/ jueves 17 de junio de 2021

Infanticidio y abuso sexual, los delitos de los últimos fusilados en Sonora

El homicidio de dos niñas llevó a dos criminales a la condena de pena de muerte hace 64 años; fueron los últimos fusilados en la antigua penitenciaría, hoy convertida en museo

A manera de escarmiento, ante la ola de atentados sexuales en contra de niños que se desató en Sonora, se llevó a cabo el último fusilamiento en el año 1957, en las instalaciones de la Penitenciaría Estatal de la ciudad de Hermosillo, en las faldas del Cerro de la Campana.

Lee también: El museo que inició siendo una penitenciaría en Sonora, ¿lo has visitado?

Con base a un documento escrito por Ignacio Lagarda Lagarda, cronista municipal, en punto de las 5:00 horas de la mañana del 18 de junio de 1957, dos hombres compartieron el mismo destino al enfrentarse cara a cara a la muerte, como castigo por los delitos de violación y asesinato de dos niñas menores de edad, una de ellas en Vícam y la otra en Hermosillo.

La tarde del 6 de julio del año 1950, en una curva del Río Yaqui, aguas abajo del pueblo de Vícam, en el municipio de Guaymas, dos indígenas localizaron el cuerpo sin vida de una niña, la cual presentaba signos de violencia antes de su ahogamiento.

Se trataba de la pequeña Ernestina Leyva Cajeme, de 4 años de edad, identificada por su padre, quien manifestó que esa misma madrugada escuchó ruidos afuera de su hogar y descubrió a un hombre que buscaba algo en la oscuridad y al notar su presencia, éste se dio a la fuga.

Una gorra militar fue lo que el padre de la occisa encontraría tiempo después, lo cual era un indicio para señalar a un soldado como autor del hórrido crimen que le arrebató a su hija, sin embargo, tres días después dieron con el principal sospechoso, José Rosario Don Zamarripa, cabo del 18º Regimiento de Caballería acantonado en Esperanza, Sonora, comisaría de Cajeme.

Al principio negó haber cometido el crimen en su primera declaración, sin embargo, abrumado por las pruebas presentadas en su contra, confesó el atroz hecho con lujo de detalles.

“Dijo que la madrugada de aquel día 6 del mes llegó a la casa de la niña y aprovechando que los padres de la chiquita dormían tranquilamente, la halló dormida, la tomó en los brazos y se la llevó al monte cerca del río, donde abusó de ella y después la mató. Se detuvo a instancia del investigador para decir cómo la había matado, y confesó que lo había hecho a garrotazos con un grueso palo de batamote y que cree que el golpe que le causó la muerte fue uno que le dio en la cabeza y le despedazó la cara. Que al ver el cuerpo triturado pensó en enterrarlo, pero como vio que el río iba crecido se le ocurrió mejor arrojarlo al agua”, escribió en el documento.

Los crímenes que cometieron les valieron esta sentencia / Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Don Juan Zamarripa confesó que cuando salía de la casa cargando a la niña, se le cayó la gorra, no obstante, no se detuvo a recogerla, sino que después de haberla asesinado volvió por ella y fue visto por el padre de la niña, quien le dio un grito y salió corriendo y finalmente acabó por declararse culpable.

Posteriormente, el 19 de julio de ese mismo año, Don Juan Zamarripa quedó internado en la cárcel de Ciudad Obregón, a disposición del juez de Primera Instancia del Ramo Penal en Pótam, Río Yaqui.

El 12 de octubre, el juez que llevaba el caso lo sentenció a la pena de muerte, pero Don Juan Zamarripa apeló la sentencia y su caso pasó a Hermosillo para que el Supremo Tribunal de Justicia lo resolviera y el sentenciado fue trasladado a la penitenciaría de Hermosillo, en el Cerro de La Campana.

También puedes leer: El día que los yaquis atacaron el rancho El Sapo en 1907

¿Quién fue la niña de los tomates?

Cinco años después, en Hermosillo, durante las primeras horas de la mañana del 18 de enero de 1955, María de la Luz Margarita Mendoza Noriega, de 6 años de edad, se despertó para salir de su casa, ubicada en la calle 16 de Septiembre y Nuevo León número 14, en la colonia 5 de Mayo, con el fin de salir a vender tomates en compañía de su hermano José.

Horas después, alrededor de las 19:15 horas, se dio la voz de alarma por parte de la Policía Municipal, debido a que María de la Luz no había regresado a su hogar; por lo que se inició la búsqueda con la cooperación de las estaciones de radio locales, quienes estuvieron dando cuenta del caso y las señas de la pequeña.

El hermano mayor de la niña desaparecida declaró que estando en la esquina de las calles Nuevo León y 5 de Mayo, se les acercó un hombre a quien conocían como Pancho Ruiz y lo mandó a comprar cigarrillos a una tienda cercana, prometiéndole quince centavos por el mandado; mientras que el sujeto le decía a su hermanita que la acompañara a su casa, ya que le iba a comprar todos los tomates.

Posteriormente, una señora proporcionó el dato de las mismas señas del hombre descrito como Pancho Ruiz y que éste había pasado frente a su casa, acompañada de una niña tomada de la mano y al parecer forzándola a seguirlo.

Foto: Cortesía | México en Fotos

Debido a las descripciones, se llegó a la confirmación de que el responsable era Francisco Ruiz Corrales, quien ya contaba con antecedentes ante la Policía por diversos delitos.

Un agente vestido de civil se mantuvo frente al domicilio del sospechoso a esperar su llegada a la casa, por lo que fue aprehendido y trasladado a la comandancia, donde a base de estrechos interrogatorios por parte del comandante Ramón Zepeda, y sus ayudantes, acabó por confesar su delito y reveló el lugar en que había cometido el crimen y abandonado el cuerpo de su víctima.

Los llevó hacia la Carretera Internacional y en el Club Campestre, de la nueva colonia hermosillense Country Club, en un pequeño arroyo seco y pedregoso se encontraba tirado el cuerpo de María de la Luz.

“En la declaración se advertía que en ese momento Francisco Ruiz Corrales premeditó su crimen, pues con engaños se llevó a la pequeña a un paraje despoblado ubicado entre la Carretera Internacional y el Country Club, donde la niña empezó a gritar. El desalmado confesó haberle tapado la boca, al mismo tiempo que la violaba; acto seguido la ahorcó del cuello hasta que su víctima murió”, señala la crónica del hecho.

El último fusilamiento

Ante estos dos hechos, la madrugada del 18 de junio de 1957, se llevó a cabo el último acto de vida de los reos, que la noche anterior cenaron un plato de frijoles, café y pan.

Por lo que en punto de las 4:00 horas de ese día, los sentenciados fueron visitados por el sacerdote Hermenegildo Rangel Lugo, quien los confortó, confesó y les pidió que poco antes de la ejecución se encomendaran a Dios.

Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Momentos antes de que fuesen sacados de sus celdas, Ruiz Corrales leía unas oraciones en una revista de la Iglesia Católica; después, a las 5:00 horas, ambos sentenciados fueron escoltados por tres agentes municipales que portaban fusiles máuser, caminaron erguidos hacia el paredón de fusilamiento marcando el paso redoblado que les marcaron los oficiales.

El oficial director de la ejecución dio la primera orden: “Atención, en posición de tiro”. Los reos guardaron los papeles que tenían en las manos, y susurrando oraciones, con la vista al frente, se pusieron en actitud de firmes.

“¡Preparen!, ordenó el oficial policíaco, y se escuchó el terriblemente impresionante sonar de los cerrojos de los fusiles. Uno de los fusiles contenía balas de salva inofensivas, y los rifles fueron sorteados entre los policías del escuadrón. El hecho tiene por objeto reducir el remordimiento de quien lo disparara en una ejecución, es decir, que ninguno se siente culpable”.

Exactamente a las 5:05 horas se escuchó la descarga, Don Juan Zamarripa cayó hacia atrás y quedó sentado, recargado en el paredón, mientras que Ruiz Corrales se precipitó a la izquierda, agonizante; Se acercaron los médicos legistas y dijeron que ambos necesitaban el tiro de gracia, ya que ninguno de los dos estaba muerto todavía.

Posteriormente, a las 5:07 horas, el teniente y jefe del pelotón desenfundó su escuadra 45 reglamentaria y disparó sobre Don Juan Zamarripa y un segundo después sobre Ruiz Corrales.

Un día como hoy, pero de 1957 se fusilaron a los últimos prisioneros en Sonora / Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Todos los reos por delitos semejantes, alrededor de 60 individuos, fueron concentrados en unas mazmorras, frente al paredón de fusilamiento, para que vieran el macabro espectáculo y les sirviera de escarmiento.

A las 8:00 de la mañana de ese mismo día, tres horas después de haber sido abatidos por el pelotón, fueron sepultados en el bloque 12, al lado de la barda perimetral en el Norponiente del camposanto municipal de la calle Yáñez.

Testigos de la ceremonia fueron familiares de Ruiz Corral, algunos policías municipales y Jesús Guillermo Orozco, agente del Ministerio Público del fuero común; el cuerpo de la niña María de la Luz Margarita Mendoza Noriega fue sepultada a unos cuantos metros de ahí.

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Actualmente, en el panteón de la calle Yáñez en Hermosillo, las tumbas de los fusilados permanecen pintadas de negro y con unas cruces rojas, además de un letrero en la barda del panteón que dice: “Sátiros, pum, pum, junio 19 1957”. Nadie sabe decir quién les da mantenimiento a esas tumbas, pero al pasar los años siguen con colores vívidos y destacan en el camposanto.

A 64 años de los hechos, estos dos fusilamientos se convirtieron en los últimos registrados en el Estado debido a que el 7 de febrero de 1975 fue abolida la pena de muerte en Sonora y se llevaron a cabo en la antigua penitenciaría del Estado, la cual se ubica a un costado del Cerro de la Campana.

Posteriormente, en 2005 la pena de muerte fue abolida plenamente en todo México.

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A manera de escarmiento, ante la ola de atentados sexuales en contra de niños que se desató en Sonora, se llevó a cabo el último fusilamiento en el año 1957, en las instalaciones de la Penitenciaría Estatal de la ciudad de Hermosillo, en las faldas del Cerro de la Campana.

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Con base a un documento escrito por Ignacio Lagarda Lagarda, cronista municipal, en punto de las 5:00 horas de la mañana del 18 de junio de 1957, dos hombres compartieron el mismo destino al enfrentarse cara a cara a la muerte, como castigo por los delitos de violación y asesinato de dos niñas menores de edad, una de ellas en Vícam y la otra en Hermosillo.

La tarde del 6 de julio del año 1950, en una curva del Río Yaqui, aguas abajo del pueblo de Vícam, en el municipio de Guaymas, dos indígenas localizaron el cuerpo sin vida de una niña, la cual presentaba signos de violencia antes de su ahogamiento.

Se trataba de la pequeña Ernestina Leyva Cajeme, de 4 años de edad, identificada por su padre, quien manifestó que esa misma madrugada escuchó ruidos afuera de su hogar y descubrió a un hombre que buscaba algo en la oscuridad y al notar su presencia, éste se dio a la fuga.

Una gorra militar fue lo que el padre de la occisa encontraría tiempo después, lo cual era un indicio para señalar a un soldado como autor del hórrido crimen que le arrebató a su hija, sin embargo, tres días después dieron con el principal sospechoso, José Rosario Don Zamarripa, cabo del 18º Regimiento de Caballería acantonado en Esperanza, Sonora, comisaría de Cajeme.

Al principio negó haber cometido el crimen en su primera declaración, sin embargo, abrumado por las pruebas presentadas en su contra, confesó el atroz hecho con lujo de detalles.

“Dijo que la madrugada de aquel día 6 del mes llegó a la casa de la niña y aprovechando que los padres de la chiquita dormían tranquilamente, la halló dormida, la tomó en los brazos y se la llevó al monte cerca del río, donde abusó de ella y después la mató. Se detuvo a instancia del investigador para decir cómo la había matado, y confesó que lo había hecho a garrotazos con un grueso palo de batamote y que cree que el golpe que le causó la muerte fue uno que le dio en la cabeza y le despedazó la cara. Que al ver el cuerpo triturado pensó en enterrarlo, pero como vio que el río iba crecido se le ocurrió mejor arrojarlo al agua”, escribió en el documento.

Los crímenes que cometieron les valieron esta sentencia / Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Don Juan Zamarripa confesó que cuando salía de la casa cargando a la niña, se le cayó la gorra, no obstante, no se detuvo a recogerla, sino que después de haberla asesinado volvió por ella y fue visto por el padre de la niña, quien le dio un grito y salió corriendo y finalmente acabó por declararse culpable.

Posteriormente, el 19 de julio de ese mismo año, Don Juan Zamarripa quedó internado en la cárcel de Ciudad Obregón, a disposición del juez de Primera Instancia del Ramo Penal en Pótam, Río Yaqui.

El 12 de octubre, el juez que llevaba el caso lo sentenció a la pena de muerte, pero Don Juan Zamarripa apeló la sentencia y su caso pasó a Hermosillo para que el Supremo Tribunal de Justicia lo resolviera y el sentenciado fue trasladado a la penitenciaría de Hermosillo, en el Cerro de La Campana.

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¿Quién fue la niña de los tomates?

Cinco años después, en Hermosillo, durante las primeras horas de la mañana del 18 de enero de 1955, María de la Luz Margarita Mendoza Noriega, de 6 años de edad, se despertó para salir de su casa, ubicada en la calle 16 de Septiembre y Nuevo León número 14, en la colonia 5 de Mayo, con el fin de salir a vender tomates en compañía de su hermano José.

Horas después, alrededor de las 19:15 horas, se dio la voz de alarma por parte de la Policía Municipal, debido a que María de la Luz no había regresado a su hogar; por lo que se inició la búsqueda con la cooperación de las estaciones de radio locales, quienes estuvieron dando cuenta del caso y las señas de la pequeña.

El hermano mayor de la niña desaparecida declaró que estando en la esquina de las calles Nuevo León y 5 de Mayo, se les acercó un hombre a quien conocían como Pancho Ruiz y lo mandó a comprar cigarrillos a una tienda cercana, prometiéndole quince centavos por el mandado; mientras que el sujeto le decía a su hermanita que la acompañara a su casa, ya que le iba a comprar todos los tomates.

Posteriormente, una señora proporcionó el dato de las mismas señas del hombre descrito como Pancho Ruiz y que éste había pasado frente a su casa, acompañada de una niña tomada de la mano y al parecer forzándola a seguirlo.

Foto: Cortesía | México en Fotos

Debido a las descripciones, se llegó a la confirmación de que el responsable era Francisco Ruiz Corrales, quien ya contaba con antecedentes ante la Policía por diversos delitos.

Un agente vestido de civil se mantuvo frente al domicilio del sospechoso a esperar su llegada a la casa, por lo que fue aprehendido y trasladado a la comandancia, donde a base de estrechos interrogatorios por parte del comandante Ramón Zepeda, y sus ayudantes, acabó por confesar su delito y reveló el lugar en que había cometido el crimen y abandonado el cuerpo de su víctima.

Los llevó hacia la Carretera Internacional y en el Club Campestre, de la nueva colonia hermosillense Country Club, en un pequeño arroyo seco y pedregoso se encontraba tirado el cuerpo de María de la Luz.

“En la declaración se advertía que en ese momento Francisco Ruiz Corrales premeditó su crimen, pues con engaños se llevó a la pequeña a un paraje despoblado ubicado entre la Carretera Internacional y el Country Club, donde la niña empezó a gritar. El desalmado confesó haberle tapado la boca, al mismo tiempo que la violaba; acto seguido la ahorcó del cuello hasta que su víctima murió”, señala la crónica del hecho.

El último fusilamiento

Ante estos dos hechos, la madrugada del 18 de junio de 1957, se llevó a cabo el último acto de vida de los reos, que la noche anterior cenaron un plato de frijoles, café y pan.

Por lo que en punto de las 4:00 horas de ese día, los sentenciados fueron visitados por el sacerdote Hermenegildo Rangel Lugo, quien los confortó, confesó y les pidió que poco antes de la ejecución se encomendaran a Dios.

Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Momentos antes de que fuesen sacados de sus celdas, Ruiz Corrales leía unas oraciones en una revista de la Iglesia Católica; después, a las 5:00 horas, ambos sentenciados fueron escoltados por tres agentes municipales que portaban fusiles máuser, caminaron erguidos hacia el paredón de fusilamiento marcando el paso redoblado que les marcaron los oficiales.

El oficial director de la ejecución dio la primera orden: “Atención, en posición de tiro”. Los reos guardaron los papeles que tenían en las manos, y susurrando oraciones, con la vista al frente, se pusieron en actitud de firmes.

“¡Preparen!, ordenó el oficial policíaco, y se escuchó el terriblemente impresionante sonar de los cerrojos de los fusiles. Uno de los fusiles contenía balas de salva inofensivas, y los rifles fueron sorteados entre los policías del escuadrón. El hecho tiene por objeto reducir el remordimiento de quien lo disparara en una ejecución, es decir, que ninguno se siente culpable”.

Exactamente a las 5:05 horas se escuchó la descarga, Don Juan Zamarripa cayó hacia atrás y quedó sentado, recargado en el paredón, mientras que Ruiz Corrales se precipitó a la izquierda, agonizante; Se acercaron los médicos legistas y dijeron que ambos necesitaban el tiro de gracia, ya que ninguno de los dos estaba muerto todavía.

Posteriormente, a las 5:07 horas, el teniente y jefe del pelotón desenfundó su escuadra 45 reglamentaria y disparó sobre Don Juan Zamarripa y un segundo después sobre Ruiz Corrales.

Un día como hoy, pero de 1957 se fusilaron a los últimos prisioneros en Sonora / Foto: Mike Acosta | El Sol de Hermosillo

Todos los reos por delitos semejantes, alrededor de 60 individuos, fueron concentrados en unas mazmorras, frente al paredón de fusilamiento, para que vieran el macabro espectáculo y les sirviera de escarmiento.

A las 8:00 de la mañana de ese mismo día, tres horas después de haber sido abatidos por el pelotón, fueron sepultados en el bloque 12, al lado de la barda perimetral en el Norponiente del camposanto municipal de la calle Yáñez.

Testigos de la ceremonia fueron familiares de Ruiz Corral, algunos policías municipales y Jesús Guillermo Orozco, agente del Ministerio Público del fuero común; el cuerpo de la niña María de la Luz Margarita Mendoza Noriega fue sepultada a unos cuantos metros de ahí.

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Actualmente, en el panteón de la calle Yáñez en Hermosillo, las tumbas de los fusilados permanecen pintadas de negro y con unas cruces rojas, además de un letrero en la barda del panteón que dice: “Sátiros, pum, pum, junio 19 1957”. Nadie sabe decir quién les da mantenimiento a esas tumbas, pero al pasar los años siguen con colores vívidos y destacan en el camposanto.

A 64 años de los hechos, estos dos fusilamientos se convirtieron en los últimos registrados en el Estado debido a que el 7 de febrero de 1975 fue abolida la pena de muerte en Sonora y se llevaron a cabo en la antigua penitenciaría del Estado, la cual se ubica a un costado del Cerro de la Campana.

Posteriormente, en 2005 la pena de muerte fue abolida plenamente en todo México.

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