/ lunes 11 de noviembre de 2019

Casa de las ideas | Evangelio aterrizado

Soy un convencido de que la Sagrada Biblia contiene innumerables pasajes cuyo rico contenido y múltiples enseñanzas son aplicables a cualquier circunstancia de la vida, en los términos más generales posible. Los evangelios de los grandes evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) forman parte fundamental de La Biblia, y en los evangelios encontramos muchas de las parábolas que Jesús utilizó como forma de dirigirse a la gente de aquellas épocas, que en su inmensa mayoría era sencilla y de escasa educación.

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Mateo se simboliza con un ángel (un hombre con alas) porque su evangelio comienza con la lista de los antepasados de Jesús, el Mesías: Mt 1,1-16.

Marcos se simboliza con un león porque su evangelio comienza con la predicación del Bautista en el desierto, donde había animales salvajes.

Lucas se ha simbolizado mediante un buey o un toro porque su evangelio comienza con la visión de Zacarías en el Templo, donde se sacrificaban animales como bueyes, terneros y ovejas.

Juan es representado por un águila, la mirada dirigida al sol, porque su evangelio se abre con la contemplación del Jesús-Dios: Jn 1,1

Pero también soy un convencido de que si un Evangelio, cualquiera de ellos, no es debidamente “aterrizado” —o sea si no es aplicado a una situación de nuestra vida diaria y sus complicaciones—, no deja de ser una suerte de letra inerte y, dicho sea con profundo respeto, es simplemente un texto tal vez muy rico en lo profundo, pero cuya riqueza no genera resultados y no tiene ningún impacto real y práctico, ninguna enseñanza útil y aplicable.

Seguramente ustedes conocen el Evangelio de San Lucas que nos habla de “el administrador astuto”, y que en forma abreviada dice:

“Había un hombre rico que tenía un administrador, y vinieron a acusarlo de que estaba malgastando sus bienes. Lo mandó llamar y le dijo: “¿Qué es lo que me dicen de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir en tu puesto.”

El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me quita el puesto? No tengo fuerzas para trabajar la tierra, y pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, tenga gente que me reciba en su casa.”

Llamó uno por uno a los que le debían a su patrón y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi patrón?” Le contestó: “Cien barriles de aceite.” Dijo el administrador: “Toma tu recibo, siéntate y escribe rápido: cincuenta.” Después dijo a otro: “¿Y tú, cuánto debes?” Contestó: “Cuatrocientos quintales de trigo.” El administrador le dijo: “Toma tu recibo y escribe: trescientos.”

El patrón admiró la manera de obrar tan inteligente de su administrador ladrón: en verdad los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes.”

Muy bien, esa es la letra del Evangelio, pero ¿qué significa, de cara a determinadas circunstancias de la vida actual? Si en el trozo del Evangelio que he transcrito para el lector, sustituimos la palabra “administrador” por la de “gobernante, o persona en el poder”, lograremos un aterrizaje perfecto que nos abra los ojos del entendimiento, y nos ilumine.

Ubiquémonos en nuestro México actual y sus circunstancias tan especiales, que rayan en lo dramático e incluso en lo trágico. El patrón —que según la teoría constitucional es el que manda y es dueño del país—, es el pueblo, en el cual radica y del cual emerge todo el poder. Los gobernantes, sean presidentes municipales, gobernadores, o el propio presidente de la República en turno, son simples administradores de los bienes públicos, y tenemos todo el derecho de llamarlos y exigirles que nos rindan cuentas… ¿cuántos de ellos han actuado como el administrador ladrón, que regala lo que no es suyo, para que al dejar el cargo lo reciban en sus casas los deudores agradecidos?

“Los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes”… Y mucho ojo con esto: el Evangelio no habla de inteligencia, sino de astucia, que son dos cosas completamente diferentes. La parábola que nos narra el Evangelio no destaca la bondad ni la generosidad de un administrador ladrón, corrupto y corruptor. Destaca la astucia y la perversidad de un pillo, al crear para sí un ambiente de ficticia popularidad, gracias a regalar lo que no es suyo, y no le pertenece.

“Por sus actos los conoceréis”, nos dice también La Biblia. E igualmente podemos entender con total claridad que por nuestras acciones vamos a ser juzgados y sentenciados, y de igual manera por nuestras omisiones. Lo que en verdad cuenta son los hechos, no los dichos. No los chascarrillos estúpidos y las ocurrencias mañaneras, sino las decisiones y sus impactos en las vidas de 126 millones de personas… comunidades y familias enteras, formadas por personas reales, de carne y hueso, con rostros, cuerpos e identidades propias, y con dolores y sufrimientos; que de ninguna manera son materia inerte, objetos inanimados o cosas anónimas.

Otro aspecto muy importante que se desprende del Evangelio aterrizado: “El fin no puede justificar los medios”, como pretenden hacernos creer los administradores ladrones, corruptos y corruptores. Quitarles a unos lo que es un fruto obtenido en forma legítima mediante su esfuerzo y su trabajo, para entregarlo a otros que, por más que lo necesiten, no han hecho nada o muy poco para merecerlo, bajo el argumento de que se trata de una “justicia social” diferida, es justificar demagógicamente el medio que se utiliza para lograr un fin, por lo demás, hipotético.

Los hijos del mundo han fabricado a lo largo de siglos una astuta dialéctica, un entramado de argumentos desde los cuales siguen manejando a pleno capricho y voluntad a las masas empobrecidas, incultas y plenamente domesticadas mediante dádivas cuyo fin no es liberarlos de su pobreza y condiciones de rezago, sino convertirlos en clientes eternos, obedientes a sus voluntades pervertidas y depravadas. Si ese es en realidad el fin no confesado, y no el que pregonan con total cinismo y desfachatez, hay que descubrirlo y ponerlo a plena luz, para que todos lo puedan ver, y tal vez así finalmente caiga la venda que millones de mexicanos llevan sobre los ojos, y les impide ver.

Y luego, más adelante, hay por ahí otro párrafo del mismo Evangelio que dice: “Ningún sirviente puede quedarse con dos patrones a la vez: verá con malos ojos al primero y querrá al otro, se apegará al primero y despreciará al segundo. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios-dinero.”

Siendo como somos espíritu y materia al mismo tiempo, es prioritario entender que esa referencia al sirviente y los dos patrones, tiene mucho que ver con la espiritualidad, y poco o nada con la religiosidad y el/los cultos. Tiene que ver con los principios éticos eternos, y las formas de conducirnos correctamente que hemos ido abandonando en la adoración ciega del becerro de oro, las coronas de olivos y el bastón del poder. Porque ¡cuán enorme y oscura debe ser la ambición de los hombres que se pasan la vida buscando el poder y la gloria efímera, acumulando bienes materiales y amasando fortunas inmensas, con las que jamás lograrán llenar el vacío insondable que tienen en su alma!

Los tiempos actuales que estamos viviendo son sumamente difíciles, complicados y turbulentos. Usted dirá, y con razón, que todos los tiempos y las épocas han sido así, y que lo que hoy enfrentamos es parte de la vida y de un eterno proceso de evolución. Tal vez. Pero dentro de las realidades, las más de las veces crueles y duras, que se van presentando a lo largo de la vida, hay unas que se viven con esperanza por las expectativas de éxito que existen, y otras que tienen la capacidad de sumirnos en la desesperación más profunda, arrebatándonos la luz de la ilusión y sumiéndonos en la oscuridad.

Mañana martes llego a los 82 años de edad —¡Bendito sea Dios!— y jamás en todos esos años había yo vivido un momento más terrible que este, que estos tiempos que han caído sobre nosotros como un sudario de muerto. Por eso en un reciente artículo que publiqué en este mismo espacio, confesé públicamente que tenía miedo, mucho miedo. Lo tenía y lo sigo teniendo, y continúa creciendo conforme se van acumulando los hechos, y las evidencias que surgen diariamente se tornan más y más contundentes.

Tiemblo por mi comunidad, tiemblo por mi familia y mis amigos, tiemblo por mí mismo y por nuestro pobre y atribulado país, porque no sé si será capaz de sobrevivir al azote de la plaga infernal que le ha caído encima.

Soy un convencido de que la Sagrada Biblia contiene innumerables pasajes cuyo rico contenido y múltiples enseñanzas son aplicables a cualquier circunstancia de la vida, en los términos más generales posible. Los evangelios de los grandes evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) forman parte fundamental de La Biblia, y en los evangelios encontramos muchas de las parábolas que Jesús utilizó como forma de dirigirse a la gente de aquellas épocas, que en su inmensa mayoría era sencilla y de escasa educación.

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Mateo se simboliza con un ángel (un hombre con alas) porque su evangelio comienza con la lista de los antepasados de Jesús, el Mesías: Mt 1,1-16.

Marcos se simboliza con un león porque su evangelio comienza con la predicación del Bautista en el desierto, donde había animales salvajes.

Lucas se ha simbolizado mediante un buey o un toro porque su evangelio comienza con la visión de Zacarías en el Templo, donde se sacrificaban animales como bueyes, terneros y ovejas.

Juan es representado por un águila, la mirada dirigida al sol, porque su evangelio se abre con la contemplación del Jesús-Dios: Jn 1,1

Pero también soy un convencido de que si un Evangelio, cualquiera de ellos, no es debidamente “aterrizado” —o sea si no es aplicado a una situación de nuestra vida diaria y sus complicaciones—, no deja de ser una suerte de letra inerte y, dicho sea con profundo respeto, es simplemente un texto tal vez muy rico en lo profundo, pero cuya riqueza no genera resultados y no tiene ningún impacto real y práctico, ninguna enseñanza útil y aplicable.

Seguramente ustedes conocen el Evangelio de San Lucas que nos habla de “el administrador astuto”, y que en forma abreviada dice:

“Había un hombre rico que tenía un administrador, y vinieron a acusarlo de que estaba malgastando sus bienes. Lo mandó llamar y le dijo: “¿Qué es lo que me dicen de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no podrás seguir en tu puesto.”

El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi patrón me quita el puesto? No tengo fuerzas para trabajar la tierra, y pedir limosna me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, tenga gente que me reciba en su casa.”

Llamó uno por uno a los que le debían a su patrón y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi patrón?” Le contestó: “Cien barriles de aceite.” Dijo el administrador: “Toma tu recibo, siéntate y escribe rápido: cincuenta.” Después dijo a otro: “¿Y tú, cuánto debes?” Contestó: “Cuatrocientos quintales de trigo.” El administrador le dijo: “Toma tu recibo y escribe: trescientos.”

El patrón admiró la manera de obrar tan inteligente de su administrador ladrón: en verdad los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes.”

Muy bien, esa es la letra del Evangelio, pero ¿qué significa, de cara a determinadas circunstancias de la vida actual? Si en el trozo del Evangelio que he transcrito para el lector, sustituimos la palabra “administrador” por la de “gobernante, o persona en el poder”, lograremos un aterrizaje perfecto que nos abra los ojos del entendimiento, y nos ilumine.

Ubiquémonos en nuestro México actual y sus circunstancias tan especiales, que rayan en lo dramático e incluso en lo trágico. El patrón —que según la teoría constitucional es el que manda y es dueño del país—, es el pueblo, en el cual radica y del cual emerge todo el poder. Los gobernantes, sean presidentes municipales, gobernadores, o el propio presidente de la República en turno, son simples administradores de los bienes públicos, y tenemos todo el derecho de llamarlos y exigirles que nos rindan cuentas… ¿cuántos de ellos han actuado como el administrador ladrón, que regala lo que no es suyo, para que al dejar el cargo lo reciban en sus casas los deudores agradecidos?

“Los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz para tratar a sus semejantes”… Y mucho ojo con esto: el Evangelio no habla de inteligencia, sino de astucia, que son dos cosas completamente diferentes. La parábola que nos narra el Evangelio no destaca la bondad ni la generosidad de un administrador ladrón, corrupto y corruptor. Destaca la astucia y la perversidad de un pillo, al crear para sí un ambiente de ficticia popularidad, gracias a regalar lo que no es suyo, y no le pertenece.

“Por sus actos los conoceréis”, nos dice también La Biblia. E igualmente podemos entender con total claridad que por nuestras acciones vamos a ser juzgados y sentenciados, y de igual manera por nuestras omisiones. Lo que en verdad cuenta son los hechos, no los dichos. No los chascarrillos estúpidos y las ocurrencias mañaneras, sino las decisiones y sus impactos en las vidas de 126 millones de personas… comunidades y familias enteras, formadas por personas reales, de carne y hueso, con rostros, cuerpos e identidades propias, y con dolores y sufrimientos; que de ninguna manera son materia inerte, objetos inanimados o cosas anónimas.

Otro aspecto muy importante que se desprende del Evangelio aterrizado: “El fin no puede justificar los medios”, como pretenden hacernos creer los administradores ladrones, corruptos y corruptores. Quitarles a unos lo que es un fruto obtenido en forma legítima mediante su esfuerzo y su trabajo, para entregarlo a otros que, por más que lo necesiten, no han hecho nada o muy poco para merecerlo, bajo el argumento de que se trata de una “justicia social” diferida, es justificar demagógicamente el medio que se utiliza para lograr un fin, por lo demás, hipotético.

Los hijos del mundo han fabricado a lo largo de siglos una astuta dialéctica, un entramado de argumentos desde los cuales siguen manejando a pleno capricho y voluntad a las masas empobrecidas, incultas y plenamente domesticadas mediante dádivas cuyo fin no es liberarlos de su pobreza y condiciones de rezago, sino convertirlos en clientes eternos, obedientes a sus voluntades pervertidas y depravadas. Si ese es en realidad el fin no confesado, y no el que pregonan con total cinismo y desfachatez, hay que descubrirlo y ponerlo a plena luz, para que todos lo puedan ver, y tal vez así finalmente caiga la venda que millones de mexicanos llevan sobre los ojos, y les impide ver.

Y luego, más adelante, hay por ahí otro párrafo del mismo Evangelio que dice: “Ningún sirviente puede quedarse con dos patrones a la vez: verá con malos ojos al primero y querrá al otro, se apegará al primero y despreciará al segundo. Ustedes no pueden servir al mismo tiempo a Dios y al dios-dinero.”

Siendo como somos espíritu y materia al mismo tiempo, es prioritario entender que esa referencia al sirviente y los dos patrones, tiene mucho que ver con la espiritualidad, y poco o nada con la religiosidad y el/los cultos. Tiene que ver con los principios éticos eternos, y las formas de conducirnos correctamente que hemos ido abandonando en la adoración ciega del becerro de oro, las coronas de olivos y el bastón del poder. Porque ¡cuán enorme y oscura debe ser la ambición de los hombres que se pasan la vida buscando el poder y la gloria efímera, acumulando bienes materiales y amasando fortunas inmensas, con las que jamás lograrán llenar el vacío insondable que tienen en su alma!

Los tiempos actuales que estamos viviendo son sumamente difíciles, complicados y turbulentos. Usted dirá, y con razón, que todos los tiempos y las épocas han sido así, y que lo que hoy enfrentamos es parte de la vida y de un eterno proceso de evolución. Tal vez. Pero dentro de las realidades, las más de las veces crueles y duras, que se van presentando a lo largo de la vida, hay unas que se viven con esperanza por las expectativas de éxito que existen, y otras que tienen la capacidad de sumirnos en la desesperación más profunda, arrebatándonos la luz de la ilusión y sumiéndonos en la oscuridad.

Mañana martes llego a los 82 años de edad —¡Bendito sea Dios!— y jamás en todos esos años había yo vivido un momento más terrible que este, que estos tiempos que han caído sobre nosotros como un sudario de muerto. Por eso en un reciente artículo que publiqué en este mismo espacio, confesé públicamente que tenía miedo, mucho miedo. Lo tenía y lo sigo teniendo, y continúa creciendo conforme se van acumulando los hechos, y las evidencias que surgen diariamente se tornan más y más contundentes.

Tiemblo por mi comunidad, tiemblo por mi familia y mis amigos, tiemblo por mí mismo y por nuestro pobre y atribulado país, porque no sé si será capaz de sobrevivir al azote de la plaga infernal que le ha caído encima.

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