/ viernes 28 de agosto de 2020

Excesos y glamur: Basquiat y el siglo XXI

Durante el corto tiempo de su carrera artística, Basquiat logró ver su propia evolución de una forma sorprendente, escribe Greccia Bojórquez

Me atrevería a decir que cuando se piensa en Jean-Michel Basquiat es inevitable abrir esa puerta que nos lleva a imaginarlo como el gran artista joven que inundó su vida de excesos y glamur, pero, sobre todo, de arte. El enfant terrible que se rodeó de los artistas más reconocidos de su época como Keith Allen Haring, Cy Tombly y Andy Warhol, convirtiéndose este último en su gran amigo, con el cual llegaría a producir alrededor de 200 obras. Basquiat logró vivir las dos caras de la moneda: pasó de ser un artista callejero; pintando las paredes del Metro de Nueva York junto a Al Díaz, a convertirse en el pintor más joven y prestigioso de los ochenta.

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Durante el corto tiempo de su carrera artística, ocho años para ser exactos (1979-1988), Basquiat logró ver su propia evolución de una forma sorprendente. Empezó por las calles, después a pintar en el sótano prestado de su novia (Suzanne Mallouk) en SoHo, para finalmente transformarse en el pintor neoexpresionista que expondría junto a Andy Warhol. No cabe duda que era capaz de reconocer su propio éxito y esto se veía reflejado en su presencia, en su forma de vestir. Las icónicas fotografías de Basquiat vistiendo sus trajes Armani parecían confirmarlo, los cuales usaba al pintar como un “miren, soy lo suficientemente exitoso como para poder manchar de pintura cualquier traje, incluso un Armani”. Edo Bertoglio pudo capturar en 1981 la esencia del artista en uno de sus retratos más famosos, en el cual viste un traje Armani junto a una playera Adidas y un casco de fútbol americano intervenido por él mismo.

Se dice que Basquiat se negaba a vender sus obras a aquellas personas incapaces de valorar por completo su arte, a aquellas que desconocían lo que realmente representaba. Para el artista los temas centrales de sus pinturas eran las amenazas que el hombre afroamericano afrontaba: la exclusión, el racismo, la opresión y sobre todo, el capitalismo como monstruo amenazante. Las galerías de Nueva York en los ochenta, incluso para él, eran la versión contemporánea de los campos de algodón donde los únicos dueños eran los blancos. El mercado del arte de la época era un tema que Andy Warhol sabía manejar y del cual Basquiat supo aprender. Pero ahora la pregunta sería: ¿realmente Basquiat admitiría el giro que ha dado su obra artística en el mundo capitalista del siglo XXI?

Foto: Cortesía | Pull and Bear

Marcas de ropa como ZARA, Pull and Bear, Bershka, entre muchas otras, han reproducido en sus prendas las obras de Basquiat, o como dicen ellos, “se han inspirado”. Estas grandes empresas de fast fashion han revolucionado el mercado de la moda con sus precios arrebatadoramente accesibles durante sus temporadas de rebajas. ¿Pero qué ha conllevado estos precios y tendencias de cada semana? Las condiciones y salarios de los trabajadores para la producción de ropa de estos monstruos textiles, ya no es un secreto actualmente. El mundo del fast fashion representa el caos del capitalismo, la exclusión y explotación que el propio Basquiat enjuiciaba en sus pinturas, esculturas, en toda su obra. La clase oprimida es la mano de obra barata que construye la obra contemporánea de Basquiat, es decir, la ropa misma, sin mencionar toda aquella producción que existe en el mundo del make up.

El segundo cuestionamiento sin respuesta aquí es: ¿Basquiat sería capaz de revolucionar su obra produciéndola a gran escala en este nuevo mercado? Por obviedad sé que no tendré respuesta alguna, pero visualizando las contradicciones que el propio artista tuvo en vida, es probable que la respuesta fuera un sí. ¿A qué contradicciones me refiero?, aquí a continuación: Jean-Michel Basquiat criticó al capitalismo dentro de un núcleo que se movía en el propio capitalismo. Utilizó el arte como medio de producción del cual supo usar su imagen para la industria de la moda, de la cual no parecía molestarle las condiciones de producción que Adidas o Armani realizaban durante los ochenta. ¿Era entonces Basquiat un oportunista? ¿Hubo realmente un trabajo social crítico o sólo un tema más para la producción de obra?

Foto: Cortesía | Zara

Es arriesgado dar por hecho que Basquiat accedería con facilidad al nuevo mundo capitalista del siglo XXI, pero es también fácil aceptar las contradicciones del mismo. Es probable que me equivoque y el enfant terrible tal vez consideraría que no todas las millones de personas que consumen fast fashion son capaces de entender y comprender su arte, que al final para él, era lo único que importaba.

BIOGRAFÍA

Nací el 28 de septiembre de 1995 en Hermosillo, Sonora. Soy egresada de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora. Mis mayores intereses son las artes: la literatura, las artes plásticas y la música. Soy una fiel amiga de la poesía, de su lectura y escritura. Actualmente soy colaboradora y editora de la revista independiente de literatura Contra//Hegemonía. Siempre resiliente.

Me atrevería a decir que cuando se piensa en Jean-Michel Basquiat es inevitable abrir esa puerta que nos lleva a imaginarlo como el gran artista joven que inundó su vida de excesos y glamur, pero, sobre todo, de arte. El enfant terrible que se rodeó de los artistas más reconocidos de su época como Keith Allen Haring, Cy Tombly y Andy Warhol, convirtiéndose este último en su gran amigo, con el cual llegaría a producir alrededor de 200 obras. Basquiat logró vivir las dos caras de la moneda: pasó de ser un artista callejero; pintando las paredes del Metro de Nueva York junto a Al Díaz, a convertirse en el pintor más joven y prestigioso de los ochenta.

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Durante el corto tiempo de su carrera artística, ocho años para ser exactos (1979-1988), Basquiat logró ver su propia evolución de una forma sorprendente. Empezó por las calles, después a pintar en el sótano prestado de su novia (Suzanne Mallouk) en SoHo, para finalmente transformarse en el pintor neoexpresionista que expondría junto a Andy Warhol. No cabe duda que era capaz de reconocer su propio éxito y esto se veía reflejado en su presencia, en su forma de vestir. Las icónicas fotografías de Basquiat vistiendo sus trajes Armani parecían confirmarlo, los cuales usaba al pintar como un “miren, soy lo suficientemente exitoso como para poder manchar de pintura cualquier traje, incluso un Armani”. Edo Bertoglio pudo capturar en 1981 la esencia del artista en uno de sus retratos más famosos, en el cual viste un traje Armani junto a una playera Adidas y un casco de fútbol americano intervenido por él mismo.

Se dice que Basquiat se negaba a vender sus obras a aquellas personas incapaces de valorar por completo su arte, a aquellas que desconocían lo que realmente representaba. Para el artista los temas centrales de sus pinturas eran las amenazas que el hombre afroamericano afrontaba: la exclusión, el racismo, la opresión y sobre todo, el capitalismo como monstruo amenazante. Las galerías de Nueva York en los ochenta, incluso para él, eran la versión contemporánea de los campos de algodón donde los únicos dueños eran los blancos. El mercado del arte de la época era un tema que Andy Warhol sabía manejar y del cual Basquiat supo aprender. Pero ahora la pregunta sería: ¿realmente Basquiat admitiría el giro que ha dado su obra artística en el mundo capitalista del siglo XXI?

Foto: Cortesía | Pull and Bear

Marcas de ropa como ZARA, Pull and Bear, Bershka, entre muchas otras, han reproducido en sus prendas las obras de Basquiat, o como dicen ellos, “se han inspirado”. Estas grandes empresas de fast fashion han revolucionado el mercado de la moda con sus precios arrebatadoramente accesibles durante sus temporadas de rebajas. ¿Pero qué ha conllevado estos precios y tendencias de cada semana? Las condiciones y salarios de los trabajadores para la producción de ropa de estos monstruos textiles, ya no es un secreto actualmente. El mundo del fast fashion representa el caos del capitalismo, la exclusión y explotación que el propio Basquiat enjuiciaba en sus pinturas, esculturas, en toda su obra. La clase oprimida es la mano de obra barata que construye la obra contemporánea de Basquiat, es decir, la ropa misma, sin mencionar toda aquella producción que existe en el mundo del make up.

El segundo cuestionamiento sin respuesta aquí es: ¿Basquiat sería capaz de revolucionar su obra produciéndola a gran escala en este nuevo mercado? Por obviedad sé que no tendré respuesta alguna, pero visualizando las contradicciones que el propio artista tuvo en vida, es probable que la respuesta fuera un sí. ¿A qué contradicciones me refiero?, aquí a continuación: Jean-Michel Basquiat criticó al capitalismo dentro de un núcleo que se movía en el propio capitalismo. Utilizó el arte como medio de producción del cual supo usar su imagen para la industria de la moda, de la cual no parecía molestarle las condiciones de producción que Adidas o Armani realizaban durante los ochenta. ¿Era entonces Basquiat un oportunista? ¿Hubo realmente un trabajo social crítico o sólo un tema más para la producción de obra?

Foto: Cortesía | Zara

Es arriesgado dar por hecho que Basquiat accedería con facilidad al nuevo mundo capitalista del siglo XXI, pero es también fácil aceptar las contradicciones del mismo. Es probable que me equivoque y el enfant terrible tal vez consideraría que no todas las millones de personas que consumen fast fashion son capaces de entender y comprender su arte, que al final para él, era lo único que importaba.

BIOGRAFÍA

Nací el 28 de septiembre de 1995 en Hermosillo, Sonora. Soy egresada de la Licenciatura en Literaturas Hispánicas de la Universidad de Sonora. Mis mayores intereses son las artes: la literatura, las artes plásticas y la música. Soy una fiel amiga de la poesía, de su lectura y escritura. Actualmente soy colaboradora y editora de la revista independiente de literatura Contra//Hegemonía. Siempre resiliente.

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