punto del año escolar recuerdo haber escuchado de una casa embrujada

De esa época hay cosas que me son difíciles de recordar y hay otras que no, en el año de 1988 yo tenía seis años y asistía a la primaria Felícitas Zermeño, hoy conocida como Monseñor Mariano Hurtado, ubicada en la colonia 5 de Mayo; justo detrás de la iglesia del Sagrado Corazón, debo mencionar que en aquellos años la supervisión de los profesores no era la misma de hoy en día y era costumbre de los niños de la primaria salir a dar la vuelta a la cuadra antes de que empezaran las clases, ir a la tienda a comprar estampitas o cualquier chuchería o lo que estuviera de moda para nosotros en ese entonces como un zumbador, un luchador de esos duros con las manos extendidas o simplemente ponerse a jugar a las maquinitas.

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No sé cómo empezó o de qué manera se esparció un rumor entre los niños de la primaria, pero en algún punto del año escolar recuerdo haber escuchado de una casa embrujada y quedaba justo a una cuadra de la escuela, para cuando me llegó dicho rumor era obvio que algunos de mis compañeros ya tenían un sistema para cuando iban a ver la casa; salían del edificio de la escuela e iban.

Se detenían a contemplar la casa unos minutos, después tocaban y salían corriendo de regreso al colegio antes de que alguien saliera; “es perfecto”, recuerdo que pensé con emoción, mi plan era simple, esperar a que mi mamá me dejara con unos diez o quince minutos de ventaja en la mañana antes de empezar las clases para poder salir y llevar a cabo dicho proceso, en la tarde no podía porque por alguna razón mi mamá siempre era muy puntual, nunca llegaba tarde por mí.

Llego el día, en aquella ocasión mi mamá me dejó unos 20 minutos antes en la puerta de la primaria, eso me dio tiempo de buscar un compañero que fuera conmigo, como les explico a ustedes los lectores que aunque mi plan siempre fue ir a tocar solo la puerta de aquella casa, que se decía poseída por fantasmas, el miedo y los nervios comenzaron a apoderarse de mí, de un niño de 6 años, una vez que conseguí quien me acompañara no había cómo echarse para atrás, fui con Cristian, un amigo de mi salón que ya había visitado la casa.

No recuerdo cómo salimos de la escuela, llegamos a la casa, aunque hoy después de 30 años de verla por primera vez me parece pequeña en comparación a las mansiones embrujadas de las películas, recuerdo que ese día sí me impresionó, tenía algo, la casita me dio la impresión de ser la de una bruja que vivía en el bosque, una puerta pequeña y ovalada de madera con herrería y una rejita negra para ver para afuera, una chimenea al lado derecho, ventanas con reja negra a los lados y la pared pintada en tonos café y beige con ladrillos color naranja oscuro en la parte de abajo. Dejen que les diga una cosa, hasta el día de hoy, el único cambio que tiene esa casa es un pequeño tejabán en la puerta que contrasta totalmente con el resto de la construcción. Volviendo al relato, no duramos mucho contemplando la casa, mi amiguito ya había ido alguna vez y yo aunque impresionado pude pasarle los ojos por encima muy rápido y nos dispusimos a tocar.

No me van a creer lo que sigue, hoy en día yo mismo no lo creo, cada cierto número de años me pongo a pensar en el suceso y busco explicaciones lógicas, sin embargo el recuerdo está presente y no es inventado, no es una alucinación, me es difícil acordarme quién de los dos tocó la puerta, ni de qué manera tocamos, si fueron golpes suaves o fuertes, pero está muy claro cuando dejamos de tocar se abrió la puerta. Toda esa escena está en mi cabeza sin sonido, como una película muda, el marco de la puerta lo atravesó una persona que me pareció alta de más, tomando como referencia a mi papá y mis tíos que para un chamaco de mi edad eran los gigantes de la familia.

Si lo pienso hoy el hombre que salió de la casa embrujada medía unos 2.20m, vestía un overol de mezclilla azul y traía una gorra negra, lo que nos pareció impresionante es que el hombre no tenía cara, donde debía estar su rostro estaba liso y se parecía a un borrador de migajón que ya se ha usado mucho, estaba liso, el hombre estiró la mano para agarrarnos e inmediatamente gritamos y nos echamos a correr con dirección a la escuela, yo grité todo el camino. De Cristian no me acuerdo, ni me importó si lo agarró la cosa, cuando llegué a la puerta de la primaria noté que llegó corriendo conmigo.

Esa mañana platicamos lo vivido a todo el salón, aunque para esa edad era “LO QUE SOBREVIVIMOS”, la versión de Cristian era idéntica a la mía, todos estábamos fascinados. El miedo se me pasó cuando comenzamos a contar todo, pero el asombro, ese aún no se me pasa, a Cristian le perdí la pista justo al año siguiente, lo cambiaron de escuela y nunca supe de él, pero eso sí, nunca se me olvidó su nombre.

Antes de concluir mi anécdota quisiera hacerles saber que estoy consciente que el monstruo de mi historia es similar a Slenderman, aterrador personaje de una curiosa leyenda urbana de Estados Unidos, que hasta donde yo sé es falsa y comenzó allá a inicios de este siglo, y mi monstruo ronda mi cabeza desde el año 1988. ¿Coincidencia? ustedes deciden. También aclaro que nunca volví a ir a tocar la puerta de esa casa, ni a pasar voluntariamente por esa calle aunque viví muchos años a unas cuadras del lugar.

De esa época hay cosas que me son difíciles de recordar y hay otras que no, en el año de 1988 yo tenía seis años y asistía a la primaria Felícitas Zermeño, hoy conocida como Monseñor Mariano Hurtado, ubicada en la colonia 5 de Mayo; justo detrás de la iglesia del Sagrado Corazón, debo mencionar que en aquellos años la supervisión de los profesores no era la misma de hoy en día y era costumbre de los niños de la primaria salir a dar la vuelta a la cuadra antes de que empezaran las clases, ir a la tienda a comprar estampitas o cualquier chuchería o lo que estuviera de moda para nosotros en ese entonces como un zumbador, un luchador de esos duros con las manos extendidas o simplemente ponerse a jugar a las maquinitas.

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No sé cómo empezó o de qué manera se esparció un rumor entre los niños de la primaria, pero en algún punto del año escolar recuerdo haber escuchado de una casa embrujada y quedaba justo a una cuadra de la escuela, para cuando me llegó dicho rumor era obvio que algunos de mis compañeros ya tenían un sistema para cuando iban a ver la casa; salían del edificio de la escuela e iban.

Se detenían a contemplar la casa unos minutos, después tocaban y salían corriendo de regreso al colegio antes de que alguien saliera; “es perfecto”, recuerdo que pensé con emoción, mi plan era simple, esperar a que mi mamá me dejara con unos diez o quince minutos de ventaja en la mañana antes de empezar las clases para poder salir y llevar a cabo dicho proceso, en la tarde no podía porque por alguna razón mi mamá siempre era muy puntual, nunca llegaba tarde por mí.

Llego el día, en aquella ocasión mi mamá me dejó unos 20 minutos antes en la puerta de la primaria, eso me dio tiempo de buscar un compañero que fuera conmigo, como les explico a ustedes los lectores que aunque mi plan siempre fue ir a tocar solo la puerta de aquella casa, que se decía poseída por fantasmas, el miedo y los nervios comenzaron a apoderarse de mí, de un niño de 6 años, una vez que conseguí quien me acompañara no había cómo echarse para atrás, fui con Cristian, un amigo de mi salón que ya había visitado la casa.

No recuerdo cómo salimos de la escuela, llegamos a la casa, aunque hoy después de 30 años de verla por primera vez me parece pequeña en comparación a las mansiones embrujadas de las películas, recuerdo que ese día sí me impresionó, tenía algo, la casita me dio la impresión de ser la de una bruja que vivía en el bosque, una puerta pequeña y ovalada de madera con herrería y una rejita negra para ver para afuera, una chimenea al lado derecho, ventanas con reja negra a los lados y la pared pintada en tonos café y beige con ladrillos color naranja oscuro en la parte de abajo. Dejen que les diga una cosa, hasta el día de hoy, el único cambio que tiene esa casa es un pequeño tejabán en la puerta que contrasta totalmente con el resto de la construcción. Volviendo al relato, no duramos mucho contemplando la casa, mi amiguito ya había ido alguna vez y yo aunque impresionado pude pasarle los ojos por encima muy rápido y nos dispusimos a tocar.

No me van a creer lo que sigue, hoy en día yo mismo no lo creo, cada cierto número de años me pongo a pensar en el suceso y busco explicaciones lógicas, sin embargo el recuerdo está presente y no es inventado, no es una alucinación, me es difícil acordarme quién de los dos tocó la puerta, ni de qué manera tocamos, si fueron golpes suaves o fuertes, pero está muy claro cuando dejamos de tocar se abrió la puerta. Toda esa escena está en mi cabeza sin sonido, como una película muda, el marco de la puerta lo atravesó una persona que me pareció alta de más, tomando como referencia a mi papá y mis tíos que para un chamaco de mi edad eran los gigantes de la familia.

Si lo pienso hoy el hombre que salió de la casa embrujada medía unos 2.20m, vestía un overol de mezclilla azul y traía una gorra negra, lo que nos pareció impresionante es que el hombre no tenía cara, donde debía estar su rostro estaba liso y se parecía a un borrador de migajón que ya se ha usado mucho, estaba liso, el hombre estiró la mano para agarrarnos e inmediatamente gritamos y nos echamos a correr con dirección a la escuela, yo grité todo el camino. De Cristian no me acuerdo, ni me importó si lo agarró la cosa, cuando llegué a la puerta de la primaria noté que llegó corriendo conmigo.

Esa mañana platicamos lo vivido a todo el salón, aunque para esa edad era “LO QUE SOBREVIVIMOS”, la versión de Cristian era idéntica a la mía, todos estábamos fascinados. El miedo se me pasó cuando comenzamos a contar todo, pero el asombro, ese aún no se me pasa, a Cristian le perdí la pista justo al año siguiente, lo cambiaron de escuela y nunca supe de él, pero eso sí, nunca se me olvidó su nombre.

Antes de concluir mi anécdota quisiera hacerles saber que estoy consciente que el monstruo de mi historia es similar a Slenderman, aterrador personaje de una curiosa leyenda urbana de Estados Unidos, que hasta donde yo sé es falsa y comenzó allá a inicios de este siglo, y mi monstruo ronda mi cabeza desde el año 1988. ¿Coincidencia? ustedes deciden. También aclaro que nunca volví a ir a tocar la puerta de esa casa, ni a pasar voluntariamente por esa calle aunque viví muchos años a unas cuadras del lugar.

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